Jueves 17 de Octubre, 2019

“Suerte relativa”

Reflexiones

26 de junio, 2019

Juan Luis Mendoza

[email protected]

La expresión la tomo del mismo Viktor E. Frankl, que cuenta en su libro “El hombre en busca de sentido”, cómo la tiene él o la tienen otros. Por ejemplo, “vimos a un grupo de convictos que pasaban junto al lugar donde trabajábamos, y entonces se nos hizo patente y obvia la relatividad del sufrimiento y envidiamos a aquellos prisioneros por su existencia feliz, segura y relativamente bien ordenada; sin duda tendrían la oportunidad de bañarse regularmente, pensamos con tristeza. Seguramente dispondrían de cepillos de dientes, de ropa, de un colchón –uno para cada uno- y mensualmente el correo les traería noticias de lo que sucedía con familiares o, al menos, de si estaban vivos o habían muerto. Hacía mucho tiempo que nosotros habíamos perdido todas esas cosas”. Es decir, el gozar de esa “suerte relativa”.

Por cierto, otra “suerte relativa” era la de quienes, entre los que trabajaban con Frankl, tenían la oportunidad de entrar en una fábrica y laborar en un espacio cubierto al abrigo de la intemperie. Nuestro protagonista concluye: “Más o menos todos nosotros deseábamos que nos tocara un poco de suerte relativa”. Y añade que “la escala de la fortuna abarcaba muchos más matices”. Por ejemplo, quienes no tenían que chapotear en la húmeda y fangosa arcilla de un declive escarpado, vaciando los artesones de un pequeño ferrocarril durante doce horas diarias. La mayoría de los accidentes sucedían realizando esta tarea y solían ser fatales.

Lea: La dimensión espiritual sí cuenta

Seguimos con nuestro autor: “En otras cuadrillas de trabajo el capataz seguía una tradición, al parecer local, que consistía en propinar golpes a diestro y siniestro, lo cual nos hacía envidiar la suerte relativa de no estar bajo su mando o, todo lo más, de estarlo solo temporalmente”. En una ocasión, en efecto, fue a parar a ese grupo y durante dos horas el capataz se ensañó con Frankl, y si no les hubiesen interrumpido el trabajo con una alarma aérea, obligándolos a reagruparse después, “creo que hubiera tenido que regresar al campo en alguna de las camillas que transportaban a los hombres que habían muerto o estaban a punto de morir por la extrema fatiga”. Y concluye: “Nadie podría imaginar el alivio que en semejante situación puede producir el sonido de la sirena; ni siquiera el boxeador que oye sonar la campana que anuncia el final del asalto salvándose así, en el último instante de un K.O. seguro”. Otra vez la suerte relativa.

También los ínfimos favores. Por ejemplo: “Nos conformábamos con tener tiempo para despiojarnos antes de ir a la cama, aunque eso no fuera en sí muy placentero: suponía estar desnudos en un barracón helado con carámbanos colgando del techo. Nos contentábamos con que no hubiera alarma aérea durante esta operación y las luces permanecieran encendidas. En la oscuridad no podíamos despiojarnos, lo que suponía pasar la noche en vela”. Claro, otra “suerte relativa”.

¿Y qué decir de lo que nuestro doctor llama “felicidad negativa”, el equivalente a “la liberación del sufrimiento”, según Schopenhauer, y aunque solo de forma relativa? Nuestro protagonista afirma que “los verdaderos placeres positivos, aún los más nimios escaseaban”. En concreto, añade: “Recuerdo haber llevado una especie de contabilidad de los placeres diarios y comprobar que en el lapso de muchas semanas solamente había experimentado dos momentos placenteros”. Solo dos, suerte relativa, muy relativa.

Una vez fuera ya del campo de concentración, le mostraron a Frankl una revista ilustrada con fotografías de prisioneros hacinados en sus literas, mirando, insensibles, a los visitantes. Él está allí. Y nos cuenta: “Yo estaba echado sobre un duro tablón en el suelo de tierra del barracón donde “se cuidaba” a unos setenta de nosotros. Estábamos enfermos y no teníamos que dejar el campo para ir a trabajar; tampoco teníamos que desfilar. Podíamos permanecer echados todo el día en nuestro rincón y dormitar esperando el reparto diario de pan (que por supuesto era menor para los enfermos) y el rancho de sopa (aguada y también menor en cantidad). Y, sin embargo, estábamos contentos, satisfechos a pesar de todo”.

A la hora de la revista, añade nuestro protagonista, alguien se metió en el barracón, pero un guardia lo echó fuera. “Estaba estrictamente prohibido admitir a un extraño en un barracón mientras se procedía a pasar revista. ¡Cómo compadecía a aquel individuo y qué contento estaba yo de no encontrarme en su lugar, sino dormitando en la enfermería! ¡Qué salvación suponía el permanecer allí dos días y, tal vez, otros dos días más!”.

Esto se llama suerte, es decir, lo que a uno no le toca padecer, que más que aquello de “mal de muchos, consuelo de tontos”. Hay más. “Mi suerte se vio incrementada todavía más”, escribe Frankl. “Al cuarto día de mi estancia en la enfermería y a punto de ser asignado al turno de noche –lo que había supuesto mi muerte segura-, el médico jefe entró apresuradamente en el barracón y me sugirió que me ofreciera voluntario para desempeñar tareas sanitarias en un campo destinado a enfermos de tifus”. En un próximo escrito, Dios mediante, veremos en qué se incrementó la suerte.


Noticias relacionadas

VEA MÁS



Comentarios

COMENTAR

Free Steam Codes from DuckSavy (16/07/2019)

Now Discover the latest news about freebies, games hacks & tips, gift cards and much more. Keep coming for Latest Gaming Updates, Tech news, and Guides.