Viernes 28 de Abril, 2017

Las elecciones son un lujo. Pasamos de la ley del más fuerte a la ley del emperador, del faraón o del rey. Luego el poder se distribuyó y pasamos a la ley de las comarcas y feudos.

Hace unos cuantos siglos, popularizamos aquella costumbre griega de darle el poder al pueblo. Sí, la democracia nos permite elegir a nuestros gobernantes. Este privilegio ha perdido su sitio de honor en muchos países, en los cuales el ciudadano promedio se muestra apático y reacio a participar en las justas electorales.

Es ya un escenario común en diversos países que votaciones tan importantes como las elecciones presidenciales apenas registren un 50 % de votantes, y que el gobernante electo se haga de la silla presidencial apenas con un 25 % del total de los votos. Es decir, en esas naciones el primer mandatario no es el representante de las grandes mayorías, ni siquiera de la mayoría simple, sino que representa a una cuarta parte o a un tercio de la población. Se comprenderán las implicaciones de esta falta de representatividad.

Esta apatía tiene muchos factores causales, pero sin duda el desencanto juega un papel protagónico. Los partidos políticos tradicionales han pagado el precio de un discurso electoral pretensioso, contrastado con una administración gubernamental modesta.

Repiten el estribillo de siempre y prometen, prometen y prometen, pero no logran cumplir tantos sueños prometidos. La gente quiere vivir mejor, y esa mejoría no se nota desde hace mucho en decenas de países de nuestras coordenadas. Por otra parte, con frecuencia los partidos emergentes utilizan la crítica y el señalamiento para llegar al poder. No obstante, se quedan sin iniciativas y sin auténticos planes cuando la suerte electoral los premia ganando las elecciones.

El otro gran problema de algunas agrupaciones políticas en Occidente es que albergan bajo su seno el clientelismo de grupúsculos incapaces de aumentar su pecunio lejos del aparato estatal. Precisan con urgencia de los “negocios del Estado” para llenar sus propias arcas.

A grandes escalas, aunque tengan rostros de sabios señores y sean profesionales de cuello blanco, suelen ser auténticos ineptos, que requieren de amiguismos y favores para redondear sus finanzas. A pequeña escala, son esas “botellas” que necesitan del favor político para encontrar un puesto, porque sus capacidades y destrezas son enclenques para conseguirlo por méritos propios. Siendo militantes, obtienen lo que otros deben alcanzar con esfuerzo y tenacidad.

Consorcios y empresas apoyan a quienes lideran las encuestas, al primero y al segundo, y si hay duda al tercero, aunque tengan ideologías disímiles o hasta contrarias, porque son obedientes y apegados a aquel consejo sabio que reza: “siempre hay que caer parado”. No importa quién gane: en mi empresa ayudo a todos, y una vez pasada la contienda electoral, nada más es cuestión de cobrar esos favores.

Desde esa perspectiva, es entendible el desencanto popular. Las elecciones suceden como una fiesta cívica aburrida, como una ceremonia sin esperanza, como una celebración atenuada, como una contienda sin sabor.

El fervor patriótico brilla por su ausencia, tanto que hoy se habla con retórica impositiva de que el voto es una obligación, cuando siempre fue más que eso: siempre fue un derecho preciado. Pareciera ser una forma cifrada con la que el pueblo manda un mensaje: “no queremos más de lo mismo”. Así, no es de sorprender que en muchos países, ganen unos o ganen otros, están los de siempre en el poder. Es como un pequeño grupo que está arriba gobernando a la carta, sí, a pedido de los que ganan.

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El panorama es otro en aquellas latitudes donde surge un líder fresco, contemporáneo, a la altura de nuestros tiempos, como en el caso de Canadá o de Holanda. Partidos emergentes y candidatos atípicos llenan las expectativas de las nuevas generaciones y colman las ansias de los desencantados de siempre.

Amparados en un discurso genuino, con visiones futuristas, fomentando los derechos individuales y la integración de los pueblos, estos candidatos marcan el camino de lo que quiere y requiere el nuevo hombre y el nuevo mundo que depara el milenio.

Claro está, el discurso no vende por sí mismo. Estos nuevos líderes muestran una trayectoria lejos de las rancias élites. Son gente que ha vivido su vida lejos de las “tetas gubernamentales”, personas que saben “ganarse el pan nuestro de cada día” sin estar “mamando los pechos de la patria”, como decía Jorge Debravo.

Curiosamente, en el caso de Canadá y Holanda, estos nuevos líderes son profesionales de las letras, uno educador otro versado en trabajo social, ambos lejos de las leyes y lejos de la economía. Este dato nos da una pista de lo que se anhela en el nuevo mundo: gente que deje a un lado, aunque sea por un momento, los números; gobernantes que no nos vean como cifras; dirigentes que puedan ver más allá del dinero; líderes que dejen de ser legalistas a ultranza y le den un toque humano a la política.

Mientras esos líderes no surjan en nuestras tierras, probablemente el desencanto electoral seguirá poblando nuestras tierras. Mientras esos líderes no surjan en nuestras tierras, será más importante el encuentro deportivo, la película de estreno o el concierto programado que el futuro que se debate en las urnas. Occidente está a la espera de que ese germen canadiense y holandés se propague.



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