Martes 19 de Setiembre, 2017

"El Mozart del Elíseo": Francia nos devuelve

17 de mayo, 2017

Mauro Fernández

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En el último año, el mundo dejó de girar. Parecía como que el curso de la humanidad paraba en seco y dejaba boquiabiertos a todos. En estos doce meses, han sobrado razones para perder la fe en los pueblos. En estas cincuenta y dos semanas enfrentamos vientos de retroceso: pesadillas ya superadas se volvieron a poner frente a nuestros ojos y nos dejaron un sabor amargo, de desconcierto.

Los nobles ideales, las libertades civiles, la paz, la protección a la naturaleza, la erradicación del racismo y la solidaridad mundial se habían convertido en ejes indiscutibles del discurso de las naciones. De un momento a otro, en un abrir y cerrar de ojos, sí, en un año, todo se puso en entredicho.

Los retrógrados, los testaferros de la violencia y los traidores de la esperanza vieron en este año el inicio de su época dorada, la realización de sus sueños, la culminación de la avaricia. Con justa razón, el mundo comenzó a delirar en las urnas: la locura se apoderó de las contiendas electores, el contrasentido se adueñó de los pulgares, y los principios universales se vieron arrinconados.

Por eso, han revestido un enorme interés las elecciones posteriores al fraude Trump. Primero fue Holanda la que nos devolvió la ilusión: los tulipanes le dijeron al mundo que mantuviera la fe; la naranja mecánica echó a andar la esperanza. Luego vinieron los ecuatorianos a respaldar con su voto la cordura, a darle valor a lo conseguido y no a lo prometido, a aquilatar su realidad en contraposición con su pasado. Ahora, en estos días nos damos cuenta de que, al son de la Marsellesa, los franceses han dicho “no” a las locuras de la derecha extrema. Esta elección francesa ha sido un golpe sobre la mesa y ha dejado claro qué quieren los pueblos.

Es claro lo que los pueblos quieren y requieren. Ante todo, y como paradigma de primer orden, todas las naciones del mundo desean la cordura de sus gobernantes, en especial de su presidente. No es deseable un vociferante e inepto presidente. Un presidente que no controla ni el carácter es una vergüenza para la nación y es el hazmerreír del mundo. Por eso la cultura, en su concepción integral, se ha convertido en el talismán que atrae a los votantes.

Es claro, además, lo que ya se veía en las elecciones holandesas: las promesas de los partidos tradicionales han perdido valor. Hoy en Francia, por primera vez, los dos partidos tradicionales que han gobernado durante décadas quedaron fuera de la segunda ronda.

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Las elecciones francesas han sido una escaramuza sin trincheras. El electorado se ha fraccionado, y aun cuando los atestados de Macron distan de aquellas acaudaladas y acartonadas credenciales del político tradicional, el recelo por su participación mercantil es una especie de lunar en sus credenciales.

Este político apenas era conocido hace tres años, y nunca había participado en una contienda electoral. Sus ribetes humanistas destacan por doquier, tanto que es conocido como el “candidato filósofo”, por sus vastos estudios de filosofía, pero también lo llaman el “Mozart del Elíseo”, porque estudió piano seis años. Además, hizo teatro y escribe en sus confines. Por su carisma, es llamado el “Kennedy francés”.

El hastío popular va en aumento. Los pueblos están hartos de las grandes componendas entre políticos y comerciantes. La gente siente asco del rumbo tomado por la política. Por eso Macron, con todos sus ribetes sociales, no logró convencer a ese gran electorado suspicaz de su historial con las grandes empresas.

El nuevo candidato, ese que el pueblo desea, requiere ante todo un pasado distante de “los grandes negocios”, una formación no limitada a leyes y números. Se aspira a tener gobernantes capaces de ver más allá de las normas y las cifras, que vean a sus pueblos con la lírica necesaria para la compasión y el mutuo auxilio. Se prefieren políticos sin carrera de políticos, políticos que no hagan de la política su “modus vivendi”, políticos que, como bien decía Mujica, no gusten de fortunas ni grandes riquezas.

En los anales de la historia, las elecciones del año anterior figurarán como un tachón en la cadencia de la escritura de los pueblos, o como los fraudes mejor orquestados de la historia. Pero ahora, una vez más la coherencia se ha impuesto en las urnas, y salvo nuevas alimañas, “el universo marcha como debiera”. Solo queda esperar que el tiempo erradique de la faz del poder a quienes usurparon las urnas.



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