Martes 17 de Setiembre, 2019

Del Parlamento y su integración: una reflexión más allá de lo mediático

22 de agosto, 2019

Sergio Araya

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A propósito de los últimos hechos cubiertos por medios de comunicación en relación a posturas, posiciones y comentarios vertidos por integrantes de la actual Asamblea Legislativa, se torna en un ejercicio oportuno hacer una reflexión alrededor de tan relevante cargo dentro del engranaje del sistema político democrático.

El Parlamento y la representación política han sido categorías muy relacionadas a través de la historia.

Abellán, en su artículo: “Notas sobre la evolución histórica del Parlamento y de la Representación Política” señala que: “las Asambleas parlamentarias ya tuvieron notables precedentes en la Europa medieval de los siglos XII y XIII. Por medio de aquellos Parlamentos se expresaba esencialmente la representación política y suponían, al menos, un campo históricamente abonado para el futuro desarrollo del parlamentarismo liberal” (Abellán, 1996); siendo el caso inglés el más relevante por su continuidad evolutiva.

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Al respecto agrega Abellán: “efectivamente, el Parlamento inglés se ha transformado gradual y profundamente, pero no ha interrumpido su continuidad, y ahí queda, por ejemplo, junto a la Cámara de los Comunes, la vieja Cámara de los Lores, como un vestigio «momificado», formalmente intacto, del parlamentarismo medieval. Sería en todo caso en Inglaterra en donde surgió el Parlamento, formado por nobles y cargos eclesiásticos, como consejo del monarca y para dictar justicia” (Abellán, 1996).

Desde sus orígenes, además de vincularse la figura del Parlamento con la institución de la representación política de los distintos estamentos sociales con capacidad de efectiva incidencia en el quehacer político de una sociedad dada, se ligó como resultante de aquella, con la idea del control del poder ejercido por la máxima autoridad política reconocida. En aquella época dicha condición encarnada en la institución de la Monarquía.

En definitiva, el Parlamento nace asociado a la representación y al control político. Empero nótese que, en su génesis, el componente democrático aún no se hace presente.

No obstante, con el advenimiento de las ideas liberales de carácter democrático promovidas al amparo del proceso de Independencia de los Estados Unidos de América y la Revolución Francesa, la figura de la representación política se conecta con aquellas, siendo el Parlamento el espacio natural de encuentro, condensación y concreción.

No obstante, huelga indicar que no se contempló como requisito sine qua non, de quienes integraren el órgano parlamentario respectivo, el cumplimiento de un perfil técnico determinado acorde a una formación académica y un basamento cultural específico; a lo sumo se aludía a condiciones de orden moral mínimas para evitar la defraudación del mandato recibido.

Hubo más bien interés, especialmente en la tradición estadounidense, en dar importancia a todos los elementos configuradores del sistema electoral: periodicidad de las elecciones, tamaño de las circunscripciones, número de representantes, buscando con ello minimizar la posibilidad de un alejamiento del Parlamento de los intereses de la sociedad representada.

“Se trataba, en definitiva, de garantizar que los intereses de los electores no se verían traicionados por el Parlamento como órgano esencial de la representación” (Abellán, 1996).

Siguiendo la tradición antes apuntada, Costa Rica adopta la figura de la división clásica de poderes públicos, siendo el Parlamento uno de ellos.

La actual Constitución Política señala, en su artículo 105, que: “La potestad de legislar reside en el pueblo, el cual la delega en la Asamblea Legislativa por medio del sufragio” (Tribunal Supremo de Elecciones, 2019).

A su vez el artículo 106 indica que: “Los Diputados tienen ese carácter por la Nación y serán elegidos por provincias. La Asamblea se compone de cincuenta y siete Diputados…” (Tribunal Supremo de Elecciones, 2019).

El artículo 108 establece los requisitos requeridos para asumir la condición de diputado. A saber: “Para ser Diputado se requiere:
1) Ser ciudadano en ejercicio;
2) Ser costarricense por nacimiento, o por naturalización con diez años de residir en el país después de haber obtenido la nacionalidad;
3) Haber cumplido veintiún años de edad” (Tribunal Supremo de Elecciones, 2019)

La tradición histórica de la representación política liberal del Parlamento, así como la relevancia al método eleccionario en detrimento de atributos y cualidades intelectuales de quienes resulten electos, quedan claramente expresados para el caso costarricense, en el articulado referido.

