Miércoles 12 de Diciembre, 2018

La civilización requiere energía; ¡que el uso de la energía no destruya la civilización!

09 de julio, 2018

Fernando Jiménez Ureña

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Para nadie es un secreto que estamos viviendo una crisis climática desde hace ya varias décadas, provocada mayormente por el descuido y desinformación de la misma especie humana. Gran parte de este desastre que vivimos es culpa del uso de combustibles fósiles: los seguimos utilizando porque estamos acostumbrados a hacerlo, a pesar de que sepamos que no son buenos para nosotros.

Los datos ya están sobre la mesa, ya ha sido comprobado científicamente el daño irreversible que causa el uso de estos combustibles fósiles, y nosotros mismos ya lo estamos experimentando con esta crisis ambiental.

Las alternativas como el uso de energías renovables también están y ya están en funcionamiento, pero ¿por qué entonces al día de hoy todavía somos tan dependientes del petróleo y todos sus derivados?

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En el Acuerdo de París celebrado en 2015, se insistió en mantener los combustibles fósiles bajo tierra, y a pesar del apoyo de la mayoría de países del mundo a esta propuesta, seguimos viendo pasar frente a nuestros ojos cómo las grandes potencias lo ignoran, cuando ellos deberían ser el modelo a seguir. Podemos observar cómo Estados Unidos y la Administración Trump, hacen ver el cambio a un país movido por energías renovables cada vez más lejos.

A pesar del potencial que este país tiene en recursos solares, eólicos e hídricos; Trump insiste en invertir más de 50 mil millones de dólares en reservas de esquisto, petróleo y gas natural sin explotar, especialmente en las tierras federales que posee el pueblo estadounidense.

Casos similares suceden en China, por ejemplo, donde, a pesar de ser los líderes en producción de energía renovable en el mundo, son al mismo tiempo los mayores productores de carbón en el mundo.

Argentina sigue estos pasos tras hacerse público sus deseos de extraer gas natural y Canadá va por el mismo camino con el proyecto presentado de un oleoducto para exportar petróleo a Asia mientras invierten inmensas cantidades de dinero en energía renovable.

Si bien es cierto, este fenómeno se puede explicar debido a los roces y desacuerdos entre la economía, la política y los avances tecnológicos, por un lado la economía se convierte en una fría carrera por la adquisición de más riqueza, la política por una lucha interminable del poder absoluto y los avances tecnológicos como un medio para obtener más poder económico. El reto aquí es poner a las tres a trabajar en conjunto por un bien común de la humanidad y las futuras generaciones.

Debemos trabajar todos por igual, desde el más alto corporativo, hasta el ciudadano común, la identidad y el progreso de una sociedad no debe ser medido por su desarrollo económico o tecnológico: debe ser medido por el respeto a la integridad y dignidad de la humanidad y la naturaleza.

Las personas que poseen el poder de controlar la política, la economía y la tecnología deben ser conscientes de eso, y empezar a trabajar por el bien común de todos, dejando de lado el bien de unos pocos: tomando las decisiones óptimas para alcanzar un desarrollo bajo la mano de energías alternativas que amortigüen el golpe del cambio climático.

Estamos en deuda con el medio ambiente y las generaciones que vienen en camino, debemos apuntar hacia un progreso concientizado. “La civilización requiere energía; ¡que el uso de la energía no destruya la civilización!”-dijo el Papa Francisco a inicios de este mes.



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