Sábado 20 de Julio, 2019

Algunos apuntes en torno al socialcristianismo

07 de febrero, 2019

Sergio Araya Alvarado / Politólogo

[email protected]

El socialcristianismo es un sistema de ideas que encuentra su origen a finales del siglo XIX. No obstante, debe reconocerse que es fruto del desarrollo  de un pensamiento filosófico que posee expresiones concretas en filósofos más antiguos, como Erasmo de Rotterdam o Tomás Moro.

Lea: Lo programático en los partidos políticos: entre lo formal y lo real

Su primera fuente orgánica es la Encíclica Rerum Novarum promulgada por Su Santidad León XIII en 1891. En ese documento papal se asocia el concepto de justicia social, fundamento del socialcristianismo, con la aceptación de la democracia, como forma de organización política de la sociedad.

Como se mencionó en el primer párrafo, el socialcristianismo encuentra fuentes que le nutren, en la producción filosófica de pensadores del Renacimiento que se oponían a las tesis del individualismo imperantes en muchas de las corrientes de la época.

Erasmo de Rotterdam sostiene que la dignidad de la persona humana es el principal valor intrínseco a la naturaleza misma del ser humano y está ligado indisolublemente a su dimensión comunitaria, generando una alternativa ideológica a los sistemas precapitalistas del periodo, basados más bien en el interés individual y el afán de lucro.

Más allá de que una de sus principales fuentes de pensamiento es la Doctrina Social de la Iglesia Católica, el socialcristianismo se nutre de distintas escuelas filósoficas que ponen el acento en la persona humana como centro y eje de toda acción personal, comunitaria, social y estatal.

Uno de sus principales precursores fue el filósofo francés  Federico Ozanam quien en 1830 empleó por primera vez la expresión “Democracia Cristiana”.

Ese concepto es el fruto de un estudio efectuado por Ozanam en relación con la Democracia y el Cristianismo. Preocupado por la indiferencia política que observaba en la comunidad católica, y convencido de que tenía que desterrarse la idea de que democracia era sinónimo de anticlericalismo, ateísmo militante y pseudo-liberalismo, el pensador francés logró establecer una concordancia lógica y epistemológica entre los fundamentos de la democracia, como gobierno del pueblo y el cristianismo, en su dimensión temporal, vinculado a la construcción de vasos comunicantes efectivos entre los miembros de un cuerpo social. Dicho en otros términos: el amor al prójimo y el reconocimiento de que el ser humano no puede ser un ente en sí mismo, desligado de sus semejantes y de su entorno, encuentra el espacio ideal de concreción temporal, al amparo de la democracia como forma de gobierno y organización política de la sociedad.

Los principios del socialcristianismo están inspirados en una concepción cristiana, aunque no confesional, del mundo. Los mismos se encuentran por encima de la misma política. Algunos los llaman metapolíticos. Destacan: la dignidad de la persona humana; la primacía del bien común; la perfectibilidad de la sociedad civil y la subsidiariedad como mecanismo de gestión del poder.

Estos principios inspirados en el cristianismo están elaborados desde una perspectiva esencialmente filosófica, pero no religiosa. Por tanto es perfectamente posible que una persona, sin plantearse problemas de sus relaciones con Dios, pueda llegar a aceptar el contenido de estos postulados.

Observemos esta aseveración con un poco mayor de desarrollo, analizando uno de los postulados: la dignidad de la persona humana.

El socialcristianismo como pensamiento y la democracia cristiana como opción política poseen un concepto del hombre como un ser racional, inteligente y libre, compuesto de alma y cuerpo. Además se contempla que el ser humano posee una misión terrenal que debe llevar a cabo en el plano histórico-temporal y tiene otra misión de orden trascendente. Ambas misiones no son incompatibles, pero desde la perspectiva filosófica y política no son necesariamente co-determinantes. Dicho de otra forma: el compromiso con la misión terrenal está vinculado al ámbito político y social; en tanto la misión sobrenatural está inserta en un ámbito ubicado más allá de lo histórico y concreto.

Dada esta diferenciación de planos, es que la concreción de lo temporal supone un ejercicio concreto de acciones inherentes al espacio político concreto, que poseen un alcance estrictamente inmanente y por tanto circunscrito a este espacio de temporalidad finita.

Por lo tanto la búsqueda de la concreción de esta misión no es exclusiva de aquellos que comparten una comunidad de creencias trascendentes, sino que es compartido un carácter inclusivo en el que poseen significancia propia la totalidad de los actores sociales que comparten un mismo periodo de tiempo y espacio terrenal dado.

En consecuencia, el socialcristianismo no posee vínculo orgánico con una determinada confesión religiosa, así como la democracia cristiana tampoco pretende ser expresión política de ninguna comunidad religiosa específica.

El filósofo Jacques Maritain plantea con absoluta claridad la separación existente entre ambas aristas, en su libro “Cristianismo y Democracia”.

Textualmente señala el autor francés: “En lo que concierne a las relaciones entre política y religión, está claro que el cristianismo y la fe cristiana no sabrían quedar dependientes de la democracia como de ninguna otra forma política. Esto es el resultado de la distinción fundamental introducida por Cristo entre las cosas que son del César y las cosas que son de Dios...".

