Domingo 25 de Agosto, 2019

Sentido más profundo

Reflexiones

07 de agosto, 2019

Juan Luis Mendoza

[email protected]

Arranco el escrito con esta afirmación de Viktor E. Frankl, resumen de cuanto he tratado en mis últimas entregas de la serie: “El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que este conlleva, la forma en que se carga con su cruz, le da muchas oportunidades -incluso bajo las circunstancias más difíciles- para añadir a su vida un sentido más profundo”.

Y se explica: “Puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad. O bien, en la dura lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad humana y ser poco menos que un animal, tal como nos ha recordado la psicología del prisionero en un campo de concentración.

Aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de aprovechar o de dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos que una situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si es merecedor de sus sufrimientos o no lo es”. Le invito a que reflexione conmigo lo que aquí se afirma, tratando de aplicarlo a las actuales circunstancias de cada quien, con su mayor o menor carga de dificultades y sufrimiento, aunque fuera de un campo de concentración.

Lea: Tarifas APM: ¿Qué tal si los obreros piñeros y bananeros salen a la calle?

No es fácil. Y, de hecho y refiriéndose a los prisioneros, advierte que “solamente unos pocos conservaron su libertad sin menoscabo y consiguieron los méritos que les brindaba su sufrimiento, pero, aunque sea solo uno el ejemplo, es prueba suficiente de que la fortaleza íntima del hombre puede elevarle por encima de su adverso sino”. Ahora bien, es de suponer que el supuesto lector, por una parte, no sea víctima de sufrimientos tan extremos como los padecidos en un campo de concentración y, por otra, no se vea exento de algún sufrimiento, en ocasiones hasta especialmente difícil de soportar.
 Pienso en enfermos, sobre todo incurables. Y, a propósito, ando por estos días disponiendo para su reproducción tres publicaciones mías, las dos primeras para su segunda edición actualizada, sobre la Niña Marisa, María Isabel de Jesús Acuña Arias, cuya causa de beatificación se introdujo de modo solemne en la Catedral el pasado 19 de marzo del 2018.

Quizás usted haya oído hablar de ella. Se trata de una niña que, habiéndosele declarado un cáncer en el cerebro, movida de su fe y amor, ofreció sus sufrimientos y muerte por la vuelta de su padre al catolicismo y en general por los pecadores y paganos, con la característica de prescindir de cualquier calmante que aliviara sus horribles sufrimientos, considerada por lo mismo por la Iglesia como una heroína en espera de poder ser declarada en su momento y sucesivamente beata y santa.

Hay que recordar aquí que para nosotros los creyentes cristianos el padecer con Cristo, uniendo nuestros padecimientos a los suyos les otorga una dignidad y valor sublimes. Recordar también que Viktor E. Frankl, originariamente de religión judía, pasó a profesar la cristiana, no sé si católica, lo que le hubo de acercar enormemente a la dignificación y valoración del sufrimiento no solo a nivel humano sino sobrenatural y divino, al estilo de una pléyade de seguidores por el camino de la cruz, desde los mismos apóstoles de Jesús hasta los últimos santos, incluyendo los mártires de todos los tiempos.

Como para imitarlos dentro de los destinos propios de cada quien. Lo importante es no perder de vista que el ser humano, cualquiera que sea su condición, está llamado a vivir, padecer y morir con sentido, mostrando en ello sus cuasi infinitos dignidad, valor y mérito.

Viktor E. Frankl, en su libro “El hombre en busca de sentido”, se refiere a otra joven, de cuya muerte él mismo fue testigo en un campo de concentración: “Es una historia sencilla; tiene poco que contar, y tal vez pueda parecer invención, pero a mí me suena como un poema. Esta joven sabía que iba a morir a los pocos días; a pesar de ello, cuando yo hablé con ella estaba muy animada.

“Estoy muy satisfecha de que el destino se haya cebado en mí con tanta fuerza”, me dijo. “En mi vida anterior yo era una niña malcriada y no cumplía en serio con mis deberes espirituales”. Señalando a la ventana del barracón, me dijo: “Aquel árbol es el único amigo que tengo en esta soledad”. A través de la ventana podía ver justamente la rama de un castaño y en aquella rama había dos brotes de capullos. “Muchas veces hablo con el árbol”, me dijo.

Yo estaba atónito y no sabía cómo tomar sus palabras. ¿Deliraba? ¿Sufría alucinaciones? Ansiosamente le pregunté si el árbol le contestaba. “Sí”. ¿Y qué le decía? Respondió: “Me dice: ‘Estoy aquí, estoy aquí, yo soy la vida, la vida eterna’”.

Dentro del contexto bien podemos deducir que se trata de una vivencia espiritual, de alguna suerte de presencia divina que, al ser “la vida, la vida eterna”, da sentido a la existencia humana, su destino, su discurrir y su fin.

Seguimos, Dios mediante, otro día.



Noticias relacionadas

VEA MÁS



Comentarios

COMENTAR