Viernes 21 de Setiembre, 2018

Algunas reflexiones en torno al Debate organizado por el TSE

12 de enero, 2018

Sergio Araya Alvarado

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Atendiendo la necesidad logística propia de un espacio de debate conceptualizado desde la óptica de los medios de comunicación, el denominado “Debate de Todos” organizado por el Tribunal Supremo de Elecciones, a través de su brazo formativo el Instituto de Formación y Estudios en Democracia (IFED) en coordinación con la Facultad Latinoamericana en Ciencias Sociales -capítulo Costa Rica (Flacso CR)-, el Sistema Nacional de Radio y Televisión (Sinart) y la Fundación Konrad Adenauer, dividió a los trece aspirantes a la Presidencia de la República en dos programas de siete y seis respectivamente, en función de su ubicación en la papeleta presidencial debidamente establecida desde el pasado noviembre de 2017.

Ambas actividades, desarrolladas los días 7 y 8 de enero de 2018 rompen los fuegos electorales, pues permiten la reconexión de la ciudadanía con el proceso, tras la pausa propia de la Tregua Navideña.

Sirvió además para inaugurar el ciclo de debates de corte mediático a ser reproducido enero e inicios de febrero.

En función del formato aplicado, las reflexiones en torno al debate se harán por actividad.

Domingo 7 de enero

El intercambio entre los siete aspirantes a la Presidencia de la República fue poco polémico y un tanto plano. 
Incidió en ello el formato y cantidad de participantes.

No obstante lo anterior, las preguntas formuladas permitieron ir identificando esbozos de lo que cada quien propone en los temas objeto de las interrogantes, así como los enfoques que los sustentan.

Y en este rubro, pese a lo limitado del tiempo de respuesta, se observaron algunas coincidencias de orden programático.

Por otra parte, estos espacios permiten a cada contendor desarrollar, o al menos intentar, una estrategia afín a lo que juzga más conveniente en función de sus objetivos.

Lo relevante de esto, es que permite apreciar, además, cuáles son sus autovaloraciones en cuanto a su situación actual y sus perspectivas dentro del proceso electoral.

En ese marco, algunos aprovecharon para tratar de "calentar" el intercambio, mediante la emisión de "indirectas" y reiteradas referencias de orden despectivo, en torno a varios de sus contendores, usualmente aquellos a los que juzgan rivales reales, aunque no necesariamente directos.

Otros buscaron reivindicar logros que consideran propios, enfatizando su alcance de mira a los límites actuales o anteriores de su quehacer político.

Prevaleció poco ataque directo al Gobierno, quizá por la ausencia en este primer episodio del candidato oficialista, así como poco roce o enfrentamiento entre los contendores participantes, salvo las aludidas “referencias e indirectas”.

Otro momento específico en el que el intercambio subió de tono ocurrió en el segmento de preguntas directas entre candidatos, cuando el azar permitió un enfrentamiento entre dos de los que más expectativa mediática generaron previo al Debate.

Mas, con excepción de la interacción directa entre Álvarez y Castro, que generó especial fricción y un intercambio verbal duro con epítetos descalificantes entre ambos, fue un espacio poco confrontativo. En muchos de estos duelos, imperó desgano e incluso la improvisación, en el tipo de pregunta formulada, la cual o no fue bien estructurada, o bien, solo servía de pie de apoyo a quien la emitió, para reforzar sus propios planteamientos en torno al objeto de la consulta.

Sobre cada contendor:

Juan Diego Castro lució menos contundente y explosivo en comparación con sus posteos en redes sociales o sus intervenciones recientes en conferencias de prensa o entrevistas concedidas a medios. En el mano a mano con Álvarez, quedó a deber.

Antonio Álvarez lució rígido. Aferrado a su guión de campaña, si bien fue propositivo, le faltó soltura y naturalidad para inyectarle más credibilidad y afinidad social a su mensaje.

Fabricio Alvarado, con buen verbo y dominio de escena, muestra de su expertiz como comunicador. Empero en el contenido de sus propuestas mostró una tendencia a centralizar en los ejes "valores y familia" sus énfasis programáticos.

Sergio Mena intentó diferenciarse del resto de candidatos, amparado en un mensaje autodefinido como veraz y transparente, aunque no popular o agradable al oído. En consonancia con esa línea discursiva, fue parco en propuestas. Confundió vehemencia y fortaleza con gritería y aspaviento.


