Lunes 25 de Mayo, 2020

El antes de la comida

Mauro Fernández, sexólogo06 de mayo, 2020 | 06:02 AM

Mencionábamos la semana pasada cómo se transformó la dieta del costarricense sin que nos percatáramos del cambio. Por eso es recomendable recordar cómo comíamos hace escasos treinta años.

Podemos empezar por los frescos, antes, el fresco del almuerzo y de la comida era de naranja, cas, limón o naranjilla, precisamente del palo que teníamos en el patio, de lo contrario se optaba por el tamarindo, la horchata o el pinolillo, rara vez tomábamos gaseosas o jugos envasados.

Los bocadillos de la tarde eran meriendas de elotes, pejibayes, ñanpí, tiquisque, papa o chayotes, que ya dejaron de ser costumbre en nuestros hogares.

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Antes, se hacían chorreadas, mazamorra, tamal asado, cosposas y tortillas con queso, porque antes sí comprendíamos que nuestra raza era hija del maíz y como tal lo incorporábamos de lleno en nuestra vida cotidiana.

Arracache, güisaros maduros, flor de itabo, tacacos, gallos de repollo y tomate con limón ácido, guineo, sopa negra, manzanas rosas, guayabas, frijoles tiernos, cubaces, cebada, mandarina, berros, rábanos, conservas, toronjas, higos y chiverres, formaban parte de los lujos y “delicatesen” con las que recompensábamos a la familia. Qué decir de las anonas, granadillas y guapinoles, que eran deleites obligados de temporada. Los niños, en cada cosecha, se empachaban de comer mangas, jocotes, manzanas de agua, mamones y nances.

La mesa siempre contaba con un encurtido, entre cebollas, coliflor, y zanahorias se danzaba un sabor que sazonaba el paladar, alternando con una vinagreta, que se hacía diferente en cada casa, con ese sabor tan particular que generan el limón y la cebolla, cuando se juntan con el tomate y otros ingredientes.

Las guabas, moras y frambuesas y cuando se podía pitangas y acerolas complementaban nuestro mapa gastronómico. A veces, teníamos la oportunidad de ciertos lujos, como las limas o las naranjas malagueñas.

Las golosinas eran otra cosa, empezaban con la caña, dura prueba para nuestros dientes que llenaba el gusto, no en vano se le llama caña de azúcar y que casi mágicamente se convertía en sobado, en melcocha o en cajeta, unas veces salpicada con coco, o con semillas, otras veces, simplemente se sumergía un ayote o un chiverre en su miel para extasiar a la familia.

Y cómo olvidar nuestro gallo pinto también conocido como “burra”, que se servía en el desayuno, con huevo, café y pan casero, en el almuerzo y la cena con mortadela, carne, o pollo acompañado con papas, ensalada, maduros, barbudos y demás.

Estos platillos han sido marginados por las comidas rápidas y otras modas culinarias al punto que son muchos los infantes que jamás ha probado muchas de estas delicias. Pero afortunadamente todavía abundan en el campo, es cuestión de sacar el tiempo, rescatarlas para que la familia las saboree y las incorpore “al pan nuestro de cada día”.

Estas dietas, esos alimentos, estas comidas son sanas, pasan de la naturaleza a la mesa, y que propician el buen estado de salud, tanto corporal como mental. De tal forma que es una buena recomendación buscar nuestras raíces gastronómicas, porque ahí está nuestra salud.



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