Martes 11 de Agosto, 2020

Ser en el todo

Reflexiones.

20 de mayo, 2020

Juan Luis Mendoza

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En cuanto individuos no somos sino en la medida en que ponemos en común, en el todo, la parte de nuestro ser. Dicho de otra manera, vamos siendo de modo dinámico poco a poco en el tanto y cuanto se constituye en ser un nosotros por la comunión personal, subjetiva, auténtica. Es decir, verdadera.

“Por paradójico que parezca, advierte Lepp, más que en mi soledad soy “yo mismo” en el nosotros que resulta de la comunión con los demás. En él y por él, me realizo como persona y aprendo a conocerme a mí mismo”.

Porque en la comunión me experimento a mí mismo en función de los demás, en función de un todo, en el que voy a sobresalir y brillar. El milagro del nosotros, resultado de la comunión entre las personas consideradas separadamente.

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Y en ese sentido no habría de temerse la pérdida de la identidad interior, la interioridad, la vida de unión con Dios como temen algunos cristianos y esto debido a una falsa e inauténtica comunión interpersonal. Ya en el siglo XV el gran místico Ruysbroeck escribía “quien quiere vivir la vida interior y entregarse a la contemplación sin preocuparse del prójimo, carece de vida interior y de contemplación”.

Ya en el siglo IV, la Iglesia llamó la atención del engaño en que podrían estar los monjes si no se dedicaban también a atender enfermos y necesitados. Ambas cosas: la comunión personal e íntima con Dios y la comunión igualmente personal, con el otro, con el prójimo para de la mano de los dos ascender espiritualmente superándonos como seres humanos.

Lepp concluye: “el universo creado por Dios es un todo, y solo en la medida en que nos afanamos por recrear ese todo alcanzamos la posibilidad de entrar en comunión con Aquel de quien procede el universo”.

Y ser una verdadera comunidad de amor por la comunión auténtica con muchos, con todos, y no quedar en una mera sociedad y, concretamente, seguir la soledad, una soledad no vencida debidamente. En la sociedad interesa la solidaridad, el bien común, algo extrínseco. En la comunidad es otra cosa. Ante todo, agrupa personas. Y, como lo advierte Lepp, los vínculos entre los miembros de la comunidad son de orden personal, ligan a los hombres no por lo exterior como por lo que hay en ellos de más profundo, de más auténticamente personal: son las existencias las que se encuentran y comunican”.

Todo empieza por el darse cuenta del sentirse solo y por ello sufrir; viene después el asociarse con algún grupo, pero eso tampoco satisface el ser humano que necesita, que ha sido creado para vivir en comunidad, sea del orden que sea, espiritual, económica, artística. Eso está ocurriendo, y nuestro autor observa que “el solo hecho de existir en número incontable de pequeñas comunidades, prueba la necesidad que experimenta el hombre de salir de la soledad y la posibilidad de hacerlo”.

Y añade que “estamos íntimamente persuadidos de que las pequeñas comunidades actuales son solo una etapa en la marcha de la humanidad hacia la unidad”. Y concluye que “la Iglesia en la realidad última de la comunión de los santos, es ciertamente la realización más perfecta de nuestra superación hacia la unión interior y universal”.

De ahí que la sociedad, el estado, ha de proponerse y promover, juntamente con las iglesias y otros grupos servibles a lo espiritual, el multiplicarse de comunidades entendidas como lo hemos explicado en las que los importantes sean sus integrantes y su relación personal.

Lo que hemos llamado también comunión existencial, es decir, la existencia y no de cosas y objetos. Sigo, Dios mediante, otro día.



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