Martes 17 de Setiembre, 2019

Mirar al futuro

Reflexiones

21 de agosto, 2019

Juan Luis Mendoza

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Arranco con esta afirmación de Viktor E. Frankl: “Cualquier tentativa de combatir la influencia psicopatológica que el campo ejercía sobre el prisionero mediante la psicoterapia o los métodos psicohigiénicos debía alcanzar el objetivo de conferirle una fortaleza interior, señalándole una meta futura hacia la que poder volverse”.

Y es que cada quien tiene, debe tener, su propia meta, de acuerdo al principio de que el ser humano entraña la peculiaridad de que no puede vivir si no mira el futuro en orden a la eternidad. Y aquí está su salvación siempre, especialmente en los momentos más difíciles de la existencia, como el caso de un campo de concentración.

El peligro en esas circunstancias es que los que las padecen se vean “obligados” a ocuparse de cosas triviales de la vida común: la comida, el vestido, la salud, el no padecer… y quedarse ahí, incapaces de transcender la penosa realidad, dándole un sentido, un significado, un valor, que “no hay mal que por bien no venga”, como dice el pueblo. El filósofo y educador lo dice así: “La emoción, que constituye sufrimiento, deja de serlo tan pronto como nos formamos una idea clara y precisa del mismo”, es decir, que siendo un mal lo vemos y convertimos en un bien.

Por su parte, Frankl formula la siguiente afirmación: “El prisionero que perdía la fe en el futuro -en su futuro- estaba condenado”. En efecto, perdida la fe, se perdía el sostén espiritual, sumido en el abandono y decaimiento, aniquilado física y mentalmente. El mismo autor describe así el lamentable proceso: “Solía comenzar cuando una mañana el prisionero se negaba a vestirse y a lavarse o a salir fuera del barracón. Ni las súplicas, ni los golpes, ni las amenazas surtían ningún efecto.

Se limitaba a quedarse allí, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en enfermedad, se oponía a que lo llevaran a la enfermería o hacer cualquier cosa por ayudarse. Sencillamente se entregaba”.

Y añade: “Los que conocen la estrecha relación que existe entre el estado de ánimo de una persona -su valor y sus esperanzas, o la falta de ambos- y la capacidad de un cuerpo para conservarse inmune, saben también que si repentinamente pierde la esperanza y el valor, ello puede ocasionarle la muerte”.

El mismo Frankl trae en su libro “El hombre en busca de sentido” el caso de un amigo suyo al fallar en el cálculo del día en que iba ser liberado: “La causa última de la muerte de mi amigo fue que la esperada liberación no se produjo y esto le desilusionó totalmente; de pronto su cuerpo perdió resistencia contra la infección tifoidea latente. Su fe en el futuro y su voluntad de vivir se paralizaron y su cuerpo fue presa de la enfermedad, de suerte que sus sueños se hicieron finalmente realidad”.

En conclusión, y aludiendo a una apreciación del médico jefe del campo sobre el fenómeno, añade: “La tasa de mortandad semanal en el campo aumentó por encima de todo lo previsto desde las Navidades de 1944 al Año Nuevo de 1945. A su entender, la explicación de este aumento no estaba en el empeoramiento de nuestras condiciones de trabajo, ni en una disminución de la ración alimenticia, ni en un cambio climatológico, ni en el brote de nuevas epidemias.

Se trataba simplemente de que la mayoría de los prisioneros había abrigado la ingenua ilusión de que para Navidad les liberarían. Según se iba acercando la fecha sin que se produjera ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su valor y les venció el desaliento”.

¿Cómo superarlo en ese caso y en otros semejantes, en menor o mayor medida en nosotros mismos?  Cualquier intento pasa antes que nada, siempre y en toda situación por el acierto de mostrarle al paciente una meta futura. Aquí la afirmación de Nietzsche: “Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo”. En ello está, o puede estar, la motivación que induce a todas las acciones psicoterapéuticas y psicohigiénicas con respecto a soportar y superar cualquier mal.

Lo mismo en el campo de concentración que entre nosotros, a proceder así. En caso contrario, sin sentido de su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad en vivirla, el ser humano está perdido, porque ya no se espera nada de la vida.

Así, pues, a tenerlo presente y a elegir el tener un “cómo” vivir al tener algo “por qué” vivir, lo que depende de cada quien. Los demás, como yo con este escrito, nos pueden ayudar.

Seguimos, Dios mediante, otro día.


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