Domingo 24 de Marzo, 2019

Una lectura en retrospectiva de 2018: un año intenso y conflictivo

27 de diciembre, 2018

Sergio Araya Alvarado/ Politólogo

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Concluye 2018. Durante los doce meses del año que está a punto de languidecer, acaecieron múltiples acontecimientos y dinámicas en todos los órdenes del quehacer humano.

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Fue un año intenso de principio a fin. Hechos y noticias impregnadas de polémica y complejidad acompañaron a la sociedad costarricense desde los primeros días de enero.

La opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos dada a conocer a tan sólo nueve días de ese mes modificó sustancialmente el panorama electoral y arrojó un desenlace inesperado en las urnas.

El ascenso al poder de uno de los dos candidatos presidenciales sembrados en la II ronda efectuada en abril como fruto del cambio en la correlación de fuerzas suscitada a partir de enero, no estuvo exento de elementos mediáticos: conformación de una alianza con actores políticos de distinto signo, encabezada por quien había sido uno de sus rivales de cara a la elección del primer domingo de febrero que desembocó en la constitución del llamado Gobierno de Unidad Nacional; conformación de un acuerdo legislativo pluripartidista a través del cual se aprobó una reforma fiscal pospuesta por casi dos décadas son tan sólo dos de sus expresiones.

Estos y otros acontecimientos sucedidos a lo largo de 2018 fueron atravesados por una lógica de confrontación, polarización y tensión con un sensible potencial de fractura del tejido social construido a lo largo de muchas décadas de historia patria.

Una campaña electoral virulenta, con una elevada dosis de descalificación entre adversarios, no concluida tras conocerse los resultados definitivos de la elección de abril, mostró signos de agotamiento del modelo de socialización imperante en la Costa Rica de la postguerra civil.

Canalización institucionalizada de los conflictos y diferencias entre sectores sociales, con una alta participación del Estado como facilitador político, ha ido cediendo paso a escenarios impregnados de violencia dicotómica, únicamente limitada por una expectativa de solución en estrado judicial.

Ejemplo palpable, pero no exclusivo de lo anterior, se observó con particular énfasis en la huelga generada a partir de la discusión del plan de fortalecimiento de las finanzas públicas finalmente aprobado de manera maratónica en las postrimerías del año. Huelga concluida más por desgaste inercial de una de las partes y no como resultado de una efectiva negociación política.

La lógica de confrontación de los opuestos absolutos también se advirtió desde la campaña electoral referida, dinámica que la activó en toda su fuerza, y continuó expresándose a lo largo de los distintos conflictos observados durante los siguientes meses: taxistas formales versus Uber; empleados privados versus empleados públicos y autoridades gubernamentales/empresarios versus trabajadores, en el marco del citado conflicto alrededor del plan fiscal; grupos autodenominados “pro vida” versus grupos autodenominados “defensores de los derechos humanos” a propósito del protocolo pendiente en torno al llamado aborto impune, entre otros más ejemplos.

La irrupción de las plataformas digitales, específicamente de las llamadas “redes sociales” sirvieron de nuevo escenario de lucha, caracterizado por poner al descubierto, niveles de agresividad y violencia muy altos y no circunscritos a un número limitado de actores. Ciertamente lo acaecido en esa realidad paralela ofrecida por el mundo virtual aún no puede generalizarse con rigor al conjunto del cuerpo social, empero tampoco debe subestimarse o catalogarse como un fenómeno de pocos “cabezas calientes” de corto aliento.

Amén de que, tal y como ha sido evidenciado en otras latitudes, el límite entre ambas dimensiones es poroso. La llamada Primavera Árabe como fenómeno de movilización social inicialmente gestado desde lo digital, pasando por su efectivo aprovechamiento electoral por parte de colectivos políticos de reciente emergencia como Podemos en España, constituye ejemplos de los antecedentes que muestran la conexión existente entre lo digital y lo tangente.

Esa interacción, como cualquier otra, carece en sí misma de orientación ideológica o límites de orden ético. Puede trasladar de lo virtual a lo real cualquier propósito movilizador de masas. Muestra de ello la manifestación xenófoba contra la población nicaragüense residente temporal o permanentemente en suelo costarricense. Signada por la lógica de la confrontación entre opuestos absolutos, se organizó a través de redes digitales y devino en un acto de violencia contra personas de dicha nacionalidad que requirió el concurso de las fuerzas de seguridad para su control y culminación.

2019 está a punto de iniciarse. Espera en la agenda nacional temas de gran relevancia, complejidad y explosividad. La lógica dicotómica señalada no parece disminuir.

Pasados unos escasos días desde que el mundo cristiano conmemoró la venida al mundo del Hijo de Dios, portador de un mensaje de Amor, Fraternidad, Concordia y Paz, es tiempo oportuno para hacer un alto en el camino e interiorizando el contenido del mensaje de Jesucristo, reflexionar personal y colectivamente, buscando superar esa percepción de opuestos absolutos que ha venido introduciéndose en el imaginario social costarricense y que amenaza seriamente con fracturar de manera honda e irreversible el cuerpo social.

Aún es tiempo de evitar que “el no le compren, no le vendan” tristemente reproducido tras los incidentes de la década de los 40 del siglo pasado y que dividió a la sociedad en dos bandos por varias generaciones, no vuelva a enraizarse en la Costa Rica a punto de alcanzar sus 200 años de vida republicana e independiente.

 



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