Viernes 15 de Diciembre, 2017

Cristianismos e "ideología de género"

23 de noviembre, 2017

Luis Diego Cascante

[email protected]

Desde hace un lustro más o menos se viene hablando de la amenaza de la ideología de género como si no fuera ideológico señalar que los otros “tienen un discurso ‘ideológico’ sin que el mío lo sea”.

Llama la atención, por un lado, la relación hecha entre leyes ‘antinatalistas’ y las cuestiones de género (denunciar el sexismo, defender los derechos de la mujer y empoderarse de los cuerpos, etc.) y, en segundo lugar, el vínculo del catolicismo costarricense con algunos sectores del protestantismo fundamentalista como estrategia política, pero no religiosa, en virtud del abismo doctrinal que les separa. Las noticias siguen siendo actuales respecto de la línea de acción de estos grupos eclesiales.

Dicen verdad algunos creyentes cuando señalan que se debe evitar tanto la condena global de la Iglesia, especialmente por el duro y  desinteresado trabajo de muchísimas mujeres en ella, atendiendo a los más necesitados, desde monjas hasta amas de casa, así como la satanización de la modernidad como acostumbran algunos biblistas en Costa Rica que confunden epistemológicamente la posmodernidad con la filología neotestamentaria y método histórico-crítico y, además, juzgan como único discurso posible y ‘verdadero’ el propio sin percatarse que está adscrito sin más al Magisterio Eclesial, asumido a rajatabla.

Para evitar malentendidos, es exagerado y, además, retórico, partir de que se está persiguiendo a los creyentes cristianos con el fin más bien de dejar las cosas como están (esto es, estado confesional, no a la unión civil homosexual, FIV, aborto, etc.), a la inversa: siendo las minorías invisibilizadas por la fuerza de la costumbre, ni siquiera se abre el diálogo so pretexto de que solamente una religión (la cristiana) sabe qué le conviene al ser humano (!); tampoco se trata de un diálogo que lleve a un consenso forzado, en el que ya se sabe de antemano cuál será el resultado.

Lea: Maestros son orgullo nuestro

Asimismo, el “argumento” de que “la mayoría” (‘católica’ o cristiana) es el criterio en cuestiones de ética u otras es inválido lógicamente, pues se trata de una falacia ad populum (dirigida a las emociones del pueblo), sin dar razones.  Se puede hablar de deberes, pero sin pasarle por encima a los derechos, ni siquiera so pretexto de verdades eternas cristianas. Dar razones es una cortesía de cualquier interlocutor comprometido con la realidad y con el crecimiento del espíritu democrático.

La mujer era propiedad -¿hoy no?- del varón y no era considerada ser humano.  Actualmente, las mujeres tienen derechos, muchos de ellos nominales: sus cuerpos pertenecen a los machos, quienes los administran desde las instancias de poder político o religioso (=estado confesional), pues ellos deciden las leyes que regulan la natalidad y el erotismo.

La jerarquía católica está integrada exclusivamente por varones, quienes deciden, y el papa regenta el Estado Vaticano como una monarquía absoluta, electiva y teocrática: Recordemos que, cuando le reciben los poderes de este mundo en los países que visita, lo hacen como Jefe de Estado y, secundariamente, los creyentes, como líder espiritual.  Ninguno de los creyentes rasos puede vivir en el Vaticano ni tener la nacionalidad por nacimiento (sin cédula ni pasaporte de por vida del enclave católico por excelencia), salvo que se le dé la nacionalidad por concesión. 

Esta se da a todos los diplomáticos empleados (3000 aprox., en el 2012) en las nunciaturas (embajadas vaticanas) a nivel mundial y a aquellos que ejercen funciones para el Vaticano, la cual se pierde al abandonar funciones.  Además, el Vaticano no ha firmado a la fecha la Convención Europea de Derechos Humanos, por ejemplo, ni es miembro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).  Esto es solamente un recordatorio que obliga a pensar la separación entre predicación y vida cotidiana, entre predicación y ciudadanía.

Más bien, la diferencia específica de la mujer, con toda su riqueza, debe ser asumida. El sacerdocio femenino, entonces, podría ser pensado desde lo que le es propio. Habrá, desde el respeto de la diferencia entre los sexos, pero sin privilegiar en particular ninguno de ellos, que estar atentos a la nueva función y especificidad de los sexos, ya que de ello “resultarán las nuevas funciones también dentro de la Iglesia”.  La configuración actual del ministerio eclesial podría cambiar, en primer lugar, como indica el teólogo católico J. I. González-Faus porque “tanto la Escritura como la Tradición dejan en realidad a la Iglesia un amplio margen de libertad y un ancho espacio de maniobra”. [Esto significaría al menos tres cosas para los creyentes católicos: el retorno de lo clerical a lo eclesial, de lo personal a lo servicial y de lo vertical a lo colegiado.  Un reto bastante importante para poder hablar ordenando la casa (Iglesia) en primer lugar.]

