Domingo 25 de Agosto, 2019

La brújula de las conversaciones de pareja

Mauro Fernández07 de agosto, 2019 | 01:49 PM

Mencionábamos la semana anterior la importancia de que las parejas discutan aquellos temas que resultan álgidos. Desde luego, de inmediato surge la interrogante de cómo debemos discutir y, sobre todo, cómo evitar que una discusión que pretende arreglar una determinada situación no termine, más bien, empeorando las cosas.

La premisa capital que se debe tener presente en toda conversación de pareja, y que funciona a manera de brújula, es recordar que con quien tenemos la diferencia es con la persona que amamos, es con la persona con la que vivimos, es decir, no es un interlocutor cualquiera, y por ende no es una conversación cualquiera y como tal amerita un abordaje especial.

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Veámoslo con detenimiento, ¿quién es el que gana una discusión en la vida laboral y social? La respuesta es simple, usualmente gana quien más grita, ofende o deje callado al otro, o quien ridiculice al otro, o al menos el que demuestre que no tiene razón. Pero resulta que, en el vínculo de pareja, estas estrategias callejeras, politiqueras, y verborreicas, llenas de sofismas, no solo no funcionan, sino que tienen un cáustico efecto contraproducente.

Ahora bien, surge la pregunta: ¿por qué si funcionan estas estrategias con otras personas, no funcionan con la pareja? Lo primero que tenemos que decir es que en realidad no es cierto que estas sarcásticas estrategias funcionen con otras personas -salvo contadas excepciones-, lo que sucede es que en vínculos distantes, si la discusión genera enemistad simplemente la cortamos, y si la discusión genera hostilidad, esta solo se va a poner de manifiesto de manera esporádica cuando veamos a esa persona.

Seamos claro, si hoy tengo una discusión acalorada con el peluquero o con el mecánico o con el instructor del gimnasio, al punto que crea una enemistad o cierta rivalidad, usualmente lo que hacemos es cambiar de mecánico, de peluquero o de instructor, o tolerar ciertos roces cada vez que interactuamos. Desde luego, esto no pasa de un esporádico mal gusto, pero la vida como un todo seguirá siendo igual.

La gran diferencia es que no podemos andar por la vida cambiando de pareja simplemente porque no sabemos discutir o, peor aún, no podemos provocar hostilidades crecientes con cada discusión porque amargarán el convivio, que es cotidiano, y ese es el verdadero precio que pagan las parejas que no saben discutir, suelen pasar largos períodos de tiempo amargados y enemistados.

De manera que las discusiones de pareja siempre deben tener un tono conciliatorio, la mirada no debe estar puesta en ganar la conversación, sino en resolver el problema, y así mejorar el vínculo. Tenemos que recordar que son las discusiones las que construyen o destruyen la relación. Por eso, al discutir, las parejas nunca se deben olvidar del amor que se profesan.



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