Domingo 05 de Abril, 2020

Los orgullosos y los egoístas: el mal de la actualidad

16 de agosto, 2019

Paula García

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Nos quejamos sobre cómo está la situación actual, nos molesta la desensibilización generalizada, nos incomodan las injusticas y nos enoja la falta de humanidad y respeto, pero, si observamos con cuidado, el problema se debe a males generacionales que nosotros mismos fomentamos.

Por un lado, está la generación de los egoístas, esa que va desde los niños y adolescentes hasta los adultos jóvenes entre los 20 y 30 años. Son un bloque generacional que ha sido criado socialmente con una mentalidad egoísta, quienes por lo general se sienten los más especiales del planeta, merecedores de todo y creen que el mundo gira en torno a ellos.

Esta generación ha sido criada con una supuesta mentalidad de vencedores, con la diferencia de creer que, por el simple hecho de inscribirse en un curso o de participar en algo, ya merecen aplausos y porras cuando dan el mínimo esfuerzo.

Son personas que nacieron por lo general acomodadas, en casas y familias que, creyendo hacer una gran gracia, les dieron todo, nunca hubo que esperar por juguetes, la ropa se midió por marcas y lo más importante en el mundo, después de ellos, son sus éxitos personales.

En contraparte está la generación de los orgullosos, que por lo general van de los 30 años en adelante hasta los adultos mayores. Esta es una generación opuesta a la que le ha costado obtener lo que tiene, por lo general nacieron en casas y familias pobres o con recursos limitados, para poder lograr algo debieron pelearlo y casi ninguno tenía a nadie aplaudiendo y haciéndole porras, son ese grupo de personas que se suele quejar de la juventud.

Lo irónico y curioso de esta historia es que los orgullosos son los que ha criado a los egoístas, porque los orgullosos luchan por hacer por ellos mismos las cosas, pero resuelven de camino la vida de hijos y nietos para que no pasen las necesidades y las cosas que ellos, para luego vanagloriarse y decir que son buenos padres y abuelos.

De lo que no se dan cuenta los orgullosos es de que se quejan tanto de los jóvenes cuando en realidad ellos han propiciado las actitudes y acciones de los egoístas. Nos quejamos de que los jóvenes no dan espacio a los adultos mayores en un servicio de transporte público, pero va la madre con un niño pequeño de 4 o 5 años en el bus, le dan campo a ella y, como la gran gracia, le cede el espacio al niño: el mensaje inconsciente es que el niño es más importante que el adulto, así pues, como el niño seguirá siendo siempre él mismo, supondrá que le corresponde siempre el primer lugar y sus progenitores no necesitan contemplaciones.

O también queda evidenciado el orgulloso cuando se monta un adulto mayor al bus y alguien le cede el espacio, pero dice que no, gracias, que ya casi se baja, o sea, el mensaje inconsciente para todos los que ven la escena es: “no vuelva a dar campo a adultos mayores son unos malagradecidos”. El problema es ubicarnos, entender que si tenemos hijos pequeños, no siempre es bueno aplaudirles las cosas.

Un error básico que se comete con los niños es el famoso premio por portarse bien o por sacar buenas notas, pero ¿no es acaso ese el trabajo de un niño? ¿O es que a usted que trabaja y cumple con una jornada laboral, solo por cumplirla, le dan un bono extra al final del mes? Pues no, recibe un pago quincenal o mensual por su trabajo con lo que puede pagar su comida y gastos. ¿Y no es entonces un pago suficiente ya que su hijo tenga casa, comida y juguetes?

Pero no, porque pobrecitos. Antes, la obligación de los padres era pagar escuela y colegio; ahora la nueva tendencia es pagarles hasta la maestría, porque pobrecitos que tengan que trabajar y estudiar como lo tuvieron que hacer sus padres, y el resultado de esa acción amorosa de pagar hasta la maestría tiene como consecuencia un montón de jóvenes inconscientes, malagradecidos del esfuerzo de esos padres, que viven una vida de fiesta y diversión dejando de lado la parte importante del estudio y creen que, como son ganadores y buenos, se merecen con el mínimo esfuerzo buenas calificaciones.

Si queremos generaciones conscientes en lugar de berrinchudas y quejumbrosas ocupamos cortar privilegios innecesarios, dejar la cultura del pobrecito y llevar a los niños, adolescentes y jóvenes a experimentar lo bueno que se siente dar y nosotros los más viejos entender que no somos más que humanos, que a veces se vale aceptar la ayuda y que, si un hijo cumple la mayoría de edad, debe aportar de alguna manera, aunque sea simbólica.

El problema somos los orgullosos, que seguimos creyéndonos los muy valientes y volvemos cada vez más inútiles a los más jóvenes.



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