En ese contexto, es poco probable que puedan darse cambios sustantivos que afecten la naturaleza del Parlamento actual. Por ello, en el pasado y, previsiblemente en el futuro, se seguirán observando situaciones como las mediáticamente expuestas de manera reciente.

Dependerá de otras variables vinculadas al marco jurídico-institucional del sistema la opción de amortiguar los riesgos inherentes a la supremacía de la representación política democrática liberal, en detrimento de méritos intrínsecos a los titulares de dicha representación.

El ajuste del sistema de elección debe incluirse en la fórmula de amortiguamiento, como condición necesaria, mas no suficiente. Necesaria para darle una dimensión estructural al cambio; insuficiente en el tanto por sí mismo no posee la capacidad creadora de un Parlamento sustentado en la meritocracia. Amén de que esto último es un concepto amplio y con múltiples significados.

Aunado a la modificación en el sistema de elección, son necesarios ajustes en las dinámicas de otros actores directamente inmersos en el proceso de conformación de la Cámara. A saber: los partidos políticos, los medios de comunicación y la ciudadanía.

Los partidos políticos devienen en protagonistas centrales de la ecuación, especialmente en tanto sigan siendo los detentadores del monopolio para el acceso a los órganos de elección popular.

Corresponde a estos institutos una rigurosa escogencia de las y los aspirantes a representarles en las papeletas finalmente ofrecidas al electorado. Ello implica superar su actual fragilidad institucional y su completa inmersión en la praxis político-electoral, que los ha involucionado a la categoría de “maquinarias electorales”.

Si bien lo electoral reviste un ámbito de acción privilegiado y distintivo de las agrupaciones políticas, no puede verse reducido a este. Antes bien, las otras áreas de competencia deben coadyuvar a otorgarle a dicho ejercicio, su papel como sostenedor del sistema democrático en el que adquiere sentido y validez.

En ese contexto no es funcional la existencia de los llamados “partidos taxi” y de los “partidos franquicia”. En estos casos, lo electoral es abordado desde una perspectiva estrictamente pragmática y unilateral, donde el ganar poder político electoral deviene en un fin en sí mismo.

Los partidos que tienden a reproducir ese modelo de gestión y a centrarse en lo electoral son presa potencial de poderes fácticos, legítimos y no legítimos, que les vehiculizan para llegar a los cargos de poder político, a cambio de darles el peso simbólico requerido para acceder a beneficios y prerrogativas existentes en el sistema, como el financiamiento estatal de sus actividades.

Los medios de comunicación, en tanto visibilizan el poder y dan proyección a quienes necesitan reconocimiento público, comportan un compromiso ético de cumplir tales acciones con la mayor profundidad y rigor a su alcance.

Especial rol está llamado a cumplir el denominado periodismo investigativo, indispensable tanto para poner en evidencia asociaciones y ligámenes generadores de posibles conflictos de interés, como para ofrecer a la ciudadanía la mayor y más precisa información de quienes aspiran a ejercer en su nombre las funciones legislativas por un periodo, así como para obligar a los partidos políticos a ser más exigentes y finos en la selección y escogencia de sus candidaturas, so pena de verse expuestos por su limitados o del todo carentes, mecanismos de filtro y depuración.

La ciudadanía juega un rol central en el proceso de depuración del Parlamento.

La forma en que sea aprehendido socialmente el derecho al sufragio, lo convierte en el recurso de poder capaz de potenciar ese proceso o en su defecto si se aborda como un ritual vacío de significado, deviene en un perpetuador del estado de cosas cuestionadas.

Votar es más que apersonarse el día de la elección y hacerlo de manera válida. Votar implica preparar la decisión con antelación, procurando obtener información necesaria para darle sustento cognitivo. Esto implica la posibilidad de contrastar el destino del voto a emitir, con argumentos que trasciendan y complementen lo emocional.

Empero, si estas variables no se activan, esperar que la dinámica del Parlamento en sí misma garantice una composición de la cámara, impregnada de un modelo específico de excelencia intelectual, es inviable. Su naturaleza misma no lleva intrínseca tal responsabilidad. La historia de la evolución de la institución de Parlamento a escala planetaria así lo confirma.

En este ámbito nuevamente adquiere valor y actualidad la frase planteada por el Presidente Kennedy en su toma de posesión en enero de 1961: “No te preguntes lo que tu país puede hacer por ti. Pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”.

*Politólogo


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