Viernes 20 de Octubre, 2017

Los “biagios” de la política nacional

10 de octubre, 2017

Carlos Araya Guillén

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El gran escultor y pintor italiano del renacimiento Michelangelo Bounarroti (1475-1564) pintó en el Juicio Final a Biagio de Cesana, religioso que calificó de indecentes y vulgares los desnudos de su obra que se inmortalizaron en la Capilla Sixtina.

Preocupado por la falta de “ropa” de los santos “varones y varonas” que aparecen en el cuadro, ordenó vestirlos profanado no solo la belleza pictórica del renacimiento, sino la libertad y autonomía del pintor.

Pero Miguel Ángel se vengó. Hay en el Juicio Final, al lado derecho, un condenado de gran nariz, melena blanca y aire episcopal, que llama la atención por sus dos orejas de asno y una serpiente que, saliendo de las llamas, se enrosca a su cuerpo.

Ese señor es el retrato de Biagio, el esquinado censor de la obra.

Como se sabe, el prelado salió corriendo, como alma que lleva el diablo, a plantear su protesta ante su santidad. Con gemidos indecibles, le rogó al Sumo Pontífice (Paulo III) que obligara al renombrado pintor a borrar su fea imagen del paramento de la Capilla.

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Son muchas las fuentes que recogen la ingeniosa respuesta del mordaz Pontífice y todas coinciden en el texto siguiente: “Caro hijo mío, si el pintor te hubiese puesto en el purgatorio, podría sacarte, pues hasta allí llega mi poder; pero estás en el infierno y me es imposible. Nulla est redemptio.”

Y como dice Rufo García (1987) “Y allí está todavía el desventurado Biagio de Cesana, con sus orejas de burro y el serpentón enroscado, maldiciendo, sin duda, la hora en que se le ocurrió vestir a la corte celestial”.

Una hermosa anécdota que nos llega con la frescura y originalidad del Renacimiento para recordarnos, con fina ironía socrática, que en nuestra época son muchos los "biagios" que con ortodoxia juzgan los trabajos de sus semejantes y se “rasgan las vestiduras” pero en nada contribuyen (aparte de dar quejas) al enriquecimiento conductual y perfectivo del grupo al que pertenecen.

En el quehacer político partidario, la inconsecuencia es cuestión de todos los días. Los “Biagios” la emprenden con insensata terquedad contra el noble linaje del desnudismo de la política para vestirla con intenciones profanas y quejándose de su revelada verdad.

Los “biagios” son los sepulcros blanqueados de la política nacional. Son los fariseos y saduceos de la época de Jesús. Buscan mantener sus posiciones de poder juzgando con doble moral la conducta noble de sus correligionarios. Con malicia condenan, excluyen, censuran y juzgan anteponiendo su intereses al bienestar de la colectividad partidaria y la belleza del arte de la política.

Los pensamientos de los “biagios” se descubren en la levedad de sus opiniones y acciones. Los “biagios” avergüenzan la política y merecen estar donde Miguel Ángel colocó, en su obra de arte, al “maestro” religioso con sus orejas de burro.



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