Sábado 17 de Noviembre, 2018

La construcción de la decisión del voto: algo más que marcar una “x”

01 de febrero, 2018

Sergio Araya Alvarado

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En el marco de la construcción del voto, múltiples variables confluyen en la definición finalmente expresada el día de la elección mediante la marca de una “x”.

Elementos de orden emocional, axiológico y cognitivo aportan a dicha decisión, en proporción al valor asignado a cada uno de ellos por cada persona.

Ahondando en la dimensión cognitiva, se observan desafíos propios de esta época caracterizada por la existencia de una amplia gama de ofertas de información, así como de medios para acceder a ella, como nunca en la historia de la humanidad habíase dado.

Las nuevas tecnologías de la comunicación, especialmente de tipo virtual, colocan al alcance de la mano de un segmento considerable de la población tanto información generada por terceros como las reacciones, críticas e impactos resultantes de esta. Y todo en tiempo real, es decir, con plazos casi exiguos entre el momento de su difusión inicial y los efectos producidos.

El reto actual no se centra en obtener información, sino en asimilar, procesar y discriminar volúmenes de información en ascenso exponencial, así como en diferenciar lo sustantivo de lo accesorio o entre lo que posee fundamento fáctico de lo que no, hoy rebautizado como “verdad alternativa”.

De esto no se sustrae lo electoral.

El concepto central de las campañas parece ir migrando de un mensaje emotivo, usualmente ligado a la identidad partidaria de sus posibles destinatarios, hacia un mensaje más centrado en aspectos aprehensibles desde la dimensión racional, donde se enfatiza en condiciones personales de cada aspirante y, de manera subordinada, se visibilizan aspectos incluidos en sus plataformas programáticas. Esto último en clara consonancia con el cambio que viene apreciándose en el perfil del elector contemporáneo, cada día más alejado de adherencias partidistas sólidas y permanentes.

En ese contexto, es relevante precisar el alcance de esa aparente preeminencia adquirida por la dimensión racional como criterio definidor de la decisión del sufragio.

¿Cómo influye el componente cognitivo en la decisión del voto? ¿Ha reemplazado a las otras dimensiones como la más importante? ¿Cuán efectivo y fidedigno es el proceso racional reproducido por quienes lo priorizan como criterio central de su toma de decisiones de naturaleza electoral?

Planteado en pocas palabras: ¿qué significa y qué riesgos comportan en la realidad actual ser un “votante informado”?

Ser un votante informado va más allá de acceder a información. Implica dar prioridad especial a esta dimensión como criterio definidor, pero también supone una actitud crítica hacia la información recibida y en torno a la calidad y rigurosidad de las fuentes de las que proviene.

Conlleva, además, un esfuerzo adicional que va más allá de la postura de “receptor pasivo”. La información recibida tiene que ser analizada a la luz del entorno, de manera que pueda contrastarse con datos objetivos que verifiquen su veracidad, pertinencia e idoneidad.

Derivado de lo anterior, los riesgos existentes, para materializar tal perfil de votante informado, son altos y numerosos.

Lea: Por mí que se busque otra por fuera

Como fue indicado, la realidad actual conduce a la paradoja de que “a más información y medios para su canalización, más posibilidad de pérdida de su solidez”.

En una campaña, donde el interés primordial es el convencimiento para movilizar voluntades hacia un objetivo electoral específico, aumenta la probabilidad de la difusión e interacción de informaciones de toda índole, donde se entremezclan datos reales, datos ficticios, datos mixtos y datos míticos.

En lo programático, además se suele plantear por igual propuestas sustentadas en diagnósticos y análisis concienzudos de la realidad concreta y del marco jurídico e institucional que las llevaría a la práctica, con propuestas muy atractivas social y mediáticamente, sostenidas en las necesidades sentidas por la población, pero de compleja implementación.

