Martes 24 de Setiembre, 2019

Cuando la representación política se torna representación corporativa

29 de agosto, 2019

Sergio Araya Alvarado

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El sistema de representación política en el que se sustenta la democracia liberal contemporánea encuentra en la figura del partido político el referente orgánico a través del cual se condensan los intereses de la colectividad y los medios políticos para su conversión en política pública.

Para ello, la doctrina propia de cada partido político ofrece la fragua requerida para producir una plataforma coherente a lo interno y diferenciadora hacia afuera de cada instituto partidista. Es la garantía de cohesión y equilibrio ofrecida a quienes lo conforman y es la versión de identidad y previsibilidad político-programática, al resto de la sociedad.

De ello deviene la posibilidad de que, al interior de cada partido puedan encontrar espacios efectivos de representación, sectores diversos de la sociedad, algunos ubicados en posiciones opuestas alrededor de temas específicos.

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En estos casos, la doctrina o ideología política, para algunos propia del respectivo partido, permite amalgamar y articular en torno a un eje vertebrador común delineado desde aquella, intereses y agendas sectoriales plurales y circunstancialmente contradictorias entre sí.

A lo largo de la historia de los partidos políticos, aquellos con amplia base popular, indistintamente de su ubicación en la línea ideológica histórica existente en su respectivo sistema político, han sido los más certeros en construir plataformas lo suficientemente representativas para alcanzar un alto peso político, traducido en control de sus Ejecutivos o en el número de curules de sus parlamentos y a la vez, poder traducirlas en bases de sostenibles políticas públicas de impacto estructural, capaces de sentar los fundamentos de pactos sociales profundos y de largo aliento.

En ocasiones se ha interpretado que el potencial de la representación política aspirada implicaba un relacionamiento con los sectores sociales en términos de dominio y control de los partidos hacia estos últimos, usualmente conocido como proceso de cooptación o “toma del poder social”, convertido en la práctica, no en pocas ocasiones, en una instrumentalización de los sectores a favor de los intereses de poder de quienes detentaban la conducción de las agrupaciones políticas.

Esas desviaciones de la legítima representación política de intereses sectoriales se tornan en un aprovechamiento manipulado de demandas sociales para la conquista del poder convertido en un fin en sí mismo.

En los escenarios señalados, aún en aquellos de signo negativo, hubo un elemento común: la existencia de un real sistema de partidos, con actores institucionalmente definidos y funcionales.

Empero, con el devenir de los años, ligado al proceso de cuestionamiento de la figura de la representación política, los partidos políticos vienen sufriendo embates que, salvo contadas excepciones, los debilitaron, trastocándolos en meras máquinas electorales “atrápalo todo”, lo cual propició el surgimiento de los llamados “partidos taxi” y “partidos franquicia”.

Tal y como ocurre cuando una persona aborda un taxi y una vez llegado a su destino, sale de él y cada quien, taxi y pasajero, continúan su propio camino, los partidos taxi devienen en meros vehículos a través de los cuales liderazgos individuales los utilizan para llegar a su meta, a partir de la cual se separan y siguen rutas totalmente distintas.

No existe en estos casos ligamen, identidad o compromiso con un ideario doctrinario; tan solo prevalece la conjunción de dos intereses propios y diferentes. De parte del partido, la posibilidad de ganar presencia en el escenario concreto de una elección dada, con los consiguientes beneficios aparejados, como acceso a recursos públicos y exposición mediática y de parte del liderazgo, la posibilidad de acceder al puesto de poder pretendido.

Los partidos franquicia funcionan de manera similar a sus pares comerciales. Un liderazgo individual establece un acuerdo con las autoridades superiores del partido, mediante el cual estos últimos acceden a prestar el nombre y la marca de su agrupación al primero, quien posee libertad plena, solamente limitada por aspectos formales básicos, para utilizarla en una contienda electoral específica.

En esta nueva ecuación se invierten los factores. El partido pasa a ser un objeto poroso a los intereses y agenda de quienes le “usan” para conquistar el respaldo político electoral. Los liderazgos individuales, a su vez, pueden ser de distinto origen y naturaleza.

Unos reflejan agendas personalísimas y huérfanas de bandería partidista, sea desde su génesis misma; sea como consecuencia de un conflicto rupturista con un partido del que formó parte.

Otros pueden representar a sectores específicos y poderes fácticos que, aprendidos de la dinámica reproducida por los partidos, especialmente su capacidad de instrumentalización de intereses externos, han entendido como una praxis normal y estratégica, la “toma de los ámbitos de poder formal, entre ellos, los de carácter partidista”.

Estos últimos tienden a migrar la representación de su dimensión política, a una perspectiva corporativista, donde el interés general se subordina a intereses de sectores específicos, siendo el factor catalizador sustituto de la doctrina política, el poder real de aquellos.

La cohesión plural ligada a los partidos con identidad político-ideológica se reemplaza por la coexistencia de grupos de poder en competencia abierta por posicionar de manera hegemónica sus agendas, sirviéndose para ello de los partidos.

Los otrora líderes-dirigentes se convierten en operadores políticos a su servicio particular.

Es por lo tanto usual que en determinados temas que afecten intereses de sectores, actores de distinta procedencia partidista, construyan frentes comunes. En esos casos dichos dirigentes tienen más coincidencia de fines entre sí, en función de aquellas agendas externas a sus propios partidos, que las que compartidas con sus correligionarios.

El desafío para la ciudadanía se complejiza aún más.

La toma del poder político por sectores sociales posee efectos transversales, trascendiendo fronteras partidistas.

En tal contexto, no basta con hurgar en las propuestas institucionales de los partidos políticos en competencia; idealmente deben mapearse las relaciones y vínculos sostenidos de forma personal por cada actor individual con pretensión de poder.
Ejercicio difícil dado el carácter opaco de muchas de esas asociaciones.

Existe en definitiva un reto para la democracia que va más allá de la reiteración periódica de elecciones mediante las cuales se renuevan las autoridades políticas públicas; se trata de recuperar el carácter político de la representación dejando atrás su nuevo ropaje corporativo.

*Politólogo


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