Jueves 09 de Julio, 2020

La unidad

23 de enero, 2019

Juan Luis Mendoza

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Cuando hablo de unidad, me refiero a todos, en este planeta, sin distinción de razas, culturas, religiones, economías…, y a que seamos solidarios unos con otros; que nos veamos como hermanos; que nos ayudemos a crecer y progresar; que nos unamos para acabar con las armas y guerras que hieren y matan, que destruyen lo creado. Que, por el contrario, nos dediquemos, unidos, a defender y cuidar esta tierra común, sus habitantes y cosas, esta Casa Grande con los mismos derechos y obligaciones, trabajos y destinos. Todos una única familia, creaturas e hijos de Dios, todos hermanos.

Lea: Con juicio o sin juicio

El Padre Cándido Martín advierte: “Es desde Dios que tratamos de mirar y de pesar el devenir de los seres humanos, y Dios es nuestro principio y fin, en quien todo se unifica, tiene razón y consistencia. Por otra parte, miradas las cosas desde nosotros, desde el ser humano, si desde la unidad como tarea y destino no las miramos, todo se nos pierde, todo se nos desvanece”.

En el fondo se trata de un deseo y exigencia, algo incumplido que todos llevamos dentro; se trata de nosotros mismos, todos, que solo desde esa unidad poco a poco y difícilmente alcanzada, tenemos razón de existir; se trata de adentrarnos, desde la consciencia de sabernos y querernos eternos, en el vivir nuestras vidas tras un destino que nos exige, ante todo, la unión y solidaridad de cuantos habitamos esta tierra y soñamos con llevarla a la perfección impresa en ella por el Creador. A promover, pues, la unidad, como fin inmediato, tarea primordial e irrenunciable, buscarla, gozarla, difundirla.

Unidos, somos capaces de llevar adelante la vida social, la civilización y el compromiso en todos los niveles: la pareja, la familia, los pueblos, las ciudades, las naciones… con sus necesidades y posibilidades, dentro de sus peculiaridades propias de la raza, cultura, religión y demás. El ser humano es naturalmente un ser social, y en el aislamiento se disminuye, se acaba, muere. Por el contrario, saliendo de sí mismo, buscando al otro, uniendo intereses y fuerzas con los demás, crece, se desarrolla, goza, vive.

Nuestro autor concluye: “Es en Dios que está la razón de nuestra Unidad, en ella brota y explota. Dios es el ‘Todo’, el ‘Uno’ que todo lo forma, lo envuelve, lo mantiene, lo informa, lo transforma y unifica. A todos nos ha colocado en este único espacio que su presencia llena y que llamamos ‘La Creación’ y en lo que todo tiene relación, armonía, unidad con ese ‘Todo’, y de manera especial el ser humano que, disgregado y solo, nada tiene que hacer”. Y es que la unidad es en nosotros los humanos una tendencia innata, un destino, una razón, un don… que se define mediante la libertad, ya que podemos lo que nos conviene o no, lo malo o lo bueno, lo que nos construye o destruye. De ahí nuestra responsabilidad personal y social.

Y en cuanto cristianos, ¿qué? En nuestra condición de cristianos, estamos llamados a vivir en unidad a semejanza de la unidad que existe entre el Padre y el Hijo. Unidad que ha de manifestarse en el amor mutuo, la apertura a los demás, la fraternidad, el servicio. Todo ello, y más, expresado en el “amaos los unos a los otros” (Juan 15,12). Obviamente, la unidad, si existe realmente, la hemos de vivir permanentemente, en aquí y ahora de la existencia. Es el deseo mil veces expresado por Jesús, su mandamiento: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois discípulos míos” (Juan 13, 34-35). Y cuando alguien repite y repite algo, es que ese algo merece la pena. Si lo ponemos en práctica, no solo contribuimos a la unidad, sino que nuestras vidas de seguidores de Jesús tendrán un verdadero sentido y valor.

Para cerrar el escrito, cuatro recomendaciones: Primera. Buscar y luchar por la unidad, en uno mismo, ante todo y después en los demás: familia, trabajo, estudio, religión, política, diversión… Siempre y en todas partes. Segunda. Que se viva abierto a Dios, a su presencia, a su amor, voluntad y permisión. Tercera. No echar en olvido que unidad no es uniformidad. Es el amor el que une. Y el amor se puede, y se debe, compartir con todos, por más distintos que sean a nosotros, en lo que piensan, en lo que hacen y sienten. Cuarta. Buscar y luchar por la unidad implica vivirla en mí, en relación a mí mismo, ante todo, para desde ahí vivirla con Dios como Padre y con todos los demás seres humanos como hermanos e incluso con los otros seres de la Creación.

 



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