Es interesante ver cómo el cristianismo bebió del platonismo de La República al enfrentar la naturaleza a la historia, ganando la primera, pero esto es parcial porque hay otras obras de madurez de Platón que no se contentan con esta simplificación que ha hecho Occidente de esta filosofía. Por supuesto que a muchos sacerdotes les gustaría volver a este Platón dualista y “amante de la sabiduría” que lee el poder verticalmente y que, pareciera, se “compromete” políticamente con la clase hegemónica.  Por suerte, Platón es mucho más que esta lectura superficial de su pensamiento. 

Es decir, lamentablemente esta lectura cristiana del platonismo redujo todo a un asunto lógico (ideal), cuando lo esencial era la praxis (=amar más a los demás –como las Obras del Espíritu Santo del padre Sergio Valverde, en Costa Rica, etc.-, “pues al atardecer te juzgarán en el amor” según indica, en sus Dichos de amor y de luz, el místico san Juan de la Cruz, por ejemplo. Tampoco se trata de decir que la versión griega del cristianismo (el Nuevo Testamento fue escrito en griego) sea falsa.  La intención no es excluir, sino dosificar.

La religiosidad entendida como apología de la fe poco a poco disminuye su radio de acción, dicen los sociólogos. El “esplendor de la verdad” (Splendor veritatis) se refleja en lo dicho por el papa, el vicario de Cristo (título tomado de la Roma imperial cuando el emperador se proclamaba vicario de Dios, en este caso Constantino, tras su victoria del puente Milvio, el 28 de octubre del 312, y su entrada triunfal en Roma), lo cual expresa la verdad, sin lo cual hay amenaza de cisma o sospecha de herejía. La teología cristiana -de no todos los sectores- trata de defender de manera desesperada su historicidad absoluta para poder marginar a todas las demás religiones y para mantener la confesionalidad del Estado. 

Esta voluntad de poder, herencia de la era constantiniana, reclama un centralismo que lleva a la historización del mito y a “metafisiquear” dogmáticamente el mito historizado. El modelo de religión que se desprende de esto es que estamos ante un fetichismo de los conceptos y un culto al poder. 

En pocas palabras, la jerarquía sacerdotal -de muchos, pero no todos- está marcada por un patriarcado que busca el sacrificio (o la idolatría según el Antiguo Testamento) como oficio. La unidad eclesial se reduce, entonces, no a una reciprocidad, sino a una tensión obediente, fruto de la paranoia colectiva que le evita al individuo una serie de búsquedas, en la medida que se declara la posesión total de la verdad (desde la “cátedra”(!) de san Pedro). 

La fe es, pues, desde esta perspectiva, un encuentro con las verdades de la Iglesia (la administradora de esas verdades), secundariamente un encuentro consigo mismo y, raras veces, con los otros como lo diferente y lejano.

Con estos antecedentes, habría que señalar dos ideas que potencialmente pueden generar intolerancia desde la crítica eclesial a la “ideología de género”:  para el catolicismo y el protestantismo se “nace” varón o mujer y, por ende, no ser heterosexual es sinónimo de ‘pecado’ (!) porque se atenta contra el concepto de familia que se ha mantenido durante siglos, y cuyo concepto se rompe en mil pedazos tras el hecho consumado de que hay parejas de homosexuales (varones y mujeres, claro está) que conviven durante años. 

De esto se sigue una serie de fobias eclesiales que devienen en conductas discriminatorias, aunque de manera solapada, tales como la transfobia, la homofobia y la lesbofobia.  Consecuentemente, estos grupos de la Gran iglesia luchan contra la práctica y los motivos feministas porque -dicen- se está destruyendo la familia. Algunas preguntas al respeto: ¿Se está destruyendo la familia tradicional o más bien la familia debe ser entendida de otras maneras tras su reconfiguración? ¿Cambiaron los vínculos de afinidad derivados del vínculo reconocido socialmente como el matrimonio (heterosexual) a incluir el pacto social de solidaridad (entre personas del mismo sexo) en una idea más amplia de familia?

Es preocupante que algunas luchas eclesiales [podrían haber otras luchas -igualmente urgentes, aunque políticamente incorrectas para la clase política- contra la corrupción política, contra la práctica de abandonar niños, contra el consumo de drogas legales (cigarrillo o alcohol) pero letales, contra la pobreza, etc.] contra la ‘ideología de género’ pueda producir discriminación a los grupos situados en el límite de lo permitido, por ejemplo, en torno a la diversidad sexual y que, de rebote, produzcan que algunos con termocefalia se sientan autorizados (¿porque su dios lo exige?) a discriminarlos en lugar de tratarlos fraternalmente.

El cristianismo es una limitación de dios, si lo que pretende es identificarse con los seres humanos más vulnerables.  (Me vienen a la mente muchos sacerdotes y pastores que viven pobres entre los pobres, también sé que son minoría.) Amor a los seres humanos o a la estructura eclesial, pero no ambas.



Noticias relacionadas

VEA MÁS



Comentarios

COMENTAR

Josh (24/11/2017)

Lo leí dos veces , pero no aterrizó en la idea ..