Miércoles 01 de Abril, 2020

Apreciar y ser apreciados

19 de febrero, 2020

Juan Luis Mendoza

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La soledad (la mala) puede considerarse como una prisión de la que hay que ver cómo se sale para superarse y realizarse el ser humano, hombre o mujer. Ignace Lepp asegura que “el conocimiento se presenta al hombre como la primera vía para salir de la soledad partiendo de la toma de conciencia del yo como realidad distinta del mundo exterior que, en un principio, puede parecer un obstáculo y distracción en orden a la atención al yo”.

En ese sentido, ha habido contemplativos, religiosos o no, que se han encerrado en una estrecha celda, y lo han hecho para avivar en sí, en el yo, la mirada y el oído interiores. No obstante, y como lo advierte nuestro autor, “a medida que la soledad se hace más oprimente y parece amenazar al yo con el ahogo, a medida que éste verifica que no le es posible sacar del propio interior todo el alimento necesario para la vida del espíritu, el mundo exterior adquiere un interés nuevo y el hombre se abalanza sobre él con una curiosidad intensa, esperando encontrar el alimento que necesita”.

Basta el recordar la vida de un san Juan de la Cruz o la misma santa Teresa, amén de otros muchos “solitarios” para percatarse de ello, hallando en esa experiencia, como se ha dicho, “la verdadera bienaventuranza del hombre”.

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Ahora bien, el conocimiento no es más que conocimiento que sólo procura al ser humano una liberación a medias de su soledad en cuanto que tiene como fin la posesión y utilización de lo que se conoce, mientras el yo solitario sigue siendo el centro y a él confluye cuanto es conocido. En ese sentido, se constituye en un enriquecimiento del yo. Lepp observa: “Gracias al conocimiento, he descubierto el mundo y aprendido a dominarlo. En el terreno del poseer, mi riqueza es ahora incomparablemente superior a lo que poseía antes de conocer. Mas la posesión del mundo objetivo no me arranca a mi soledad, porque la soledad no se sitúa en la perspectiva del poseer sino en la de la existencia”.

Y añade: “Para que el conocimiento pueda romper la soledad y disipar el estado de abandono de la conciencia, es necesario que cree una verdadera unión personal entre el yo y lo que no es el yo”. Así se da el contacto, se da la unión, la superación de la soledad, mediante el descubrimiento del otro y el trato personal, objetivo e íntimo con él, tal como nos lo enseña, no cualquier filosofía, sino la cristiana, Jesús y su Evangelio. A la luz de su doctrina advertimos que Dios no se entrega al ser humano en un acto de conocimiento intelectual, sino en un conocimiento vivencial con nuestro espíritu, mediante una relación inmediata, lo que es posible; posible y necesario para superar la soledad y el aislamiento.

La debida toma de conciencia lleva simultáneamente al descubrimiento del otro desde el yo que descubre la existencia del tú y se convierte, según Sartre, en el “ser para-el-otro”, es decir, a lo que somos a los ojos de los demás. En ese sentido y como lo advierte Lepp, “la misma soledad no se entiende si no se la considera como una relación negativa con el otro: me siento solo porque me falta el otro”. Parece que no cabe lo del poeta que se expresa así: “Se querellaba el amigo/ de no encontrar tu presencia./ Tú le dijiste: ¿mi ausencia no estaba acaso contigo?”.

Por el contrario, el mismo Sartre describe en una de sus novelas la revelación maravillosa, una verdadera revolución íntima que se realiza en el alma de un paralítico incurable, pobre, mezquino, amargado, el día en que descubre que puede despertar interés en una jovencita igualmente paralítica.

Por el conocimiento propio, por la introspección que favorece la soledad, el ser humano puede lograr una gran lucidez sobre sí mismo. Sin embargo, advierte nuestro autor, “la mirada del otro puede siempre descubrir en él y manifestarle aspectos verdaderamente esenciales de su ser que ninguna introspección podría descubrir jamás”. Y pone ejemplos: “la joven no se siente hermosa si no lo ha leído en la mirada de los demás, y aún el genio experimenta la necesidad de encontrar en otro el reconocimiento de su genio”. Y al revés, el juzgar a los otros faltos de inteligencia o incapaces los sume en la timidez y desgracia. De ahí el apreciar a los demás y ser apreciados por ellos.

Sigo, Dios mediante, otro día.



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