Domingo 21 de Julio, 2019

Seres hambrientos

15 de mayo, 2019

Juan Luis Mendoza

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Lo que nos describe Viktor E. Frankl sobre el hambre que se padece en un campo de concentración es muy difícil comprender a quien, como yo y probablemente como usted, no la hemos tenido, al menos en esos extremos.

Lea: Lo peor, el insulto

Desnutridos y trabajando uno junto a otro, los prisioneros centran su conversación normalmente en los alimentos; aquellos sobre todo que esperan disfrutar en casa en cuanto sean liberados.

Ahora, bien, nuestro autor afirma, a propósito: “Siempre consideré las charlas sobre comida muy peligrosas. ¿Acaso no es una equivocación provocar al organismo con aquellas descripciones tan detalladas y delicadas cuando ya ha conseguido adaptarse de algún modo a las ínfimas raciones y a las escasas calorías?” Y concluye: “Aunque de momento puedan parecer un alivio psicológico, se trata de una ilusión que, psicológicamente y sin duda, no está exenta de peligro”.

Nuestro autor concreta que, en la última etapa del encarcelamiento, la dieta diaria consiste en una única ración de sopa aguada y un pequeñísimo pedazo de pan. A ello se añadía una “entrega extra” consistente en 20 gramos de margarina o una rodaja de salchicha de baja calidad o un pequeño trozo de queso o una pizca de algo que pretendía ser miel o una cucharada de jalea aguada, cada día una cosa. Observa Viktor E. Frankl: “Una dieta absolutamente inapropiada en cuanto a calorías sobre todo teniendo en cuenta nuestro pesado trabajo manual y nuestra continua exposición a la intemperie con ropas inadecuadas”.

¿Y los enfermos? Los que quedaban en el barracón en vez de ir a trabajar estaban todavía en peores condiciones. Y, en general, advierte nuestro protagonista, “cuando desaparecieron por completo las últimas capas de grasa subcutánea y parecíamos esqueletos disfrazados con pellejos y andrajos, comenzamos a observar cómo nuestros cuerpos se devoraban a sí mismos. El organismo digería sus propias proteínas y los músculos desaparecían; al cuerpo no le quedaba ningún poder de resistencia. Uno tras otro, los miembros de nuestra pequeña comunidad del barracón morían”.

En ese sentido, es sumamente gráfico lo que afirma Viktor E. Frankl: “Este cuerpo, mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí? No soy más que una pequeña parte de una gran masa de carne humana… de una masa encerrada tras la alambrada de espinas, agolpada en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la cual día tras día va descomponiéndose un porcentaje porque ya no tiene vida”.

En medio de todo, el hambre y el soñar con abundante y sabrosa comida, y esto observa el mismo autor de "El hombre en busca de sentido", “no por el hecho de la comida en sí, como por el gusto de saber que la existencia infrahumana que nos hacía incapaces de pensar en otra cosa que no fuera comida, se acabaría por fin de una vez”.

A la hora de recibir la “comida”, los prisioneros, de pie y cavando tierra, han de escuchar insistentemente la información, es el tiempo de “descanso para almorzar”, que Viktor E. Frankl describe con cierto matiz poético y suma delicadeza: “Tocar después con cariño un trozo de pan en el bolsillo, cogiéndolo primero con los dedos helados, sin guantes, partiendo después una migaja, llevándosela a la boca para, finalmente, con un último esfuerzo de voluntad, guardársela otra vez en el bolsillo, prometiéndose a uno mismo aquella mañana que lo conservaría hasta medio día”.

Al ser objeto de reflexión por parte de los “pensantes”, entre ellos Viktor E. Frankl, se formaron dos grupos; uno, explica nuestro autor, era partidario de “comerse la ración de pan inmediatamente. Esto tenía la doble ventaja de satisfacer los peores retortijones del hambre, los más dolorosos, durante un breve período de tiempo, al menos una vez al día, e impedía posibles robos o la pérdida de la ración. El segundo grupo sostenía que era mejor dividir la porción y utilizaba diversos argumentos. Finalmente yo engrosé las filas de éste último grupo”.

Atención a esta afirmación: “El momento más terrible de las 24 horas de la vida en un campo de concentración era el despertar, cuando, todavía de noche, los tres agudos pitidos de un silbato nos arrancaban sin piedad de nuestro dormir exhausto y de las añoranzas de nuestros sueños”. Más en concreto, la dificultad para calzar zapatos mojados, pies hinchados y llagados, con los consiguientes lamentos y quejidos, y hasta llantos por no poder introducir los pies helados en el calzado encogido por la nieve…

Tratamos del hambre. Viktor E. Frankl concluye: “En aquellos fatales minutos yo gozaba de un mínimo alivio: me sacaba del bolsillo un trozo de pan que había guardado la noche anterior y lo masticaba absorto en un puro deleite”.

Seguimos con la historia, Dios mediante, otro día. 



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