Miércoles 17 de Julio, 2019

Lo peor, el insulto

08 de mayo, 2019

Juan Luis Mendoza

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Seguimos en el campo de concentración con nuestro protagonista Viktor E. Frankl. Y es él el que formula esta afirmación: “El aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que incluyen”. Y presenta varios casos concretos que le suceden a él mismo. En una ocasión trata de cuidar a un compañero a punto de caerse al trasladar con otros una traviesa de la vía férrea. Lo golpean y llaman “cerdo”.

Lea: En el campo

El insulto, más penoso que el golpe. En otra ocasión y ya marcadamente debilitado por el trabajo forzado, con temperaturas de veinte bajo cero, es fiscalizado por uno de los “capos” mientras cavaba y amontonaba tierra. Dejo lo que sigue al propio Viktor E. Frankl: “Tú, cerdo, te vengo observando todo el tiempo. Yo te enseñaré a trabajar… No has debido dar golpe en toda tu vida. ¿Qué eres tú, puerco, un hombre de negocios? Lo miré directamente a los ojos y le dije que era médico especialista”.

El otro: “¿Qué? ¿Un médico? Apuesto a que les cobrabas un montón de dinero a tus pacientes”. Nuestro doctor: “La verdad es que la mayor parte de mi trabajo lo hacía sin cobrar nada, eran las clínicas para pobres”. Y concluye: “Al llegar aquí, comprendí que había dicho demasiado.

Se arrojó sobre mí y me derribó al suelo gritando como un energúmeno. No puedo recordar lo que gritaba”. Usted puede deducir que se trató de insultos demasiado gruesos. Del tema tratamos en este escrito queriendo dar a entender al lector, con palabras de Viktor E. Frankl que “el aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que incluyen”.

Sí, porque andan juntos. En las marchas y trabajos había que cuidarse. Nuestro protagonista advierte: “Todas las protestas y súplicas eran silenciadas con unos cuantos puntapiés que daban en el blanco y las víctimas de su elección eran llevadas al lugar de reunión a base de gritos y golpes”.

Aquí “gritos” equivale a insultos. Lo que era muy común, según lo describe nuestro autor: “Durante las largas marchas sobre los campos nevados…, una y otra vez los hombres resbalaban y los que seguían tropezaban y caían encima de ellos. Entonces la columna se detenía unos momentos, no demasiados. Pronto entraba en acción uno de los guardias y golpeaba a los hombres con la culata de su rifle, haciendo que se levantaran rápidamente”. Y, claro, con los golpes, los insultos. Y éstos más dolorosos que aquellos.

Insultos y golpes que provocan en quienes los padecen indignación, sobre todo, insisto, los insultos. Al referirse al trance más arriba expuesto, Viktor E. Frankl reflexiona: “Con este suceso, aparentemente trivial, quiero mostrar que hay momentos en que la indignación puede surgir incluso en un prisionero aparentemente endurecido, indignación no causada por la maldad o el dolor, sino por el insulto al que va unido.

Aquella vez, la sangre se me agolpó en la cabeza por verme obligado a escuchar a un hombre que juzgaba mi vida sin tener la más remota idea de cómo era yo, un hombre… que parecía tan vulgar y tan brutal que la enfermera de la sala de espera de nuestro hospital ni siquiera le hubiera permitido pasar”.

Hablando de trabajo en el campo de concentración y aun cuando había en él capataces que se preocupaban por aliviar la penosa situación de los presos, “aún así, puntualiza Viktor E. Frankl, no cesaban de recordarnos que un trabajador normal hacía siete veces nuestro trabajo y en menos tiempo.

Entendían, sin embargo, nuestras razones cuando argüíamos que ningún trabajador normal y corriente vivía con 300g de pan y un litro de sopa aguada al día; que un obrero normal no vivía bajo presión mental a la que nos veíamos sometidos, sin noticias de nuestros familiares que, o bien habían sido enviados a otro campo o habían muerto en las cámaras de gas; que un trabajador normal no vivía amenazado de muerte continuamente, todos los días y todas las horas”.

En fin, que la apatía era un mecanismo necesario de autodefensa en el sentido de que la realidad se difuminaba, y los esfuerzos y emociones de los presos se centraban en conservar sus vidas y las de los otros compañeros. “Era típico oir a los compañeros", concluye nuestro autor, y nosotros con él, "cuando al atardecer los conducían como rebaños al campo desde sus lugares de trabajo, respirar con alivio y decir: 'Bueno, ya pasó el día'”.



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