Viernes 21 de Setiembre, 2018

Una lectura de la ciudadanía desde la campaña electoral

25 de enero, 2018

Sergio Araya

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La campaña electoral es concebida como el espacio ideal para posicionar temas de interés nacional y sectorial; confrontar tesis y posturas de quienes aspiran a movilizar la voluntad ciudadana en las urnas en torno a tales tópicos y, en el mejor de los escenarios, confluir en acciones concretas de alcance global orientadas a impactar de manera positiva en el devenir de aquellos.

Esta concepción de campaña parte de varios supuestos. A saber:

- Priorización de lo programático en las agendas, discursos y praxis de los actores inmersos en el proceso.

- Ciudadanía consciente del significado y alcance del sufragio como herramienta de decisión política.

- Convicción democrática compartida, reflejada en la naturaleza y límites de carácter ético, planteados a la dinámica reproducida al amparo de la campaña, donde existe una interacción de contendores, mas no de enemigos políticos.

Ahora bien, en la realidad concreta, las campañas electorales han avanzado por derroteros alejados de las premisas antes citadas, tal como lo evidencia la actual campaña costarricense.

- Lo programático ocupa un lugar marginal en el discurso y accionar de los operadores del proceso. En su lugar, impera el mensaje vago, superficial y simplista, portador de la distorsionada imagen de una presidencia y curules legislativas sobrevaloradas en su capacidad efectiva de gestión e incidencia política.

- La ciudadanía en una buena proporción subvalora el acto del voto, dándole especial énfasis a lo emocional como criterio regulador de su comportamiento electoral. En función del estado de ánimo se configura la decisión en torno al ejercicio de este derecho político. Subjetividad impregnada además de una elevada variabilidad que explica en parte el proceder volátil característico de un amplio porcentaje de la sociedad contemporánea.

- La campaña negativa con tendencia a la polarización marca la pauta. La tendencia a la confrontación se sostiene en el uso desmedido de armas como la descalificación y la crítica destructiva, cargada de simbolismos vacíos de contenido, donde la única consigna aparentemente válida, es la no existencia de normas y límites. Fenómeno especialmente observado en las redes sociales, cuyo protagonismo en esta oportunidad, expresa la realidad tecnológica de nuestros tiempos.

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No obstante lo antes indicado, aún existen elementos positivos que abren expectativas de un reencauzamiento de la dinámica político-electoral del país.
Coincidiendo con la pérdida de fidelidad partidaria, un segmento cada vez mayor del electorado costarricense, demanda criterios referenciales para la construcción de su decisión de voto, sobresaliendo el acceso a información de diferente fuente, entre ellas los espacios de deliberación pública de los candidatos, conocidos con el nombre genérico de “debate”.

 El uso de esta figura en sí no garantiza la preeminencia de la dimensión cognitiva-racional por encima de la emocional, como movilizadora de la voluntad electoral, pero permite observar una suerte de desplazamiento paulatino de la segunda hacia la primera, derivando como resultado tangible en lo inmediato, el incremento en el número y diversidad de debates.  En la campaña electoral en desarrollo, su gestión no es exclusiva de medios de comunicación, ni tampoco circunscrito a quienes pretenden alcanzar la silla presidencial.

Desde la perspectiva ciudadana, sin embargo aún es prematuro afirmar que se está ante un escenario de campaña electoral, donde predomine la imagen del “votante informado” promovido con buena intención desde distintos ámbitos, tanto de la institucionalidad pública, como desde sectores de la sociedad civil.
Los resultados del día 4 de febrero, día cumbre del proceso, darán algunas luces, no todas, del estado actual y posibles configuraciones de la cultura política ciudadana y del horizonte avizorado para el sistema democrático costarricense.



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