Jueves 09 de Julio, 2020

Discusiones de pareja

I Parte
Mauro Fernández31 de julio, 2019 | 05:00 AM

Uno de los grandes temores que manejan las parejas en la actualidad es caer en las largas, constantes y estériles discusiones que suelen presentarse en los vínculos conflictivos y caóticos. Los estudios indican que el miedo a las discusiones probablemente se origine en la infancia, ya que muchas de estas personas presenciaron nefastas escenas entre sus padres.

La angustia y el temor que le genera al infante estos altercados distorsiona la idea y sobre todo las expectativas de la vida en pareja. Muchos de estos niños al crecer adoptan la frase “yo nunca me voy a casar”, que en realidad es una forma de decir “yo nunca viviré una vida marital así”.

Este temor por revivir las ingratas vivencias de la infancia es totalmente comprensible y producente, pero a la vez lleva a algunas parejas a evitar las discusiones a toda costa, bajo la idea que una pareja feliz no discute y que una discusión es señal de que la pareja anda mal.

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Esto suele verse reforzado por las ideas que circulan en las películas clásicas, donde, al igual que en los cuentos de hadas, las parejas viven felices para siempre, en ausencia de discusiones, diferencias o problemas.

La realidad dicta otra cosa. La pareja sana, la pareja feliz, la pareja autorrealizada, la pareja funcional; es una pareja que ante todo una pareja que discute y con frecuencia discute muchos aspectos de la vida. La gran diferencia con las parejas caóticas es que sí saben discutir.

Entre otras características estas parejas no interpretan los desacuerdos como un asunto personal, como una rencilla o como un pleito; lo asumen como un asunto que se debe resolver, es decir, como un problema a solucionar.

Las parejas que se abstienen de discutir pierden el recurso más importante que tienen para resolver los problemas: la conversación.  Como adultos tienen que entender que de lo que tienen que abstenerse es de alzar la voz, ofender o humillar cuando se discute. Pero por ninguna razón deben rehuir a los grandes beneficios que aporta discutir los temas difíciles.

Los estudios señalan que las parejas maduras no ven en esas discrepancias un motivo para entristecerse, enojarse o desilusionarse. Entienden que es normal que las expectativas de cada uno difieran en múltiples aspectos de la vida a lo largo del tiempo.

No cabe duda de que llenar las conversaciones sobre temas sensibles de improperios y groserías es dañino para el vínculo, pero el otro extremo también. La ciencia es clara en indicar, tal como lo señala Vaughn, que las parejas que nunca discuten tienen un 35 por ciento más de posibilidades de divorciarse en los primeros cuatro años que las parejas que tienen desacuerdos con frecuencia y logran resolverlos satisfactoriamente.

Así que el problema no es discutir, el problema reside en no saber discutir.



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