Lunes 18 de Noviembre, 2019

Participar en una campaña electoral es algo serio

03 de octubre, 2019

Sergio Araya Alvarado

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El día 2 de octubre se dio el banderazo de salida oficial de la campaña electoral municipal que convocará a más de tres millones de costarricenses a las urnas el día 2 de febrero de 2020, para elegir a 6.138 cargos locales, entre alcaldías, vicealcaldías, intendencias, viceintendencias, regidurías, sindicaturas y concejalías de distrito y municipales de distrito, propietarias y suplentes.

Más de un centenar de partidos políticos inscritos a escala nacional, provincial y cantonal tienen hasta el día 18 de octubre para presentar sus candidaturas a los cargos antes referidos, permitiendo de esta forma determinar con precisión cuántos partidos efectivamente competirán en dichos comicios, así como cuantas coaliciones formales y alianzas ad hoc formarán parte de ese menú variopinto de ofertas electorales.

Más allá de sus diferencias ideológico-programáticas, institucionales o de trayectoria y trascendencia en la vida política costarricense, todas las agrupaciones políticas y los aspirantes que, en su nombre, recorrerán los 82 cantones de la geografía del país, tendrán en común sus objetivos políticos, así como el menú de herramientas político-estratégicas para tratar de cristalizar los primeros.

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Variarán sus contenidos específicos en función de sus prioridades, recursos y públicos-meta privilegiados, pero, en el fondo, todas las opciones competidoras diseñan y gestionan un plan estratégico de campaña a partir de herramientas similares, partiendo de un marco jurídico-institucional proveedor de las reglas del juego formales, delineadoras de las características y límites del proceso electoral en el que intervendrán durante cuatro meses.

El plazo temporal es, en sí mismo, el primero de los aspectos globales de acatamiento obligatorio que enmarca el accionar de los partidos políticos de cara a su conexión con la ciudadanía potencialmente electora.

Complementado el tiempo de campaña, las reglas establecidas en el ordenamiento jurídico y la jurisprudencia emitida por el Tribunal Supremo de Elecciones, en tanto ente organizador, regulador y controlador del proceso, devienen en ese marco general del cual no pueden salirse quienes aspiren a movilizar la voluntad electoral el primer domingo de febrero del próximo año.

A partir de ese marco formal, aunado a las prácticas no escritas pero recurrentes en los procesos político-electorales costarricenses, son perfiladas y establecidas las herramientas político-estratégicas determinadoras de las acciones específicas de cada partido y de sus respectivos candidatos y candidatas, configuradas en sus respectivos planes de campaña.

Ese plan en todos los casos debe responder al menos a tres interrogantes centrales. A saber:

¿De dónde se parte?

¿Qué se quiere lograr?

¿Cómo se puede alcanzar lo aspirado?

Las respuestas específicas variarán en función de las características propias de cada partido.

Asimismo, cada respuesta emitida con criterios de veracidad, autocrítica y absoluta conexión con la realidad, será clave al momento de construir una estrategia efectiva y sostenible. En estos escenarios, “el autobombo” puede devenir en una práctica contraproducente, toda vez que perfila un escenario engañoso a través del cual se trazan objetivos falaces y se seleccionan medios equivocados para su consecución.

Las respuestas a las preguntas anteriores son fundamento de una estrategia, definida como “estructuración de las principales metas y políticas de una organización, en una secuencia coherente de acciones a realizar para concretar lo planificado”.

A través de la estrategia se define el curso de acción para el abordaje del proyecto en concreto, partiendo con la precisión de los objetivos perseguidos.

Tal y como ocurre en todo tipo de competencia, no todos los que en ella participan poseen las condiciones de entrada para procurar ganarla. Si bien a nivel discursivo, especialmente hacia el exterior, se plantea el gane como el objetivo principal, en la intimidad de la organización subyacente a cada competidor se tienen identificados sus objetivos reales y potencialmente alcanzables.

Algunos partidos buscarán mejorar sus rendimientos electorales comparados con los obtenidos cuatro años atrás e, incluso, en la última elección acaecida en 2018. Otros buscarán incrementar su presencia en los puestos de elección popular disputados. Los menos, aspirarán a obtener mayorías en las instancias de representación colegiada a ser electas. Muchos se concentrarán en poner en funcionamiento sus maquinarias electorales, de cara a próximos comicios en los que proyecten intervenir.

Por eso el punto de inicio es crítico y fundamental para visualizar la eficacia en la gestión del proceso emprendido. Se cumple aquí el adagio “lo que bien comienza, bien acaba”.

A partir de la definición clara de hacia donde se quiere ir, se puede inventariar el contexto en el que se deberá actuar; los genuinos actores competidores y las opciones propias a disposición. La realización de este ejercicio con crudeza y honestidad puede incluso provocar una redefinición de objetivos.

La definición de metas tampoco es fruto del azar. Debe responder a una lectura adecuada de la realidad en la que se enmarca la participación político-electoral de cada partido.

El plan debe contemplar con rigor los ámbitos en los que debe actuarse de manera simultánea.

En campañas electorales costarricenses: el contacto con el entorno, lo programático, lo organizacional y lo comunicacional devienen en los espacios mínimos a ser abordados de esa forma.

No deben advertirse como espacios totalmente aparte. Si bien poseen especificidades propias, su gestión debe ser transversal, considerándose con valor y peso similar.

Conocer las características integrales del cantón, ocupando lugares destacados la naturaleza, propósitos, competencias y funciones de los puestos de elección buscados y de la institución de la que forman parte activa y el universo electoral del cantón, así como proyectar una votación probable a alcanzar, contribuye a perfilar los énfasis de la oferta programática construida, en lo programático; a construir el mensaje apropiado e identificar los medios idóneos para su divulgación en lo comunicacional, así como a precisar lo mejor posible el tipo y alcance de la maquinaria electoral requerida para la movilización de ese apoyo electoral, en la dimensión organizativa.

Desde luego el elemento financiero juega un rol determinante y es en parte gran elector al momento de seleccionar la ruta de navegación respectiva.

Participar en un proceso electoral es más que la buena voluntad, disposición e intuición sustentada en experiencias previas. Requiere tecnificarse y especializarse. Ello empero sin detrimento de reconocer la valía de elementos propios de la interacción interpersonal, como son: la asertividad, la empatía, la creatividad y la lúdica.

Y todo ello matizado por un elemento de mayor envergadura: cada acto, decisión y proceder de los actores en un proceso electoral desarrollado en el marco de un sistema democrático, afianza o decrece su credibilidad en la ciudadanía. Son, por así decirlo, embajadores de la democracia.

En síntesis: participar en una campaña electoral es algo serio.



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