Viernes 20 de Octubre, 2017

Nadie llega a mi vida por casualidad

11 de agosto, 2017

Carlos Araya Guillén

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Falso. Son muchos los prójimos que se acercan a mi “yo personal” por casualidad, en el entendido que la casualidad es una coincidencia involuntaria y fortuita que se da entre la ocurrencia de un suceso y su entorno. No obedece a ningún patrón de comportamiento lógico. Como decía nuestros pretéritos abuelos es una “chiripa”. Una “serendipia” muy propia de la arqueología, y en general, de las ciencias naturales.

Por ejemplo, el descubrimiento de la pastilla “azul”  (la viagra), que se convirtió en un ícono (símbolo) mundial de un momento a otro, no fue el resultado de una investigación científica sobre el problema de la disfunción eréctil, sino una contingencia que “apareció” cuando los científicos de Pfizer dedicaban su esfuerzo a la lucha contra la hipertensión y los problemas del corazón.

El potente vasodilatador (citrato de sildenafilo) que provoca la erección llegó a la vida de millones de parejas por casualidad, en “obediencia” al azar. Es decir, lo que llega a nuestra vida no constituyen consecuencias de un determinismo preestablecido. No existe correlación de temporalidad ni de “ser” entre mi conciencia subjetiva y la casualidad presente en el mundo exterior. La casualidad viene a ser un “especie” de noúmeno kantiano

Muchos hombres aparecen en la vida de una mujer o viceversa, no como fruto de un determinismo familiar, social o religioso, sino como consecuencia de una serendipia (mera casualidad) resultado de un episodio de trabajo, estudio, viaje, partida de fútbol o celebración de una fiesta de natalicio.

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Por eso, e insistimos, la conocida y repetida frase “nadie llega a tu vida por casualidad” no es cierta. No tiene ningún fundamento válido y confiable. Todos los días aceptamos personas que por uno u otro motivo aparecen en nuestro contexto, ya sea para bien o para mal.

El azar no impone condiciones de relaciones sociales. Como sujeto de presencia corporal en el mundo de las realidades materiales y espirituales “yo” soy libre por imperativo categórico. Soy libre y me hago como persona. Construyo mi presente y mi futuro según mis decisiones y acciones humanas.

Son muchos los “semejantes” que aparecen por “casualidad” en el camino de mi historia personal. Sin embargo, corresponde a mi “yo” rechazar” o “aceptar” a mis prójimos, porque sea como sea, como expresó el filósofo español Ortega y Gasset (1883-1955): “Yo soy yo y mis circunstancias y si no las salvo a ellas no me salvo yo”.

Cuando una persona llega a mi vida personal puede ser por “mera” casualidad producto de una vida social dinámica. Mi responsabilidad es asumir una actitud correcta y no errónea. Nadie entra a mi intimidad sin tocar la puerta de mi voluntad e intencionalidad.  Mi “yo” “relacional” (como sujeto cognoscente) decide no la “casualidad” de un hecho, sino mi identificación solidaria y voluntaria el nuevo “vecino”.

Las hadas maravillosas, los príncipes azules, los magos y los encantadores que llegan como iluminados a dar sentido a mi vida y llenar vacíos de soledad no existen más allá de los cuentos clásicos y tradicionales de la literatura infantil. Es el ser humano con todas sus virtudes y limitaciones el que teje los hilos de su realización personal en su aquí y ahora. Es mi “yo encarnado”, como dijo el fenomenólogo francés Merleau-Ponty (1908-1961), el percibir a mis semejantes está relacionado con la percepción de mi corporalidad y no (nunca) con un prefijado determinismo.

Entonces, la frase “nadie llega a mi vida por casualidad” es un pretexto epistemológico. El libre albedrío se impone como impulso vital de mis elecciones cotidianas. Si bien es cierto, la soberanía celestial goza de supremacía universal, no se puede negar que la casualidad existe no como norma condicionante de una realidad familiar, social, económica o política, sino como atributo del principio de libertad subjetiva que se contrapone a las doctrinas mecanicistas.



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