Edgardo Araya reprodujo la imagen transmitida en su campaña, caracterizada por la búsqueda de la conexión con el elector, a partir de sus vivencias personales en distintos ámbitos de su quehacer personal. Persiguió posicionar en el imaginario social la idea de que Álvarez y Castro son lo mismo, aunque hoy aspiren a la Presidencia desde distintas trincheras partidistas. Si bien pudo abusar de este recurso, su expresión "coyotes de la misma loma" pasará como una de las frases célebres del Debate.
Óscar López aportó la nota "simpática" de la jornada.

Mario Redondo con buen dominio de escena. El formato del escenario, emulando a una curul legislativa, le permitió sentirse en el que ha sido su escenario por casi cuatro años.

Cauto en profundizar sus críticas al Gobierno, únicamente sintetizadas en su referencia a las que denomina "chambonadas".

Lunes 8 de enero

Con la ventaja conocer de antemano el formato y lo actuado por los candidatos que intervinieron en la primera los restantes seis aspirantes participaron en esta ocasión.

No obstante ese plus podría convertirse en un  arma de doble filo, toda vez que el nivel de expectativa en torno a sus intervenciones era superior, justamente por ese ligero plus derivado de su observancia del formato aplicado, así como de la forma en que determinó el desenvolvimiento de los actores convocados el día anterior.

En términos generales, ese aparente factor a favor fue bien aprovechado por los seis comparecientes a esta parte del debate.

Figuraron más propuestas en comparación con las expuestas la víspera por quienes ocupan una posición en parte superior de la papeleta.

En algunos momentos, más bien hubo una saturación programática, motivada en el afán de capitalizar al máximo los sesenta segundos asignados por temática a cada contendor.

Algunas preguntas fueron reiteradas en ambos episodios del debate. Particularmente sensibles y estratégicas las referidas a la conformación del posible equipo de Gobierno y la pregunta formulada por dos niños en edad escolar.

Estas devinieron en momentos clave para perfilar aspectos sustantivos de quienes pretenden dirigir el país desde la silla presidencial.

La primera de ellas buscaba develar cuáles actores e intereses subyacen a cada candidatura, así como los posibles énfasis de sus potenciales ejercicios de Gobierno y la segunda permitía identificar rasgos de la naturaleza y alcance del liderazgo de cada candidato. En la sencillez de la pregunta: “¿por qué aspira a ser Presidente?”, puesta en los labios de un infante, se escondía el potencial de diferenciar al político de corta mira y a quién posee una visión de largo aliento, capaz con vocación de trascendencia, propia de los estadistas.

La reiteración de ambas preguntas en las dos fases del debate favoreció poder comparar las respectivas respuestas de los trece candidatos, proveyendo una visión inclusiva en torno a dichas temáticas.

La primera de las dos interrogantes aludidas también reflejó el valor de participar en la segunda parte de debate.

Muestra de ello es que, a diferencia de lo ocurrido el día domingo, en esta ocasión cuatro de seis aspirantes mostraron más apertura a precisar nombres propios de posibles colaboradores.

Sobre el desenvolvimiento individual de quienes se ubican en la línea inferior de la papeleta:

Otto Guevara sobresalió por su manejo de escena. Su innata capacidad de oratoria y del manejo de la comunicación no verbal, salió nuevamente a relucir, fortalecida por la experiencia acumulada tras cinco procesos electorales a cuestas.

Empero azuzado por las “olas de resaca” causadas por el escándalo del Cementazo, aunado al desgaste natural de tan larga trayectoria en la arena electoral, exhibe una caída de su nivel de combatividad y ánimo de confrontación. Sumado a ello, por primera vez aceptó de manera tácita la existencia de un escenario donde no figure como el ganador de la contienda presidencial.

Carlos Alvarado, candidato del oficialismo, aplicó la máxima de que “la mejor defensa es un buen ataque”. Sus evocaciones constantes a los que definió como “logros de la actual Administración”, enfatizando en aquellos producidos al alero de su gestión directa en los cargos ejercidos, buscó contrarrestar las críticas de sus adversarios. Huelga señalar que los cuestionamientos a la gestión del actual Gobierno fueron pocos en cantidad y focalizados en el eje corrupción, expresado en el escándalo antes aludido.

Alvarado mostró buen dominio del verbo acompañado de una expresión corporal aplomada, aunque en varios tramos del debate, el esfuerzo de mostrar con rigor su idoneidad para el ejercicio de la Presidencia y la “superioridad de su programa de gobierno”, públicamente planteada en días previos al debate, lo hizo sobreabundar en contenidos programáticos, que, planteados de forma atropellada en el corto lapso de tiempo previsto para tal fin, podrían más bien generar un efecto contrario al buscado.

