Jueves 05 de Diciembre, 2019

América Latina en 2019: un continente de incertidumbre

28 de noviembre, 2019

Sergio Araya Alvarado / politólogo

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América Latina es escenario de crispación social, caracterizada por una tendencia a la vertiginosa escalada de los niveles de confrontación, donde el uso de métodos violentos de protesta se han tornado práctica común, con el consiguiente impacto negativo en la dinámica cotidiana de sus sociedades. Reflejo del agotamiento de un pacto social articulador de un modelo de sociedad, vive la Región sus momentos más críticos y desafiantes del presente decenio.

Indistintamente del signo ideológico de la élite gobernante, lo cierto es que el clima convulso y las agendas de reivindicación de los sectores más beligerantes de los conflictos, poseen un común denominador. A saber: prima una corriente generalizada de pesimismo, indignación y desconfianza, especialmente interiorizada y expresada en las llamadas “clases medias” de las respectivas estructuras sociales existentes.

Pesimismo en el devenir inmediato y en el horizonte medio; indignación ante lo que se considera son demandas no respondidas desde el sistema político democrático, contrapuesta con la percepción dominante, de la prevalencia de beneficios transferidos a grupos pequeños en magnitud, pero amplios en capacidad de incidencia política y social, que, de manera combinada, aprehenden como la principal causa de un desbalance en el acceso a oportunidades, responsable del modelo de desigualdad imperante.

Desconfianza en los conductores políticos, más allá de su ideario doctrinario, perfil socioeconómico y  longevidad de su trayectoria pública, causante de un fenómeno de sostenida desconexión que torna en ritual vacío, la canalización institucional del conflicto social, haciéndole grietas a uno de los pilares del sistema, como lo es la “representación política”. Pero también desconfianza entre sectores y al interior de cada uno de ellos, responsable de procesos de fragmentación del tejido social y supremacía de la lucha de intereses dispersos carentes de articulación alrededor de una noción renovada y actualizada de bien común.

Atravesando este complejo panorama, la emergencia de las llamadas “identidades múltiples” torna aún más sinuosa la búsqueda de respuestas sistémicas, consensuadas, inclusivas y sostenibles.

La presencia de diversas plataformas de comunicación e interacción social de orden virtual, capaces de re-crear la sensación de cercanía y agilidad de reacción en la toma de decisiones, producen un efecto no deseado de aparente igualdad absoluta, donde la priorización de intereses y agendas temáticas se advierte perversa, mezclado con una postura más crítica del accionar de la institucionalidad política vigente, a la cual no se le tolera su ritmo de gestión y el alcance material de sus respuestas.

Empero se oculta a la vez que, la proximidad digital es inversamente proporcional al alejamiento social concreto y la velocidad intrínseca a las autopistas de información propias de las redes es directamente corresponsable de la vaguedad y superficialidad de lo que en ellas circula.

En definitiva: se construye de forma inconsciente una dinámica caracterizada por la despersonalización de las relaciones sociales, las cuales son sustituidas por interacciones digitales poseedoras de sus propias lógicas de vinculación, alejadas en mucho del aún existente marco axiológico e institucional sobre las cuales descansaron las lógicas sostenedoras de las sociedades pre-virtuales, deviniendo en un vacío por resolver, los valores productores de identidad cultural y configuración del orden político derivado de aquellos, requeridos en la actualidad.

Sociedades desiguales, modelos políticos colapsados y desfasados, se integran a un contexto que sigue arrastrando viejas deudas de orden estructural, muchas originadas desde antes del nacimiento de la región a la vida republicana: pobreza y exclusión de inmensos sectores de los beneficios aparejados a los distintos modelos de organización económica adoptados; rígida separación social en castas y linajes; preeminencia de formas autoritarias del ejercicio de poder político, entre ellas algunas expresiones extremas de carácter idólatra y de naturaleza castrense; concepto de nación impregnado de simbolismos impuestos, en muchas ocasiones impregnados a la fuerza, como resultado de agresivos procesos de socialización, carentes de una auténtica y profunda interiorización, que les diere solidez y permanencia en el tiempo.

Déficits estructurales mezclados con desafíos de más reciente data, producen “ornitorrincos” poco comprendidos, ante los cuales la eficacia de las respuestas y mecanismos existentes, se torna exigua, generando una suerte de parálisis sancionada con mayor severidad, a la luz de un prisma sustentado en la lógica de movimiento propio de la era digital presente.

Tiempos de cambio que expresan cambio de tiempo para los cuales no se dispone de medios para su abordaje, ni se avizoran horizontes de llegada.

Ciertamente en la conclusión de la segunda década del primer siglo del segundo milenio después de Cristo, al menos en América Latina, lo cierto es la incertidumbre reinante.

* Politólogo





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