Martes 23 de Abril, 2019

Eternidad

20 de febrero, 2019

Juan Luis Mendoza

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A lo largo de esta serie, hemos empleado en varias ocasiones el término Escatología, es decir, lo referente a las realidades “últimas” que, hemos repetido, no son tanto sino actuales y al mismo tiempo pueden ser definitivas. Entre esas realidades, está la eternidad.

Lea: La predestinación

El Padre Cándido Martín, a propósito, escribe: “Vamos, primero, a definir, un poco qué sea, el asunto. Por eternidad entendemos la Vida Eterna de Dios. No hay otra eternidad que esa Vida y nuestra vida, cuando la Vida de Dios vivimos.

Como no hay otra manera de perder esa eternidad, sino cuando vivimos fuera de Dios, ahora y después del ahora, ahora y siempre. Si en Dios vivimos, en su Vida Eterna nos envuelve; si fuera de Dios la pasamos, en la muerte eterna, sin nunca consumirnos, consumiéndonos estamos”.

Así, pues, se trata de la Vida eterna y de la muerte eterna, y esto ya en nuestra existencia humana aquí y ahora y que se pueden constituir en algo definitivo, lo que lamamos Cielo e Infierno, los dos últimos destinos que se nos ofrecen para elegir, y los que lamentablemente tanta gente desestima y olvida. Y, no obstante, y como lo advierte nuestro autor, “se trata de una eternidad y de dos vidas diametralmente opuestas, que aquí se fijan, aquí se cuecen, aquí se viven, aquí se distancian y desde aquí despegan en dirección opuesta”.

Observe el lector el reiterado “aquí”. La eternidad, en consecuencia, se nos quiere decir es ya aquí. Aquí y ahora, y para siempre.

Aquí, en efecto, debemos estar ya con Dios, nuestro Creador y Padre, y su Cielo. También, si nos decidimos, por lo contrario, con el Infierno. Somos libres para optar por lo uno o lo otro, ya mismo. La opción por el Cielo significa sabernos ya perdonados, salvados del pecado, progresivamente transformados por el mismo Dios. Nuestro autor lo dice así: “Los cristianos, supuestamente, hemos pasado ya a la Vida de Dios. Hemos aceptado ya la salvación y, al impulso de la presencia de Dios, van nuestras vidas, en su amor y en el amor a los Hermanos, creciendo. “No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad el interés de los demás” (Flp 2,4)”.

La Vida de Dios, la Vida eterna equivale a su Presencia en nosotros en nuestras vidas. Y esto debido al amor mutuo: “Si alguno me ama, vendremos a él y haremos nuestra morada en él” (Juan 14,23). Nuestro autor reafirma: “Estamos refiriéndonos ya a esa Vida Eterna de Dios, vida que no nos llega cuando de aquí nos vamos, sino que aquí con ella nos encontramos.

Es aquí, ahora, que nos corresponde vivir con ella envueltos en el amor de Dios. Y con ella, en Gloria sin fin estamos, mientras a la otra orilla llegamos”. Es la novedad que nos describe san Juan: “Luego sí un cielo nuevo y una tierra nueva… Vi la ciudad santa de Jerusalén que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia para su esposo. Y oí una fuerte voz que salía desde el trono: Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y Él será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,1-4).

Hablamos de Salvación. Esa salvación es la nueva vida, la Vida de Dios en nosotros, que supone una progresiva transformación, siempre inacabable, pues jamás acabamos de pasar del egoísmo al amor y porque cada día Dios es para nosotros una Novedad aquí, y una eterna Novedad allá. Y otra vez los versos del Padre Cándido: “Hacia ti Él viene./ Hacia Él tú vas./ Cuando con él te encuentres,/ tu día eterno amanecerá”. Mientras tanto, a vivir en cada momento esta realidad; a progresar incansablemente en el bien; a abrirnos a la Salvación; a dejarnos “hacer” por Dios, nuestro Hacedor y Padre; a responder a su amor; a abrirnos a la Vida eterna…

Sobre todo amar a los necesitados: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la Creación del mundo, porque tuve hambre y me distéis de comer; tuve sed y me distéis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y acudisteis a mí” (Mateo 25, 34-37).

En efecto, “donde hay caridad y amor, ahí está el Señor”. Y ahí, la Vida y el Cielo. Y ahí el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, Dios uno y trino, aliados a nosotros para ir transformando poco a poco este mundo, comprometidos con él y su marcha y su destino, que no es otro que Dios mismo, su Vida, su Eternidad. Y esto aquí en medio de tantas dificultades que se nos opongan en nuestras decisiones y esfuerzos.

Sigo otro día con el tema, Dios mediante.    



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La vida en este mundo es un asco por la necesidad de los pederastras de creer en «Diosito». Váyase para la mierda con su vida eterna Ojalá que el diablo lo castigue entonces....