De acuerdo con esta distinción, el Gobierno de las cosas terrenales pertenece al ámbito del César.

Acto seguido Maritain presenta la conclusión natural: “Ninguna doctrina u opinión de origen simplemente humano, por verdadera que pueda ser, se impone a la fe del alma cristiana, solamente las cosas reveladas por Dios... Se puede ser cristiano y buscar la salvación defendiendo una filosofía política diversa de la filosofía democrática, del mismo modo que se podía ser cristiano en los tiempos del Imperio Romano; aceptando el régimen social de la esclavitud o, en el siglo XVIII, adhiriéndose al régimen político de la monarquía absoluta”.

Entonces, si esto es así, ¿en qué puede consistir la relación entre el cristianismo y la democracia en la contingencia histórica actual? Al respecto señala Maritain: “…lo que es importante para la vida política del mundo y para la solución de la crisis de la civilización, no es pretender que el cristianismo esté unido a la democracia y que la fe cristiana obligue a cada fiel a ser demócrata, sino constatar que la democracia está ligada al cristianismo y que el impulso democrático ha surgido en la historia humana como una manifestación temporal de la inspiración evangélica. No se trata, por tanto, del cristianismo como tesoro de la verdad divina mantenida y propagada por la Iglesia, sino del cristianismo como energía histórica que trabaja en el mundo. En otras palabras, se trata de la constatación de una realidad HISTÓRICA y no de una relación propiamente doctrinaria o de principios”.

En ese contexto temporal e histórico es que debe entenderse la presencia efectiva del pensamiento socialcristiano y su manifestación orgánica denominada democracia cristiana en el mundo contemporáneo, particularmente a partir de inicios del siglo anterior.

La Democracia Cristiana comienza a tomar fuerza política en Europa tras la culminación de la I Guerra Mundial.  En Italia, en 1919,  el sacerdote siciliano Luigi Sturzo funda el Partido Popular, independiente de la jerarquía religiosa, pero inspirado en la filosofía cristiana. Tras varios años de existencia, el partido político cambia de nombre y se convierte en el Partido Demócrata Cristiano que, tras la II Guerra Mundial, asumirá un papel protagónico en la reconstrucción de Italia.

En otros países europeos tales como Alemania, Austria, Bélgica, Francia, Suiza, Noruega e incluso España, el quehacer del partido demócrata cristiano italiano de Sturzo ejercería gran influencia para el surgimiento de movimientos partidistas que, sin pertenecer o representar intereses específicos de una jerarquía religiosa determinada, asumirían como propios los principios y postulados del ideario socialcristiano.

Es el caso de la República Federal de Alemania que, en 1945, bajo el liderazgo de Konrad Adenauer, observa el surgimiento de la Unión Cristiano Demócrata, como el partido político de mayor peso en el proceso de resurgimiento de la potencia caída.

La presencia de la democracia cristiana en Latinoamérica ha tenido diferentes matices, en algunos casos los partidos democratacristianos han logrado establecerse como alternativas políticas de tercera vía, alternativas de oposición y jugadores políticos en procesos de consolidación democrática.

En Costa Rica, la influencia del socialcristianismo en el devenir socio-político se remonta a las últimas dos décadas del siglo XIX.

Concretamente con la promulgación de la Carta Pastoral de Monseñor Bernardo Augusto Thiel en 1893, denominada “Sobre el Justo Salario de los jornaleros y artesanos y otros puntos de actualidad que se relacionan con la situación de los destituidos de bienes de fortuna” y pasando por el aporte del Partido  Reformista fundado por el General Jorge Volio Jiménez y su primera expresión gubernamental en la Administración del Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, el socialcristianismo se inserta en el diseño de lo que se conoce como el Estado Social de Derecho.

En la década de los sesenta, se funda una primera expresión partidista denominada Democracia Cristiana, por Luis Barahona Jiménez y un grupo de intelectuales y representantes de sectores medios de la sociedad costarricense, la cual se integrará posteriormente a la Coalición Unidad que lleva al poder al Lic. Rodrigo Carazo Odio en las elecciones generales de 1978.

Finalmente en 1983 esta Coalición integrada por cuatro agrupaciones políticas se fusionará constituyendo el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), organización que ha conducido el Poder Ejecutivo en tres periodos constitucionales distintos, a saber: 1990-1994; 1998-2002 y 2002-2006.

Más recientemente y como resultado de escisiones del PUSC, han emanado otras agrupaciones que han alcanzado posicionamiento en el sistema político costarricense, sobresaliendo dos fuerzas con presencia parlamentaria y municipal incipiente: Alianza Demócrata Cristiana y Republicano Social Cristiano.

En todos los casos planteados, tanto a nivel mundial como en los ámbitos latinoamericano y costarricense, nunca la expresión partidista que ha alcanzado responsabilidades constitucionales de gobierno o han ejercido funciones en la dimensión legislativa han orientado su praxis política al amparo de un interés confesional o religioso específico. Más bien han reforzado la separación entre política y religión planteada por el filósofo Maritain y que fue ya referida.



Noticias relacionadas

VEA MÁS