Sábado 25 de Noviembre, 2017

Haciendo historia

Reflexiones.

10 de noviembre, 2017

Juan Luis Mendoza

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Seguimos con la historia del ser humano sobre la tierra, y lo hacemos a la luz de la Biblia y las investigaciones y hallazgos de los científicos.
En efecto, Dios Creador y Padre se hace encontradizo y amigo de Abraham para fundar en él un pueblo ejemplar para los otros pueblos, su “pueblo escogido”. El Padre Cándido Martín lo dice así: “Y se vino el Cielo a empujar a la Tierra, a recordarnos que nuestra meta estaba más allá, más alta, estaba hasta por encima de nuestra humanidad, por encima de nuestro obligado crecer en humanidad. Y para que a buen ritmo creciéramos, las cosas tenían, y pronto, que cambiar. Con él, con Abraham, con el Pueblo que de él saliera, iba Dios a hacer sus maravillas, iba el Cielo a instalarse en la Tierra”.

En efecto, con Abraham el pueblo elegido empieza una nueva etapa. Una etapa de preparación para acoger a Jesús y su mensaje, la invitación a contemplar al Padre a quien revela y su plan de amor y salvación.

Pero, ¡ojo!, que nos hemos adelantado de su curso en la historia de la misma aparición y huella del ser humano sobre la tierra. Sabemos que, por la evolución, en un momento dado y en espacios que pudieron ser muy bien africanos o mesopotámicos, rompe su vínculo esencial con los “primos-hermanos”, los primates y homínidos, y se lanza a abrirse paso dentro y fuera de sí por una progresiva mejor comprensión de lo que es y su entorno en el que deja sus huellas de un ser especial, superior. Ahí están, por ejemplo, las cuevas de Altamira y Atapuerca en mi país, España, que maravillan a cuantos las visitan. Y en otras partes. Obviamente, que para llegar a ser capaz de expresar las bellezas de las pinturas rupestres ha debido andar un largo y accidentado camino, tomado de la mano de su Creador, del que cuando lo pudo escuchar supo que estaba hecho a su imagen y semejanza (véase Génesis 1,27).

La historia sigue con las constantes andanzas de grupos humanos, con frecuencia peleados, en busca de espacios apacibles y fértiles, a medida que crecen en número y se desplazan por lugares más extensos. Como era de esperar, sobrevienen los fenómenos naturales y entre ellos, un diluvio que pudo acabar con todos los habitantes de la tierra a no ser por la oportuna y eficaz intervención del mismo Dios que “se arrepintió de haber pensado en exterminar de sobre la faz del suelo al hombre que había creado” (Génesis 6,7).

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Estamos en lo que se conoce como “época antidiluviana”, según la Biblia, y que los sabios llaman “edad de piedra”. Resumimos, y hay que advertir que para ese entonces ya habían aparecido y desaparecido muchas civilizaciones. Con ello puede tener que ver, según algún biblista, lo referente al conocido hecho de la “torre de Babel” o de la confusión, provocada por el encuentro de tribus y de claves de distinta procedencia y cultura, pero identificados en la búsqueda oscura, pero común, de algo que les mueve más o menos conscientemente. Es la evolución humana, imparable.

Y en eso andamos aún. El autor más arriba citado lo dice así: “Y, sabiendo o sin saber, el ser humano, buscando va continuidad y progreso en su propio desarrollo. Vamos, pienso, hacia la globalización. Queriendo o sin querer, por encima de toda diferencia de razas, de culturas y de climas, de estructuras sociales, de ideas y de credos; por sobre nuestros diferentes ritmos en el crecer, formamos como un único mosaico multicolor, en el que las culturas más diversas se limitan, se mezclan entre sí, al tiempo que se confrontan y se complementan. La historia de nuestra identidad humana se fundamenta más y más cada día”.

Y añade: “Es desde lejos que nos viene todo esto. Digamos que desde los tiempos del Paleolítico. Digamos, también, que desde los tiempos en que el ser humano, desdibujado que fuera, apareció sobre esta tierra; y al tiempo que en humanidad crecía y crece, se nos vienen abriendo los horizontes nuevos, se nos abren los horizontes de Dios.

Y digo esto, porque sólo admitiendo nuestro destino eterno, damos con la razón de este ser humano, de este ser, que es como un suspiro en la Eternidad de Dios, y tras esa Eternidad, tras esa Vida de Dios es que vamos”.

Para nosotros, los creyentes y aún en medio de la oscuridad y contradicción que supone la fe, aceptar estas verdades y vivirlas en la medida de lo posible es de lo más consolador y esperanzador. Seguimos con la historia, Dios mediante, otro día.



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Comentarios

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Simon (14/11/2017)

!Excelente!