Sábado 07 de Diciembre, 2019

En el campo

01 de mayo, 2019

Juan Luis Mendoza

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Ya en el campo de concentración, el prisionero era víctima de la apatía que degeneraba en una especie de muerte emocional hasta experimentar torturas de emociones muy dolorosas, las cuales trataba de mitigar. Y Victor E. Frankl concreta: “La primera de todas era la añoranza sin límites de su casa y de su familia. A veces era tan aguda que simplemente se consumía de nostalgia.

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Seguía después la repugnancia que le producía la fealdad que le rodeaba, incluso en las formas externas más simples”. Por ejemplo, los uniformes andrajosos, barro que cercaba los barracones y que había que retirar con enorme dificultad, la limpieza de las letrinas y el retiro de los excrementos que salpicaban a quienes lo hacían, los malos tratos del “capo”… Nuestro autor concluye: “De esta forma se aceleraba la mortificación ante las reacciones normales”.

Otro espectáculo penoso era contemplar las marchas de compañeros durante horas y hundidos en el barro y bajo órdenes de golpes. Peor aún si se trataba de algún enfermo y con fiebre que, en vez de ir a formar fila, se iba a la enfermería en un momento inoportuno, en vez de cumplir con sus deberes normales, marchar y lo que ello significaba…

Con el tiempo, el prisionero y ante semejantes espectáculos llegaba a ocultarse en sus sentimientos y hacerse impasible ante semejantes escenas. Le era “normal”, las escenas se hacían, de hecho, más crueles, aunque, igual, “normales”, cuando se trataba de gente de la edad de niños, enfermos, agonizantes, muertos… era de lo más común en el campo, pero que para la mayoría de sus inquilinos llegaba a pasar como un hecho desapercibido.

He aquí el propio testimonio de nuestro protagonista: “Estuve algún tiempo en un barracón cuidando a los enfermos de tifus; los delirios eran frecuentes, pues casi todos los pacientes estaban agonizando. Apenas acababa de morir uno de ellos y yo contemplaba sin ningún sobresalto emocional la siguiente escena que se repetía una y otra vez con cada fallecimiento”.

A continuación, se refiere Viktor E. Frankl a cómo los compañeros del muerto se lanzaban sobre él para despojarle de sus pertenencias, aún de una simple cuerda… “Y todo esto, confiesa, yo lo veía impertérrito sin conmoverme lo más mínimo”. Describe inmediatamente la forma inmisericorde, atroz, con que se deshacían del cuerpo absolutamente despojado de sus pertenencias, una víctima más del tifus, y quienes corrían con tan ingrata tarea, “exhaustos por falta de alimentación”. Añade: “Solo después nos distribuíamos la ración diaria de sopa”. Y concluye su narración: “Si mi falta de emociones no me hubiera sorprendido desde el punto de vista del interés profesional, ahora no recordaría este incidente, tal era el escaso sentimiento que en mí despertaba”.

En efecto, el adormecimiento de las emociones y el sentimiento de que a uno no le importaría ya nunca nada eran síntomas que se manifestaban con el tiempo en el campo y hacían al prisionero insensible a los golpes constantes. “No hay mal que por bien no venga”, el dicho popular, y gracias a esta insensibilidad se rodeaba de una especie de caparazón muy necesario. En todo caso, ya no es el dolor fisiológico que más duele sino el mental causado por la injusticia, por lo irracional de cuanto sucede.

Al leer esto, uno se da cuenta de que sea así, aunque otra cosa sería el vivirlo.  



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