Jueves 20 de Febrero, 2020

Pareja, hijos y divorcio… la epidemia del desamor…

Mauro Fernández / sexólogo28 de noviembre, 2019 | 06:09 AM

La cifra de divorcios en Costa Rica ha alcanzado niveles récord, y probablemente, año a año, veremos cómo se rompen esas marcas. El fenómeno de la separación de las parejas es más grande que lo que revelan las estadísticas, porque no toman en cuenta la enorme cantidad de parejas que se separan, pero que durante años no formalizan el divorcio.

Ante este panorama, hay que recordar que la mayoría de las parejas se separan después de años de enardecidas discusiones, de enfrentamientos y disputas que se toleran en el nombre del amor que se profesan. Curiosamente, los estudios indican que muchas veces los temas en disputa no son tan importantes, pero la forma en que se enfrentan estas desavenencias suele ser devastadora. Es decir, peleamos por cualquier cosa y lo hacemos de manera hiriente e insultante.

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Esta mala costumbre con el tiempo construye escenarios bélicos aptos para discutir por trivialidades y de manera artera. Sin saberlo y sin quererlo, las parejas aprenden el arte de dañarse mutuamente, dónde, cuándo y cómo darle por donde más le duele al otro. Después de cada disputa, de cada discusión, de cada pelea, los destrozos emocionales son enormes, el recuento de los daños, desmedido.

Por otra parte, el tiempo que dura la pareja para superar las discusiones se va prologando. Al inicio, basta una lágrima y una sonrisa para dar por terminado el desacuerdo; posteriormente, las discusiones se alargan y llega el momento en que comprometen la noche. Esto es de capital importancia, porque aquellas discusiones que provoquen que las parejas se acuesten enemistadas, que duerman espalda con espalda, que pasen la noche con el disgusto y el sinsabor; son más destructivas y muchas veces comprenden el camino de la separación.

En las primeras discusiones que enfrentan las parejas, el sexo puede ser una buena forma de superar la confrontación. Pero al cabo del tiempo, el sexo se convierte más bien en parte fundamental del arsenal bélico, en un arma estratégica. Cada discusión propicia un distanciamiento sexual, que se prolonga hasta que suceda la reconciliación, situación que va minando el potencial sexual de la pareja.

Ante ese panorama, el temor se apodera de ambos miembros de la pareja. Ya se tienen cuidado. No quieren comprarse una discusión porque saben que les costará toneles de dolor y amargura. Los temas urgentes y prioritarios suelen posponerse con el fin de disfrutar de un segmento de paz y de calma, una tensa calma, pero calma al fin.

El hogar se convierte en la antítesis de lo que debería ser. No se habla de nada importante, cada miembro de la pareja prefiere callar para no buscarse problemas. Cualquier broma, cualquier gesto, puede ser malinterpretado y provocar una lluvia tormentosa de reclamos que van y vienen.

De manera errada, y con el deseo de rescatar toda aquella armonía perdida, cada miembro de la pareja busca ayuda de la forma equivocada: en familiares y amigos cercanos. Estos, con frecuencia, en vez de propiciar un reencuentro, suelen involucrarse en el conflicto y asumir bandos, complicando la situación. Así, ahora la abuela, la suegra, los tíos, los amigos y los vecinos son parte activa del conflicto, y una situación que es estrictamente de pareja se convierte en tema familiar, social y muchas veces las discusiones acaloradas simulan un plebiscito vecinal.

El vínculo se va deteriorando. Ya no hay forma de arreglar las cosas que están mal, porque no se pueden hablar. La comunicación se ha roto, los períodos de silencio y de respuestas cortas, tajantes e irónicas monopolizan las conversaciones. Los gritos, la violencia verbal, el choteo, el irrespeto y hasta la violencia física encuentran suelo fértil, mientras la pareja pierde hasta la esperanza y observa como una promesa de amor se desvanece y como su relación de pareja nutre las estadísticas sobre el divorcio.

Cuando hay hijos, todo este proceso hiere en el centro del corazón a los niños, porque con frecuencia las discusiones exceden la privacidad marital y, desgraciadamente, muchos padres los involucran y los ponen como testigos de sus discusiones y alegatos. La mente del niño se hace pedazos, porque en cada fiesta, en cada celebración, en cada cumpleaños, en cada Navidad y en cada paseo, ronda el fantasma del conflicto. La ilusión que encierra esas festividades es ensombrecida por ese temor y la fantasía suele ser amargada con una discusión más.

La vida del infante es tormentosa. Él observa como las cenas, los desayunos y el convivio cotidiano están satinados con esa hostilidad creciente. Con dolor, se percata de que su papá va por un lado y su mamá por el otro, que ya no son aquellos que se profesaban cariño y que eran dignos de respeto. El infante con frecuencia pide inútilmente que no peleen y les implora que se lleven bien.

Curiosamente, muchos padres no se separan en el nombre de los hijos, porque son conscientes de que una separación puede dañar de manera importante al niño. Pero a esos mismos padres no les alcanza ni esa conciencia ni ese amor por sus hijos para procurar una vida buena, llena de risas y jocosidades, de armonía y festividad. Convierten el hogar en un infierno y condenan a sus hijos a vivir la infancia de manera infernal.

Eso explica tantas cosas que vemos hoy en día: adolescentes que deambulan en las calles; que hacen de los bares, de las discotecas, de los conciertos, su refugio; que esquivan a sus padres y que en la casa se encierran en el cuarto, para no presenciar el doloroso espectáculo de seres amados que se agreden sin cesar.

Son menos violentos los ritmos de Iron Maiden que mis padres, es más tranquila la Calle de la Amargura que mi hogar, es menos doloroso un piercing en la lengua que una comida con mi tata y mi mama. Esa es la realidad que se esconde detrás de tantos jóvenes que andan perdidos entre drogas, tabaco, licor, sexo desenfrenado y vagancia.



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Comentarios

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horóscopo diario Capricornio
(09/12/2019)

Yo creo que los divorcios se han incrementado gracias a la falta de tiempo familiar ya no hay convicencia tiempo para darles atencion a los hijos es una pena que pase esto