Miércoles 13 de Diciembre, 2017

Los desórdenes de un país en bancarrota moral

30 de noviembre, 2017

Rogelio Arce Barrantes

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Nos hemos hecho, como comunidad, inmunes al delito político masivo. Hemos llegado a creer que es algo normal que tenemos que tolerar. Hace treinta años no era tan evidente y se daban los delitos políticos con mucho mayor discreción y en una escala menor.

Los medios de comunicación colectiva han perdido el temor a la denuncia y muchos periodistas jóvenes no le temen a las represalias y hacen periodismo investigativo exhaustivo, resultado: exponer la delincuencia política abiertamente.

Como en esos delincuentes hay una cadena de influencias políticas, todo queda en nada, así vemos que había llegado el poder judicial a grandes cuestionamientos, aunque las acciones de la fiscala general han dado un viraje de ciento ochenta grados.

Somos un país de cinco días, lo que hace que de viernes al mediodía hasta lunes a medio día, entremos en un stand by intelectivo: se nos olvida todo el capítulo de la semana anterior, si a esto agregamos el factor “guarillo” del fin de semana, peor.

El cinismo mostrado por uno de los “presuntos” involucrados en el “cementogate” es espeluznante, su sonrisa de picardía hace enmudecer a cualquiera: sonrisa cínica de quien se sabe respaldado por el poder político. No es comprensible, bajo circunstancias éticas, que algunos le hayan creído y hasta respaldado abiertamente.

La presidencia de la República en un trasnochado discurso típico de la calle de la amargura, habla de romper el duopolio, ¿Por qué no llamaron a Carlos Slim para ofrecerle condiciones adecuadas para una fábrica para toda Centroamérica? Este istmo es como un barrio del Distrito Federal, así que no era imposible romper ese nefasto duopolio del cemento.

Pero no, había que echar mano de los fondos de la banca estatal para favorecer a un grupo, misma banca que Figueres nacionalizó por la siguiente razón: “después de la guerra del 48, las finanzas del estado eran cero, no había dinero para pagar la planilla estatal, entonces Pepe envió a don Ernesto Martén, a la sazón segundo en mando del ejército de liberación nacional, para negociar un préstamo urgente con un inglés gerente del Banco Anglo, el inglés con su flema británica le dijo: ¿cuál será la garantía? Don Ernesto, hombre probo en todo sentido, le contestó que “nosotros, el gobierno”, a lo que el inglés le respondió que esa no era garantía pues ayer el gobierno eran otros y mañana quién sabe quiénes serían.

Al escuchar Pepe esa respuesta, decide nacionalizar la banca y desde luego esta se convirtió en “arca abierta, donde hasta el justo peca” (lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta). Vimos al pasar los años la piñata que fue el crédito blando para los amigos del poder político, no es nada nuevo lo que hemos visto los últimos tres meses, solamente que ahora coincidió con año electoral y posiblemente a alguien no le tocó parte del botín.

Lea: La Política no da asco

Cuando el escándalo CCSS-Fischel, me dijo un amigo, lo que sucedió fue que a alguien no le tocó o le tocó menos y eso detonó la bomba. Cuando la clase política de un país entra en bancarrota moral, esto no tiene solución.

Una de las escasas soluciones la describe Henry David Thoreau, quien afirma categóricamente que “el mejor Gobierno es el que gobierna menos” (menos en el sentido cuantitativo); solamente una disminución drástica del aparato estatal podría mejorar este berenjenal en que estamos metidos.

El término ingobernabilidad tiene sus facetas verdaderas y es que ante una burocracia inmensa, el mando se diluye hasta desaparecer: se convierten en instituciones anárquicas que van mediocremente caminando y no se acaban porque tienen de donde echar mano para pagar salarios.

Recuerdo cómo hace treinta años, yo demoraba más entre una cirugía y otra que durante el procedimiento en sí, porque los asistentes y camilleros se iban a tomar café, desde luego tienen derecho, pero no detener el mundo por un coffe brake.

Por estas y muchísimas razones más, estamos en bancarrota moral, que no se resolverá con un presidente nuevo en mayo del próximo año, no, este es un mal crónico de una democracia que creyó que ser la Suiza de América era verdad. Los costarricenses somos buenas personas mayoritariamente, pero demasiado crédulos: el país más feliz del mundo, él pura vida, etc.



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