Domingo 17 de Diciembre, 2017

En búsqueda de Dios

Reflexiones.

24 de noviembre, 2017

Juan Luis Mendoza

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En algún escrito anterior, me referí ya a la Escatología, es decir, al fin de este mundo nuestro y los seres humanos principalmente en él y con él. El Padre Cándido Martín sintetiza, a propósito: “Y, pues creo que Dios por todo se anda, hablar de Escatología, tendrá que ser, hablar de un Dios que lleva sus obras adelante, desde su principio a su consumación o plenitud, pensando en nosotros, sus criaturas predilectas. Y aquí, ese punto luminoso que encierra toda la Historia de la Salvación, con su parte central, con la venida, del Cielo a la Tierra, del propio Dios, en la persona de Nuestro Señor Jesucristo. Y desde aquí, es que podemos decir que, en medio de los avatares de los días, años, siglos, milenios y demás, con Dios va el ser humano en busca del paraíso, al encuentro con la Vida”.

En ese sentido y más allá de posibles disquisiciones de los que se creen entendidos, podemos asegurar que ya estamos en los tiempos, tiempos de salvación cumplida y actuante. Y de Dios y sus creaturas e hijos, que somos los seres humanos, tratamos al hablar de la Escatología o fin de todo, en el sentido de realización, de culminación, lo que se conoce como “novísimos” o “postrimerías”, como la muerte, el juicio, infierno y gloria, que no han de asustarnos, aunque en el caminar nos envuelvan sombras y temores. Los creyentes cristianos nos dejamos conducir por la fe, a la que Dionisio el Aeropagita define como “rayo tenebroso”. Rayo, es decir, luz, pero tenebroso, es decir que implica oscuridad y contradicción.

Hay sabios, hay filósofos, como Sartre o Heidegger, que niegan la existencia de un “más allá” que dé sentido y valor a la existencia humana, sumidos esos escritores en la “náusea” de la vida o la “angustia existencial” que supone, según ellos, acabar en la nada.

Frente a estos y otros filósofos nihilistas y ateos, está Miguel de Unamuno, pensador español, que se une ardiente y firmemente a la idea que todos, de alguna forma, tenemos de nunca morir. Y es la que, insisto, en la fe cristiana nos impulsa a caminar hacia esa vida inmortal, vida eterna.

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Hay que decirlo, por eso lo cito aquí, Unamuno luchó mucho entre lo que puede ser la mente y el corazón y su contrariedad dentro del ser humano, al afirmar o negar la vida futura, el cielo, el gozar de Dios. Quizás, con esa guerra interior que libró con tanto esfuerzo y sinceridad, tengan que ver estos versos inéditos que se encuentran entre sus papeles, después de morir: “Agrándame la puerta, Padre,/ porque no puedo pasar./ La hiciste para los niños,/ y yo he crecido a mi pesar./ Pero si no me la agrandas,/ Padre, achícame por favor./

Devuélveme a aquellos años,/ en los que vivir era soñar”.

Aquello también de otro gran filósofo, Descartes: “El corazón tiene razones que la razón no comprende”. Porque ha sido, y es, ese “corazón” el que, tanto en la más remota antigüedad como en nuestros días, el que nos impulsa a los seres humanos a la búsqueda incansable del que es nuestro principio y fin. Y esto en todas las religiones y culturas, en todas partes y siempre, aunque en medio de oscuridades y contradicciones, propias de la fe, el “rayo tenebroso” de Dionisio el Aeropagita.

Tras las huellas de Aquel, ante el que exclama san Agustín: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón andará inquieto mientras no descanse en ti”. Aunque nosotros los cristianos sabemos y estamos seguros de que “en él vivimos, nos movemos y somos” (Hechos 17,28).

Sigo, Dios mediante, otro día.



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