Viernes 23 de Junio, 2017

Cuando hablamos de super mujer, yo imaginaba una mujer perfecta, con el cabello largo ondulado, maquillaje impecable, manicure y pedicure, vestida muy bonita, con cara tranquila, balanceada, segura de sí misma y sonriendo. Me la imagino vestida de trabajo, y con niños a la par, ellos también perfectamente vestidos, bien portados, sin hacer berrinche y un esposo a su lado, todos felices como una familia perfecta.

Este ideal de mujer, bella y perfecta, lo he tenido desde que tengo uso de razón, y por muchos años aspiré a tenerlo, pensando no sólo que, si era posible tenerlo, si no que, además era fácil tenerlo si yo hacía ciertas cosas para conseguirlo.

Esta búsqueda por la perfección me alejó de la felicidad y por algunos años me limitó en mi disfrute diario de mi vida, como mujer, esposa, madre y profesional.

Cuando realicé que este estereotipo de mujer perfecta no es más que una imposición de la sociedad, pude quitarme la venda de los ojos y empezar a buscar mi propia felicidad, basada en lo que yo deseo tener y quiero aspirar a ser.

Mi primer paso fue dejar de lado la culpa. Esa vocecita interna que me carcomía diariamente en silencio y me regañaba por no ser lo suficientemente buena mujer y en especial la que me decía cada segundo lo mala madre que yo era. Mala madre por ir a trabajar y dejar a mi hija en una guardería. Mala madre por desear superarme laboralmente, mala madre por no cocinarle la comida, mala madre por no estar con ella 24 horas al día, mala madre por desear que se durmiera rápido para yo poder dormirme también, mala madre porque a veces no sabía cómo controlarle el llanto, o porque de alcahueta y para mi paz mental le di un ipad para que se entrega sola… Decidí no ver al lado, no ver que dicen los demás de mi, y hacer mi propio estilo de maternidad y mi propia relación con mi hija, la que me sirve a mi y la que le sirve a ella… y ser feliz así.

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Seguidamente, aprendí que no puedo ser perfecta, que nunca lograré serlo y que tansiquiera la búsqueda de conseguirlo es dañina para mí. 


Pero además, entendí que ser como soy no me hace imperfecta, solo me hace humana y soy única y maravillosa así como soy. No tengo que cambiar para demostrarle nada a nadie, no tengo que aparentar ser buena madre, esposa o profesional.

Soy lo que soy con mis cosas positivas y con mis áreas de mejora, al igual que todos a mi alrededor. Lo que tuve que hacer fue aceptarme a mí misma y aprender a ser feliz así.

Aprendí que yo misma me había convertido en mi peor enemiga, criticándome constantemente, bajándome el piso, y dejando que mi mente me jugara malas pasadas. Decidí volverme la prioridad número uno en mi vida, por qué entendí que no puedo dar lo que no tengo, y si no me amo a mi misma, y si no soy feliz, ¿como puedo hacer feliz a mi hija y a los que me rodean? Muchas otras lecciones aprendí, y he estado interiorizando en mi vida desde entonces.

Si eres como yo, que por un momento te sentiste frustrada por no ser la super mujer que la sociedad desea que seas, te invito a que empieces por los pasos que enumero aquí, y que de ahora en adelante empieces por buscar tu felicidad.

Adriana Álvarez Meza. Empresaria y especialista en género

 



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