John Vega fue la nota llamativa de esta parte del debate. Cumplió a plenitud su objetivo específico, consistente en darse a conocer y generar reacciones con sus planteamientos disruptivos. Claramente marcó diferencia del resto de candidatos, con propuestas fielmente adheridas a su línea de pensamiento radical de izquierda.

Fue además el más constante e incisivo en el uso de la crítica, tanto a sus demás contendores, presentes y ausentes, así como a la actual Administración.
Stephanie Campos mostró soltura y elocuencia en sus intervenciones, sobreponiéndose a ser la única mujer y la figura más joven de los trece aspirantes.
Opaca la vaguedad de los contenidos programáticos, así como su limitada variedad, sus dotes de oradora.

Rodolfo Hernández trató de proyectarse más allá de su reconocida experticia en el ámbito de su quehacer profesional. No obstante mostró debilidades argumentativas en tópicos específicos de especial relevancia, como el tema fiscal o la atención de necesidades de poblaciones determinadas de la sociedad. Sus reiteradas alusiones al candidato del PUSC reflejan que, en su estrategia político-electoral, ocupa un lugar central el duelo particular con quien compite por el mismo segmento del electorado.

Rodolfo Piza procuró reforzar su imagen de conocedor de la realidad nacional y del aparato público, así como de poseer la seriedad requerida para asumir su conducción.

Empero evidenció dificultades para desarrollar, en un periodo de tiempo corto, líneas argumentativas programáticas claras, vehiculizadas con una dosis suficiente de vehemencia e ímpetu, capaz de despertar entusiasmo traducido en adhesión.

Se mostró reacio a la confrontación directa, salvo cuando encara alusiones a su círculo íntimo, tal y como las planteadas por uno de sus adversarios en un momento concreto del debate.

En esta nueva incursión en un espacio mediático, brillaron por su ausencia su habitual uso de refranes y frases coloquiales.

A manera de cierre:

Ambas partes del debate fueron planos y escasos en episodios polémicos e intensos, capaces de quedar arraigados en el imaginario social por un periodo temporal indefinido.

Los debates mostraron falencias de quienes aspiran a dirigir el Poder Ejecutivo en tópicos propios de sectores específicos de la sociedad, como son la población indígena, quienes ostentan edades entre los 30 y 65 años, o los migrantes, entre otros.

Hubo una aceptación, al menos en el plano discursivo, de la consolidación de un sistema político y de partidos caracterizado por la pluralidad y la subordinación de la gobernabilidad a la concreción de acuerdos suprapartidarios y multisectoriales, que incluso puede llevar a la configuración de un Gobierno de Unidad Nacional.

Lea: Costa Rica sonríe

Pese a la coincidencia en la identificación de temas-país prioritarios e incluso, en las fórmulas de su abordaje desde la política pública, aún el cálculo electoral imposibilita un compromiso más directo con acciones tangibles, cuya impopularidad no se desea asumir a escasas semanas de la elección.

Desde la perspectiva del interés del organizador del debate, se proveyó una plataforma a través de la cual se visibilizaron la totalidad de las propuestas presidenciales, así como se favoreció la creación de condiciones para aproximar su oferta programática a la ciudadanía.

Desde luego un debate no es suficiente para hacer del elector un votante informado. Ni tampoco la totalidad de los espacios similares a este programados durante el resto de la campaña lo conseguirán. Sería además contraproducente, toda vez que cualquier espacio o medio como estos, no puede ni debe sustituir la acción autónoma y responsable de cada persona de proveerse de la más precisa información para construir su decisión electoral.

Más allá de lo anterior, este primer debate de la temporada 2018 sirvió también a los contendores como espacio de preparación y afinamiento de su mensaje y de su imagen, lo que, especialmente para quienes tendrán un papel protagónico en los restantes debates, será de gran utilidad en su esfuerzo por generar la empatía requerida para movilizar los apoyos electorales necesarios.

El resultado finalmente generado en los comicios nacionales establecerá el impacto final de las distintas actividades desarrolladas al amparo de la dinámica electoral vigente.

Mas, su puesta en vigor contribuye a oxigenar al sistema democrático costarricense, lo que en sí mismo, legitima y justifica su razón de ser.

Sergio Araya Alvarado, politólogo



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