Jueves 19 de Setiembre, 2019

Los guardias del campamento

Reflexiones

11 de setiembre, 2019

Juan Luis Mendoza

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A estas alturas de esta serie de escritos, uno puede preguntarse sobre el modo de ser general de los guardias de un campo de concentración, cómo era posible que maltrataran tan brutalmente a los presos, algo que Viktor E. Frankl padeció personalmente y de lo que puede hablar con conocimiento propio, más en su condición de psiquiatra. Él mismo nos responde puntualizando algunas cosas. Helas a continuación.

Primero, la presencia entre los guardias de “algunos sádicos, sádicos en el sentido clínico más estricto”. En segundo lugar, se elegía entre esos sádicos a los que eran más severos para determinados grupos, los reconocidos como “capos”, brutales y egoístas.

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A propósito, nota nuestro protagonista que “cuando a los SS les molestaba determinada persona, siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y altamente especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al desdichado prisionero”.

En tercer lugar, se comprende que los sentimientos de la mayor parte de los guardias estuvieran afectados por ser testigos durante años de los maltratos en el campo y, si no llegaban a sádicos, sí permitían que otros lo fueran.

Sí, hay que afirmar que entre los guardias había quienes sentían lástima de los prisioneros, incluso hasta había quienes se encargaban de facilitarles medicinas, ropas y otros insumos, esto con el mayor desinterés político o de otra índole; simplemente por ser seres humanos.

“La bondad humana”, observa Frankl, “se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en términos generales, merecen que se les condene. Los límites entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres eran unos ángeles y otros unos demonios”.

Y añade: “Lo cierto es que, tratándose de un capataz, el hecho de ser amable con los prisioneros y a pesar de todas las perniciosas influencias del campo es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que maltrata a sus propios compañeros merece condenación y desprecio en grado sumo”.

Por lo mismo, a los prisioneros les repugnaba el comportamiento de los guardias que los maltrataban “mientras que se sentían profundamente conmovidos por la más mínima muestra de bondad recibida de algunos de los guardias”, advierte nuestro protagonista.

Y trae una delicada, y hasta tierna, anécdota: “Recuerdo que un día un capataz me dio en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su propia ración del desayuno. Pero me dio “algo” más, un “algo” humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la mirada con que aquel hombre acompañó el regalo”.

Tony de Mello afirma que “si los buenos fueran blancos y los malos, negros, la pequeña María Luisa sería a rayas”. Es decir, una mezcla de bondad y maldad. No obstante, Viktor E. Frankl asegura, por su parte, que “hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la raza de los hombres decentes y la raza de los indecentes”. Aunque añade que “ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin más ni más. En ese sentido, ningún grupo es de pura raza…”. Y que “esas cualidades humanas eran en su naturaleza más íntima, una mezcla del bien y del mal”.

Al final, se pregunta: “¿Qué es, en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero así mismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración”. En definitiva, y vueltos sobre nosotros mismos, lo importante es decidir, a cada paso y en todas partes, ser buenos y no malos, haciendo el bien y no el mal. Sigo otro día, Dios mediante.


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