Domingo 07 de Junio, 2020

“Caída original”

Reflexiones.

13 de mayo, 2020

Juan Luis Mendoza

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Ignace Lepp arranca el capítulo VI de su libro Comunicación de las existencias con esta afirmación: “El análisis existencial parece descubrir que la separación entre los hombres, separación de la que tomamos conciencia en la experiencia de la soledad, es consecuencia de una especie de decadencia o caída original”. Y después de aludir a la sucesiva, larga y difícil asociación en grupos del clan a organizaciones planetarias, advierte que “sin embargo, el hombre no puede satisfacerse con una extensión cada vez mayor de sus relaciones extrínsecas con los otros hombres. El anhelo más profundo de la naturaleza humana es la comunión personal”.

Algunos santos Padres de la Iglesia se refieren a que, por el pecado, el diablo separó entre sí a los seres humanos; pero ha quedado también la original tendencia a la unión en distintos niveles y por diversas causas. Esto, no obstante, no parece que sea tan natural y de ahí la necesidad de irse espiritualizando poco a poco.

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Ahora bien y por lo mismo, se trata de un acto de libertad en que el ser humano se reafirma y busca en el otro ayuda y medio al servicio de esa libertad para el logro de un acercamiento al otro, no meramente objetivo y exterior, sino interior, subjetivo, vital. A propósito, nuestro autor asegura que “tal contacto con la intimidad del otro, con lo que lo constituye en su unicidad existencial, es para nosotros más enriquecedor, incomparablemente más, que la posesión de todos los bienes de este mundo y de todos los servicios que podrían prestarnos los otros en un plano objetivo”.

En efecto, lo de afuera, lo meramente material, los bienes de este mundo poco y nada contribuyen a promover y vivir la unión entre nosotros, quizás hasta la obstaculice. Lo que vale es la generosidad y olvido de sí, lo que se vive en el encuentro a quienes están dispuestos a recibirse y a abrirse y recibir de mí otro tanto. Es lo que entendemos por comunión, el trato de ser a ser, la unión entre ambos. Lo que es del orden de lo espiritual y no sólo material, aunque se incluya por ser seres humanos y no ángeles.

Y, en definitiva, no quedarse en la solidaridad o en las influencias sino avanzar desde el interior de uno hacia el del otro en sentido contrario a la “caída original” o el pecado de origen, de separación y desunión. El fin es la comunión, la común-unión entre los seres humanos, creados a semejanza de Dios, es decir, a semejanza de la unión trinitaria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Porque, como lo advierte Lepp, “al hablar de comunión entre los seres, nos referimos generalmente a las palabras ‘yo’ y ‘tú’ en singular; lo que no quiere decir que la comunión es algo imposible de realizar más allá del número dos”.

Puede ser plural, en comunidades religiosas, en grupos sociales, familias. De eso se trata, de reconocerse como “yo mismo” y el otro “él mismo”, con el sucesivo concurso de tantos seres humanos como se pueda y según se vaya pudiendo. En ese sentido, Lepp concluye con que “cada uno de mis hermanos humanos me exige y me pide que sea yo mismo”. Y “de todas maneras, añade, la fidelidad que debemos a la propia vocación nos obliga a querer la comunión con todos los seres que encontramos en nuestro camino”.
Sigo con el tema, Dios mediante, otro día.



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Itonay (23/05/2020)

Juan 17: 20-21