Martes 16 de Julio, 2019

Vida comunitaria impuesta

Reflexiones

03 de julio, 2019

Juan Luis Mendoza

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Viktor E. Frankl es médico, y un jefe del campo le sugiere que se ofrezca como voluntario para desempeñar tareas sanitarias en un recinto destinado a enfermos de tifus. Note el lector la reflexión que se hace: “En contra de los consejos de mis amigos (y a pesar de que casi ninguno de mis colegas se ofrecía) decidí ir como voluntario. Sabía que en un grupo de trabajo moriría en poco tiempo y, si tenía que morir, siquiera podía darle algún sentido a mi muerte”.

Esto último es lo que deseo destacar. Y más aún cuando, como lo advierte a continuación, “todo lo que no se relacionaba con la supervivencia de uno mismo y sus amigos, carecía de valor. Todo se supeditaba a tal fin”. En efecto, las circunstancias extremas en que se vivía, sumían a los prisioneros “en un torbellino mental que ponía en duda y amenazaba toda la escala de valores que hasta entonces había mantenido”.

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Y sigue: “Influido por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la dignidad humana, que había desposeído al hombre de su voluntad y le había convertido en objeto de exterminio (no sin utilizarle antes al máximo y extraerle hasta el último gramo de sus recursos físicos) el yo personal acaba perdiendo sus principios morales”. Había que luchar contra ello haciendo un “último esfuerzo” para “no perder el sentimiento de su propia individualidad, de ser pensante, con una libertad interior y un valor personal”.

Invito al lector a que se detenga un momento aquí porque su reflexión sigue siendo válida para situaciones no tan específicas y extremas, pero que se dan aún en los seres humanos afectados por circunstancias hostiles de toda índole que lesionan los derechos más esenciales, como la misma vida y su dignidad, su voluntad y libertad, su capacidad de pensar y decidir, su autoestima y respeto sumo.

La descripción que Frankl hace del trato en los campos de concentración es impresionante, aunque al lector le ha de resultar difícil el captarla en todo lo que de tragedia tiene, al no haber padecido tan enorme mal. El prisionero “acababa por considerarse una parte de la masa de gente: su existencia se rebajaba al nivel de la vida animal. Transportaban a los hombres en manadas, unas veces a un sitio y otras a otro; unas veces juntos, otras por separado, como un rebaño de ovejas sin voluntad ni pensamiento propios.

Una pandilla pequeña, pero peligrosa, diestra en métodos de tortura y sadismo, los observaba desde todos los ángulos. Conducían al rebaño sin parar, atrás, adelante, con gritos, patadas y golpes, y nosotros, los borregos teníamos dos pensamientos: cómo evitar a los malvados sabuesos y cómo obtener un poco de comida. Lo mismo que las ovejas se congregan tímidamente en el centro del rebaño, también nosotros buscábamos el centro de las formaciones: allí teníamos más oportunidades de esquivar los golpes de los guardias que marchaban a ambos lados, al frente y en la retaguardia de la columna.

Las puertas centrales tenían la ventaja adicional de protegernos de los gélidos vientos. De modo que el hecho de querer sumergirse literalmente en la multitud era en realidad una manera de intentar salvar el pellejo”. Y concluye: “En las formaciones esto se hacía de modo automático, pero otras veces se trataba de un acto definitivamente consciente por nuestra parte, de acuerdo con las leyes imperativas del instinto de conservación: no ser conspicuos. Siempre hacíamos todo lo posible por no llamar la atención de los SS”.

Recordando todo esto, entiendo yo que lo peor no debían ser las afrentas a lo físico sino a lo mental y emocional, al espíritu, ese verse reducido a un ser no humano por la falta de libertad y de decisión, de movimiento interior, de estima y respeto, despojado de lo más esencial y propio. Y aquí la consideración de valorar todo ello en cada uno de nosotros, como individuos y grupos sociales, promoverlo y defenderlo, con las únicas limitaciones, que son más bien extensiones de lo mismo, nuestras obligaciones frente a los derechos de los demás, quienes, a su vez, también las tienen y teniéndolas en cuenta y viviéndolas, todos ganamos en una convivencia sana, enriquecedora, feliz.

Sigo con la historia, Dios mediante, otro día.



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