Jueves 18 de Abril, 2019

Entre la gradería y la cancha

08 de febrero, 2019

Fernanda Coblentz

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No hay nada más divertido que estar en un partido de fútbol infantil y ver los 20  “directores técnicos” al lado de la cancha. Estoy segura que todos saben de lo que hablo, de estos padres de familia desvividos por el deporte que practica su mayor orgullo. Y es que no existe una cosa que nos haga más felices que ver a nuestros chicos y chicas ganar, ya sea un partido, una competencia o una carrera.

Lea: Cuando las lecciones duelen

Obviamente que vamos a querer que nuestros hijos e hijas sean los primeros en TODO, por eso los metemos en lo que consideramos las mejores escuelas, los mejores clubes, ajustamos nuestro presupuesto al máximo para que estén en gimnasia, piano, mandarín, telas y cualquier clase novedosa que aparezca. Queremos que nuestros chicos estén preparados para este mundo y sus desastres,  además  pensamos que tal vez nuestros hijas e hijos son los próximos Lady Gaga o Justin Bieber y los presionamos como tales.

¿Quiénes van a ser Cristiano Ronaldo o Simone Biles al lado de nuestros chicos? Porque mi hijo no solo va a ser un talentoso músico y un super bailarín, también será un futbolista fichado por el Real Madrid con promedio perfecto aceptado en medicina en la Universidad de Cambridge, y al que me diga lo contrario le llego a poner Maluma a todo volumen, créanme que lo disfrutaré.

La pasión que nos invade al ver a nuestras hijas e hijos jugar es espectacular. Pero, ¿en dónde está la linea entre el apoyo incondicional a todas las babosadas que se le ocurren a mi hijo y a donde inicia la de la presión y exigencia? No tengo la más mínima idea, por dicha, a mis 26 años, estoy rodeada de madres y padres increíbles con muchísimos años más de experiencia, con una inagotable sabiduría que comparten conmigo. Me dijeron "el papel de los padres debe ser el de ser padres”.

Seamos padres, no entrenadores. Estemos allí, como padres, apoyémoslos en lo que hacemos mejor: amarlos, abrazarlos, aguantárnoslos cuando lloran desconsoladamente, celebrar con ellos los triunfos, escucharlos… Si el niño disfruta de la actividad, déjelo que lo disfrute, que sea el entrenador o el profesor el que le exija, no usted.  De por sí, para eso invertimos el dinero, para que un experto les enseñe y les exija, los procesos de aprendizaje se recorren en el lugar, en la casa a disfrutar.



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