Jueves 23 de Mayo, 2019

La “existencia desnuda”

17 de abril, 2019

Juan Luis Mendoza

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A propósito de la “desinfección” que era ante todo desentenderse de todos los objetos propiedad de los prisioneros que ingresaban a los centros de concentración, Viktor E. Frankl advierte que “nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo, absolutamente todo, se lo llevarían”. Y añade como dato personal: “Intenté ganarme la confianza de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi chaqueta y dije: ‘Mira, es el manuscrito de un libro científico.

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Ya sé lo que va a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida, que eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedo evitarlo, tengo que conservar este manuscrito a toda costa: contiene la obra de mi vida’. ¿Comprendes lo que quiero decir? Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró divertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en respuesta a mi pregunta, una palabra que siempre estaba presente en el vocabulario en los internados en el campo: ‘¡mierda!’ Y en ese momento toda la verdad se hizo patente ante mí e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase de mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida anterior”.

A continuación a desnudarse y bañarse rápidamente, previa una afeitada de la cabeza a los pies. Viktor E. Frankl nota: “A duras penas nos reconocimos; pero, con gran alivio, algunos constataban que de las duchas salía agua de verdad…” Y añade: “Mientras esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez se nos hizo patente: nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos mondos y lirondos (incluso sin pelo); literalmente hablando, lo único que poseíamos era nuestra existencia desnuda”. A ello hay que añadir los malos tratos y torturas: “Al cabo de un rato volvimos a oír los azotes del látigo y los gritos de los hombres torturados. Esta vez el castigo duró bastante tiempo”.

Nuestro autor comenta: “Las ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavía las fuimos perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente, muchos de nosotros nos sentimos embargados por un humor macabro. Supimos que nada teníamos que perder como no fueran nuestras vidas tan ridículamente desnudas”. También curiosidad y sorpresa: “Estábamos ansiosos, añade Frankl, por saber lo que sucedería a continuación y qué consecuencias nos traería, por ejemplo, estar de pie a la intemperie, en el frío de finales de otoño, completamente desnudos y todavía mojados por el agua de la ducha. A los pocos días nuestra curiosidad se tornó en sorpresa, la sorpresa de ver que no nos habíamos resfriado”.

Nuestro autor detalla más sorpresas y le dejo a él que nos las cuente: “Los médicos que había en nuestro grupo fuimos los primeros en aprender que los libros de texto mienten. En alguna parte se ha dicho que si no duerme un determinado número de horas, el hombre no puede vivir. ¡Mentiras! Yo había vivido convencido de que existían unas cuantas cosas que sencillamente no podía hacer: no podía dormir sin esto, o no podía vivir sin aquello. La primera noche en Auschwitz dormimos en literas de tres pisos. En cada litera (que medía aproximadamente 2x2,5m) dormían nueve hombres, directamente sobre los tablones. Para cada nueve había dos mantas. Claro está que sólo podíamos tendernos de costado, apretujados y amontonados los unos contra los otros, lo que tenía ciertas ventajas a causa del frío que penetraba hasta los huesos.

Aunque estaba prohibido subir los zapatos a las literas, algunos los utilizaban como almohadas a pesar de estar cubiertos de lodo. Si no, la cabeza de uno tenía que descansar en el pliegue de un brazo casi dislocado. Y aun así, el sueño venía y traía olvido y alivio al dolor durante unas pocas horas”.

Lo importante es esto último, y que tiene que ver tanto con la doctrina de nuestro genial autor que iré exponiendo en sucesivos escritos más adelante, en orden y principalmente a la capacidad de soportar que tiene el ser humano que fue para el mismo Frankl sorpresa: “No podíamos limpiarnos los dientes y, sin embargo nuestras encías estaban más saludables que antes… Pasaban muchos días seguidos sin lavarnos ni siquiera parcialmente y, sin embargo, las llagas y heridas de las manos sucias por el trabajo de la tierra no supuraban (es decir, a menos que se congelaran). O, por ejemplo, aquel que tenía el sueño ligero, se acostaba apretujado junto a un camarada que roncaba ruidosamente a pocas pulgadas de su oído y, sin embargo, dormía profundamente a pesar del ruido”.
Trae a cuento la afirmación de Dostoievski que asegura terminantemente que el ser humano es un ser que puede ser utilizado para cualquier cosa, y concluye: “Cierto, para cualquier cosa, pero no nos preguntéis cómo”. Yo, por mi cuenta, pienso que sí y lo veremos en esta serie.



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mahjongg (24/04/2019)

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