Domingo 07 de Junio, 2020

Queremos un mundo mejor

11 de mayo, 2020

Delia E. Villalobos Álvarez M.S.c.

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Las personas adultas mayores son gente con capacidades, con proyectos de vida, cargados de esperanza, energía, incansables, buscan conocimientos para aumentar la sabiduría que recogieron en senderos recorridos, aprenden de autocuidado, de estilos de vida saludable, productividad, de valorar la salud y de seguir al pie de la letra las indicaciones preventivas que los especialistas les brindan.

Cortejan la compañía de otras personas: afecto, experiencias, consejos, sonrisas y mucho más; escogen actividades con sentido para ocupar el tiempo libre, para disfrutar, intercambiar, mantener las capacidades cognitivas, sociales, emocionales y más.

Practican ejercicio con regularidad para experimentar los beneficios físicos y mentales, pero fundamentalmente son gente cargada de valores, destacan lo valiosas que son las personas, la solidaridad, la sensibilidad.

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Saben lo que quieren, tienen un camino trazado y ajustan los proyectos de vida, se acoplan a los cambios que trae el proceso de envejecimiento, pero por encima de todo, aman la vida.

Zarebsky explica que “en las personas mayores el curso de la vida se fue encargando de hacérselos saber. Y entonces ejercen el autocuidado, se recluyen y adoptan nuevos hábitos. Se conectan, puertas adentro, con intereses postergados. Es una buena oportunidad para preguntarse: ‘¿Qué estaba relegando en mi vida?’”, se trata de aquellos que cuentan con la flexibilidad para adaptarse a los cambios. “Flexibilidad que les permite ejercer la autoindagación, lo cual conlleva el poder detenerse y adoptar una actitud reflexiva, que es la que les permite conservar su autonomía… La poca o mucha vida que me quede por delante, me hago cargo, la tomo en mis manos”.

Estas personas adultas mayores entendieron que hace años se dejó atrás la concepción de envejecimiento como etapa y asumieron el envejecimiento como una construcción, como un proceso, como curso de vida, del que ningún ser humano se exime.

En este tiempo de aislamiento social, los que caminan cargados de experiencias viven cada día con encanto, reflexionan y se renuevan con la luz que el Ser Supremo coloca frente a ellos.

Coincidimos con la connotada autora en que, quizá por todo lo rebosado en el curso de vida, las personas adultas mayores viajan con maletas de herramientas, creatividad, serenidad y maestría para plantarse con valentía frente a un enemigo que atenta contra la salud y la vida, que tiene al planeta convergido en defender y mantener lo que cada país con gran esfuerzo ha construido.

Mucho se ha recopilado acerca del aislamiento social, del impacto en las personas adultas mayores, del cambio brusco que representa en la libertad, en el uso del tiempo libre, en la participación social y la expresión del afecto.

Los que conocen concluyen que las personas adultas mayores enfrentan con sobrada resiliencia un acontecimiento tan inesperado y difícil y lucen capacidades sorprendentes que vale la pena resaltar y conocer más de cerca.

Lo describió Frittaoni: “… ¿no les pesa la falta de contacto con el afuera? (...) pero están en general más preparados para ser resilientes. Como se ve, son los que menos transgreden la norma (el aislamiento preventivo) …Incluso, a sabiendas de que serán los últimos en volver a la vida en sociedad tal y como la concebimos”.

De múltiples maneras las personas adultas mayores se proponen continuar y desafiar el aislamiento social, combinan conocimientos y experiencias que concretan en estrategias para aconsejar, hacerle frente, mantener la salud mental, aprendiendo que a pesar de las circunstancias se puede disfrutar lo que se encuentra en cada rincón, en cada propósito, en cada aprendizaje, en cada lección de vida, en cada milagro que Dios pone ante los ojos.

Zarebski anotó “…las redes sociales registran numerosas historias de cómo enfrentan el confinamiento las personas mayores. Están quienes decidieron quedarse solos para minimizar las chances de contagio, quienes descubrieron o mejoraron su relación con la tecnología, y hasta quienes decidieron participar activamente en la lucha contra la propagación del virus. “Esto responde al prejuicio de que al pasar los 60 nos volvemos más débiles en todos los sentidos del término y de la vida. Si lo hacen es porque evalúan que pueden y que quedarse solos no implica autoaislarse más si mantienen diversidad de vínculos e intereses”.

Queremos que el mundo cambie, escuchar a la madre Tierra, lo que realmente tiene valor, que nos relacionemos anteponiendo las virtudes de las personas, que se valoren los derechos, que nos llenemos de empatía para comprender lo que aflige a los demás, lo que es vivir desde las carencias sin recibir afecto, en compañía de la indiferencia, de la soledad.

Esta amenaza a la salud que casi paralizó por completo el planeta y hasta los países con más recursos no puede pasar en vano, es un llamado de atención para que cambiemos, para vislumbrar el valor de lo realmente importante, para desear y compartir el bien no solo con los que amamos, también con los demás.

Es la hora de distinguir que las apariencias, lo material y las pretensiones por ser y tener más que otros, solo sirven para fomentar desigualdad, envidia, desintegración y violencia.

La nueva normalidad tiene que venir no solo con manuales de autocuidado para prevenir la enfermedad que ha sembrado caos, miedo, aislamiento. Debe reportar también mucha reflexión ante la fragilidad que evidencia y se traslapa con la ostentación.

Mi amiga Mercedes Vargas expresó que “La vida nos está igualando sin importar la condición social, raza, género. De nada valen títulos, riquezas, ni cualidad que nos haga sentir superiores a los demás. Ante las fuerzas de la naturaleza y ante la superioridad divina, todos estamos en las mismas condiciones. Lo importante es aprender la lección para no tener que repetir el curso, echar mano de nuestra fuerza interior, solidaridad y empeño para sobrellevar de la mejor manera posible esta amonestación que nos está poniendo la vida”.

“Una amonestación porque no hemos sabido comportarnos con respeto hacia las personas y con la naturaleza ni con nosotros mismos, …es una dura lección”. Agregó mi amiga Georgina Trejos.

Queremos un mundo mejor para las personas adultas mayores y para todos, una sociedad sin prejuicios ni desigualdad, donde no se mida a las personas por lo que tienen. Entendimos que nada de lo que se tiene puede contra la enfermedad que no tiene ojos, no tiene piedad, solo llega, enferma y arrasa con la salud, la economía, los servicios, la participación social y todo lo que se le ponga por delante.

Todavía falta, es el argumento insistente de las autoridades de salud, se deben seguir las indicaciones higiénicas y fundamentalmente quedarse en casa. Construyendo un mundo mejor, vivir más y vivir mejor.



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