Domingo 29 de Marzo, 2020

Una paradoja con sabor a bienestar

20 de enero, 2020

Delia E. Villalobos Álvarez M.S.c.

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El envejecimiento encierra tantas enseñanzas y tantas sorpresas que muchas aún nos acompañan en el camino sin tener la explicación que buscamos, una de las que más llama la atención es la que los especialistas describen como “paradoja de la vejez” y que otros dibujan como “paradoja de la felicidad”. Pero lo cierto del caso es que, paradoja o no, encierra muchas verdades que vale la pena reflexionar, entender y, lo más importante, disfrutar.

Para acercarnos a la definición de lo que es una paradoja recurrimos a Ferrater que en su Diccionario de filosofía explica que una paradoja “deriva de la palabra paradoxa, de para, doxa y contra, opinión. Atendiendo a la raíz etimológica paradoja significa lo contrario a la opinión común…La paradoja maravilla, porque ofrece una visión asombrosa de las cosas, y sin embargo, estas pueden ser tal como la paradoja las describe. El elemento central de la paradoja es la contradicción aparente”.

En el caso que nos ocupa la “paradoja de la vejez”, ocurre ante dos componentes que conocemos muy bien, el conceptualizado por Platón de “vejez como sinónimo de pérdida, enfermedad y deterioro”, el que esta generalizado en la sociedad, sustentado en los estereotipos, el edadismo o como se quiera llamar y que se ha encargado por generaciones, de concebir el envejecimiento como lo opuesto a la salud, la energía, la belleza, la pérdida de potencialidades físicas y mentales, de amigos y parientes, de roles desempeñados, de la jubilación, de la soledad, el aislamiento, y tanto que genera miedo y representa lo que sustenta los prejuicios e ideas inexactas que se repiten y se refuerzan de múltiples maneras.

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En el otro componente es el anotado por Aristóteles concebido como “una etapa de oportunidad, de sabiduría y conocimiento”, la visión optimista del envejecimiento, y de la persona adulta mayor, que se han compartida por muchos especialistas y modelos han venido construyendo y promoviendo para compartir visiones más actualizadas, cercanas a las personas adultas mayores de este siglo y que, lo relacionan con envejecimiento activo, saludable, exitoso como lo menciona Fernández Ballesteros.

Pero que no solo se queda en el componente optimista, va más allá porque se constituye en lo contrario, lo que complementa la otra parte de la paradoja al generar en las personas adultas mayores disfrute, bienestar, calidad de vida y mucho más que evidencian las investigaciones.

Rodríguez Ballestero describe que las personas adultas mayores experimentan emociones de manera similar a los jóvenes, reconoce que a partir de los 60 años las emociones no saludables se manifiestan con menos frecuencia, varios autores coinciden en que el afecto en las personas adultas mayores “presenta complejidad y riqueza emocional. Es decir, que en la vejez se incrementa el manejo adecuado de los afectos y que, por tanto, existe una mayor “madurez” afectiva…“a esas edades, existe más expresión de “felicidad”, “gratitud”, “contento” que de “frustración”, “tristeza” o “rabia”.

Interesante resulta el estudio de la Universidad de San Diego, California, cuando relacionan que esa mejora en la salud emocional en los mayores “puede interpretarse como la “sabiduría” que se adquiere a como vamos viendo los años.

Jeste, que es parte de este equipo conceptualiza la sabiduría como un conjunto de características de personalidad entre las que menciona la empatía, compasión, autoconocimiento, apertura a nuevas ideas, decisión, regulación de emociones y equilibrio entre el altruismo y el bienestar propio.

Los investigadores son claros al describir que la paradoja del bienestar, la felicidad o de la vejez, como quiera denominarse, cuenta con evidencia científica, envejecer y ser persona adulta mayor tiene componentes positivos y componentes negativos, lo determinante es la construcción y el aprendizaje que nos dejamos aún de lo difícil, lo doloroso, lo que daña, y así como anotan los que saben aprender y crecer.

Las personas adultas mayores que logran desarrollar sabiduría son ilustradas precisamente porque se ajustan a los cambios que hemos repetido que son muchos, pero no se quedan ahí, amplían el panorama, valoran e incorporan a su repertorio oportunidades y opciones que en otros tiempos ni se vieron ni se entendieron, valoran, descubren, aprenden, crean, construyen y se controlan más para gestionar emociones saludables e incorporar bienestar, felicidad y disfrute a cada día.

Son muchas las fortalezas y potencialidades que caminan con las personas adultas mayores y de las que muy poco se hablaba hasta que destacados psicólogos empezaron a escribir y a estudiar la perseverancia, la prudencia, la inteligencia social, la gratitud, la esperanza, el perdón, la espiritualidad y mucho más.

Como señala Fernández y Pastor “…Si me falla la salud, puedo intentar compensarla con una ACTITUD MENTAL alegre o con unas RELACIONES SOCIALES complacientes. Si me encuentro algo triste o preocupado, puedo intentar HACER EJERCICIO y pasar buenos ratos con los amigos o la familia... Si me encuentro solo, porque mis amigos se han ido reduciéndose o la familia no se encuentra cerca, BUSCARÉ lugares de encuentro con otras personas en mi situación y trataré de buscar el placer de realizar actividades individuales (leer, escuchar música, pasear, pintar o coser). Por lo tanto, siempre podemos hacer algo para conseguir nuestro propio bienestar, quedarnos con el lado bueno de la vida y exprimirlo al máximo”.

Dentro de esta corriente, el capital psíquico constituye un constructo que se define como el conjunto de potencialidades, capacidades cognitivas, emocionales, vinculares, habilidades cívicas y sistema de valores que permiten generar fortalezas personales, así como aprender a protegerse y sobrevivir. (Casullo, 2006)

Podemos concluir así que un sujeto a lo largo de su vida va construyendo más o menos exitosamente reservas, emocionales, cognitivas, sociales y morales para épocas de escasez o necesidad.

Particularmente en la vejez pueden ponerse a prueba esas reservas por tratarse de un momento crítico intra e intersubjetivo. Estudios actuales sobre la felicidad (Lacey, 2006; Wood, Kisley & Burrows, 2007), han demostrado que los adultos mayores tienen niveles comparables o superiores a los adultos jóvenes o de la mediana edad. Para Carstensen y Charles (1998) la paradoja de la vejez parece radicar en que, a pesar de que existe cierto declive físico y cognitivo, se incrementa el bienestar psicológico.

Los hallazgos de las últimas décadas presentan una perspectiva positiva acerca de los cambios emocionales en el envejecimiento, indicando que los niveles relativamente altos de bienestar afectivo y estabilidad emocional constituyen la norma más que la excepción, al menos hasta los 70 u 80 años de edad (Carstensen Pasupathi, Mayr & Nesselroade, 2000; Kunzmann , U. , Little , T. D., & Smith , J. (2000). Kessler, E. M. , & Staudinger , U. M. 2009).

Es ya el momento de promover y educar sobre la paradoja del bienestar y la felicidad para que las personas adultas mayores que necesitan conocer más sobre el afecto, la visión optimista, el disfrute y el pasarla bien pongan la sabiduría que tienen por delante y retener el “paradigma decremental de la vejez” que los visualiza como problema, como enfermedad, con todas las ideas trasnochadas y cargadas de prejuicios negativos, es ya cuando se debe asumir la paradoja del bienestar, invitar al buen humor, al incomparable bienestar y la capacidad para manejar la tensión, para vivir más y vivir feliz.

 

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