Por lo anterior, el abordaje y tratamiento de la información requerida para construir la decisión del voto demanda alguna suerte de filtro, que permita sopesarla, dentro de las limitaciones materiales, temporales y espaciales de las personas, particularmente de quienes no están inmersos en el quehacer político de forma cotidiana.

En la línea de lo antes referido, al momento de escuchar o de leer contenidos programáticos ofrecidos por los candidatos a puestos de elección popular, o por representantes de los partidos de los que forman parte, es pertinente tener en cuenta los siguientes elementos o criterios, a través de los cuales pueda realizarse un ejercicio de evaluación de la calidad y veracidad de estos.

A saber:

a.    Grado de precisión del contenido: cuanto más general sea el planteamiento, oral o escrito, más amplio el margen de interpretación que pueda producirse, sobre su verdadero significado, alcance y forma de concretarse. Esto es particularmente importante de considerar, al momento de su implementación, toda vez que cualquier acción y efecto resultante, por muy reducido o modesto que sea, podrá ser defendido por su gestor, al amparo de la vaguedad que le caracterizó desde su puesta en escena durante la campaña electoral.

b.    Grado de factibilidad: un contenido programático factible es aquel que no roza con el marco jurídico e institucional vigente, así como con los compromisos adquiridos de previo por el Estado, sea con otros Estados, organismos multilaterales o actores privados, del propio país o del extranjero. Si el propósito del contenido apunta a hacer modificaciones en cualquiera de estos extremos, debe ser claramente advertido, definiendo un umbral de tiempo previsto para alcanzar tal modificación, caracterizado por su razonabilidad, de forma que no se convierta en una aspiración sin posibilidad real de llevarse a la práctica.

c.    Identificación de responsables de su puesta en práctica: cada contenido programático debe señalar a qué ámbito del Estado corresponde en primera instancia la responsabilidad de su concreción, así como los encargados directos de su gestión material. Esto permite también apreciar el grado de conocimiento del marco jurídico e institucional y de la lógica de funcionamiento de quienes plantean el contenido programático en específico.

d.    Alcance e impacto: los contenidos programáticos deben señalar con claridad metas e indicadores de cumplimiento cuantificables, así como plazos de ejecución y consignar mínimos de cumplimiento considerados satisfactorios por parte de los proponentes.

e.    Valor económico: los contenidos deben señalar con rigurosidad y transparencia su costo estimado, así como las fuentes probables de los recursos económicos requeridos y la relación costo-beneficio de su concreción. Es relevante visualizar la relación existente entre el costo en términos políticos, económicos, humanos de la puesta en marcha de una propuesta y la calidad, alcance y profundidad de sus resultados esperados.

f.    Sostenibilidad de sus resultados y efectos: los contenidos programáticos deben plantear con absoluta claridad el alcance esperado, así como los mecanismos empleados para asegurar la perdurabilidad de este.

Estos son algunos criterios, de los muchos a emplear. Todos ellos inspirados en el interés de aprovechar de una manera más efectiva la dimensión cognitiva como criterio catalizador en la compleja, delicada, esencial y cívica responsabilidad de construir la decisión del voto.

Es un único momento cada cierto tiempo en el que, efectivamente, el poder del Soberano es ejercido directamente por él, sin intermediarios de ningún tipo.

Por el bienestar de la sociedad, presente y futura, es menester asumir este derecho y deber a la vez con rigor y profunda convicción democrática.

Ciertamente lo emocional y lo axiológico siguen asumiendo un rol relevante, empero la sostenibilidad del propio sistema político democrático demanda ir más allá de estos elementos, otorgando a la dimensión cognitiva un papel más preponderante como factor de peso decisorio.

Mas ese esfuerzo debe ir de la mano con la dotación de herramientas a la ciudadanía, a través de las cuales se pueda potenciar de manera más productiva, en aras de seguir avanzando en el fortalecimiento de la democracia y, por su medio, de la sociedad como un todo.

Sergio Araya Alvarado, Politólogo



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