Martes 22 de Octubre, 2019

Un prisionero liberado

Reflexiones

19 de setiembre, 2019

Juan Luis Mendoza

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Unos más y otros menos, los prisioneros pasaron su tiempo en los campos de concentración. Cabe ahora preguntarse qué puede sentir un prisionero al ser liberado, lo que ha de ser, por fuerza, algo del todo personal, y habrá que retrotraerse a “la mañana”, recuerda Viktor E. Frankl, “en que, tras varios días de gran tensión, se izó la bandera blanca a la entrada del campo. Al estado de ansiedad interior siguió una relajación total. Pero se equivocaría quien pensase que nos volvimos locos de alegría. ¿Qué sucedió, entonces?”. Voy a responder, lógico, siguiendo al mismo Frankl y de modo resumido. En el camino a la entrada del campo, distensión y paz, sin guardias, sintiendo ser libres, aunque sin creerlo aún del todo. Por lo mismo, la vista sobre los prados florecidos de algunos animales domésticos no despertaba el esperado entusiasmo y gozo.

Nuestro protagonista detalla: “Por la tarde y cuando otra vez nos encontramos en nuestro barracón, un hombre le dijo en secreto a otro: “¿Dime, estuviste hoy contento?”. Y el otro le contestó un tanto avergonzado, pues no sabía que los demás sentíamos de igual modo: “Para serte franco, no”. Literalmente hablando, habíamos perdido la capacidad de alegrarnos y teníamos que volverla a aprender, lentamente”.

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Todo ello efecto de expectaciones fallidas, de sueños no realizados, de una libertad perdida y no del todo alcanzada realmente. Frankl concluye: “Desde el punto de vista psicológico, lo que les sucedía a los prisioneros liberados podría denominarse: “despersonalización”. A propósito, hay que destacar el hecho de que el encuentro con vecinos del campo, granjeros, por ejemplo, movía a los prisioneros liberados, partícipes de comida y bebida, a comer y beber sin medida y a charlar horas enteras. Explica nuestro autor: “La presión que durante años había oprimido su mente desaparecía al fin”.  Y “oyéndole hablar (al ya libre) se tenía la impresión de que tenía que hablar, de que su deseo de hablar era irresistible”.

Una experiencia personal de Frankl. Cuenta que después de la liberación, yendo hacia uno de los pueblos próximos, al contemplar las flores y las alondras volando alegres en el espacio azul “me detuve, miré en derredor, después al cielo y finalmente caí de rodillas. En aquel momento yo sabía muy poco de mí o del mundo, solo tenía en la cabeza una frase, siempre la misma: ‘Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y él me contestó desde el espacio en libertad’”. Añade que no sabe cuánto tiempo permaneció repitiendo lo mismo. Y concluye: “Pero yo sé que aquel día, en aquel momento, mi vida empezó otra vez. Fui avanzando, paso a paso, hasta volverme de nuevo un ser humano”.

Otros, no psiquiatras y tan exigentes, reaccionaban en sentido contrario con desahogos intempestivos: libertinaje, brutalidad, venganzas, amarguras, desilusiones, incomprensiones, incapacidad para superarse y cambiar. Y nuestro protagonista estrella estuvo ahí hasta el final para ayudar en estas y en otras necesidades a los prisioneros que, aunque físicamente liberados, en lo mental y emocional aún les quedaba mucho por hacer.

Cierro el escrito con estas palabras del mismo Frankl: “La experiencia final para el hombre que vuelve a su hogar es la maravillosa sensación de que, después de todo lo que ha sufrido, ya no hay nada a lo que tenga que temer, excepto a su Dios”.
A partir del próximo escrito, conceptos básicos de Logoterapia, Dios mediante.


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Amelia delport (19/09/2019)

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