Viernes 23 de Junio, 2017

Una democracia más que centenaria y ejemplarizante para el mundo tiene en el 2018 uno de sus retos mayúsculos tratando de convencer a un electorado apático, incrédulo y que posee muy poco incentivo para acudir a las urnas.

Es más, no es ni siquiera el fin último reducir el abstencionismo per se, sino lograr la incorporación de esa gran masa errante de electores frustrados al proyecto de construcción de proyectos políticos autónomos, independientes y propositivos.

Costa Rica va a las urnas el primer domingo de febrero 2018 bajo la consigna de encontrar respuesta a su catálogo cada vez más amplio de necesidades e insatisfacciones.

Peligroso caldo de cultivo para que emerja el populismo más burdo e insensato apelando a los sentimientos siempre traicioneros, más que a la razón y selección de un voto sesudo.

Los males de la democracia solo se solucionan con más democracia, no hay rutas alternas ni fórmulas mágicas que pudieran ser recomendables para mantener incólume la institucionalidad de la nación.

Si las elecciones del 2014 depararon una sorpresa mayúscula eligiendo como ganador a un candidato que a 15 días de los comicios sumaba en las encuestas un 9% de intención de voto, para finalizar ganando con una votación apoteósica de 1,3 millones de sufragios, el 2018 configura un mapa tremendamente confuso, concurrido de opciones que van desde la izquierda ortodoxa hasta el liberalismo salvaje, pasando por grupos políticos religiosos y sectoriales, sin olvidar aquellos que, impulsados por el nefasto populismo, dicen todo sin decir nada, son ayunos de ideología y cuyo líder se levanta como Mesías ante el Armagedón.

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Hay factores que concurren y no deben ser obviados: la lealtad partidaria dejó de ser hace mucho un elemento sustancial en la conducta política de los costarricenses. Por otro lado, la credibilidad en el sistema democrático viene en picada, pues las grandes mayorías quieren una democracia real que les permita comer todos los días, tener trabajo, vivienda digna, salud y educación.

El estribillo de que la democracia te permite elegir a quienes gobernarán la nación es un mensaje ya poco efectivo en una masa que se ve ahogada en deudas, hambre, abandono y desempleo.

Si el discurso político no se afina con soluciones concretas a los problemas del país, la conducta electoral tendrá un resultado imprevisible y ese tipo de resultado es lo que daña en sus cimientos la sociedad que desea encontrar salidas decorosas y ordenadas a sus problemáticas.

Es necesario renovar caras dentro de las estructuras políticas. Es menester una profunda revisión a lo interno en todos los partidos y asumir la responsabilidad particular de lo experimentado hoy por los votantes.

Cuidado con los discursos incendiarios que ante la desazón existente son música celestial para los oídos escépticos.
Debe entenderse: el hambre y la desesperanza de los pueblos no sabe de izquierdas o derechas, solo entiende de violencia sin freno si no le son satisfechas las demandas de calidad de vida.

“Un fantasma recorre Costa Rica, es el fantasma del escepticismo”. Señores políticos, tienen la palabra.



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