Martes 11 de Diciembre, 2018

La muerte

19 de febrero, 2018

Juan Luis Mendoza

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Lo propio sería hablar de la muerte y la resurrección, pues es obvio que una sin la otra carece de sentido y significación. De la resurrección trataré, Dios mediante, más adelante. Por ahora nos quedamos con el tema de la muerte.

Y, por supuesto, que lo haré desde un punto de vista distinto del habitual, de acuerdo con el desarrollo del contenido de los escritos de esta serie. En efecto, vamos a hacerlo desde la Vida de Dios; desde esa Vida que nos corresponde vivir y que, se supone, estamos ya viviendo. En consecuencia, la muerte equivaldría a “pasar” a un espacio superior, el espacio luminoso de Dios. Veamos cómo nos explicamos un poco más.

Es muy conocida aquella copla del poeta español Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir”. Un comentarista advierte que –con perdón del poeta- “los ríos van a dar a la mar, pero no para morir. Van para reponer sus fuerzas y purificar sus aguas; para descansar un rato, y de nuevo volver a sonreír, a regar tierras y regar nuestros jardines”. Es decir, que no mueren, se renuevan.

Al tratar un asunto, en nuestro caso ahora la muere, es muy importante el considerar el “punto de vista” del que se hace. Aquí, desde la fe en un Dios que ni muere y ni para nadie quiere la muerte. Por otro lado, y aunque trataremos más adelante expresamente de la resurrección, el resucitar no es algo que ocurre al final de nuestros días. La resurrección se nos ofrece ahora y, en ese sentido, no nos deja morir. Por el contrario, nos hace vivir ya, aquí y ahora, la vida eterna. La resurrección, por tanto, anula la muerte. En virtud del amor que Dios nos tiene, “en Él vivimos, nos movemos y somos” (Hechos 17,28) Somos consecuentemente ya, en Él y con Él, eternos e infinitos.

Lea: El Juicio universal

Pero, ahí está la muerte, y hay que hablar de ella. Vamos. Y lo primero que advertimos es que asusta a las mayorías, aunque creyentes. A propósito de la fe y la muerte, leí que “a como sea para nosotros la muerte, así, más o menos, será la verdad de nuestra fe”. ¿En qué sentido?

El justo vive de la fe. O, dicho de otro modo, la fe es nuestra vida en Dios en el hacer su Voluntad y aceptar lo que no quiere, pero permite para nuestro bien. Que “no hay mal que por bien no venga”. La muerte, por ejemplo. El bien, en ella, es el “pasar” de esta mi vida a la Vida de Dios, pero imperfecta aún, a una vida plena y definitiva, eterna.

La muerte se nos presenta a veces como oscuridad y noche, temores, vacíos, esperas, futuros inciertos, saltos y sobresaltos… todo lo cual nos deja aturdidos, paralizados, entristecidos.

¿A qué se debe? La muerte, en efecto, nos acompaña. Y Dios no quiere hablar con ella, de su vida, de la Dios, de la felicidad que comporta. Pero nosotros, faltos de verdadera fe, vemos todo al revés: el rostro airado de un Dios que se venga de nosotros con la muerte, sin percatarnos de que, si la aceptamos y damos sentido y valor, nos libramos de ella y, siendo muerte, la convertimos en verdadera vida.

En consecuencia, ser responsables y no dejar hasta el final lo que se conoce como “los últimos sacramentos” que, en realidad, han de ser para bien vivir y no para bien morir. En todo caso, el bien morir sigue al bien vivir.
Sigo otro día, Dios mediante, con el tema de la muerte.

Reflexiones, Juan Luis Mendoza



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