Miércoles 15 de Julio, 2020

Hay que transcenderse

Reflexiones.

27 de mayo, 2020

Juan Luis Mendoza

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Ignace Lepp define que “la comunión que llamamos ‘existencial’ es una relación de inmediatez entre hombres que han alcanzado una etapa personal en su desarrollo”. Se trata de un desarrollo, de un proceso de una comunión, de esa relación que está dentro de una etapa personal.

Note el valor de los términos para explicar en cuanto se pueda esa perfección, dentro de nuestra condición de ser personas, es decir, seres llamados a una existencia de unión, de comunión cada vez más auténticas, más verdaderas, lo que sólo se dará plenamente en la vida del cielo, pero a lo que hemos de aspirar siempre.

Aunque, como lo advierte el mismo autor, “por lo mismo, seguiremos siendo siempre, en cierta medida, seres separados e incapaces por lo tanto de comunicarnos con los demás en una inmediatez perfecta”. Lo que significa que para comunicarnos con los demás necesitaremos mediadores como el conocimiento y el amor sobre algo que compartimos en busca de un encuentro cada vez más estrecho, más inmediato, manteniendo siempre la individualidad de un yo y un tú o un nosotros, y esto para que pueda darse un encuentro que ha de ser entre conciencias, entre corazones y de modo consciente y libre.

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Ahora bien, no hay que quedarse en la mera comunicación interpersonal de dos o varias personas que llegan a formar comunidades dinámicas y fecundas en busca de algo más, como puede ser el servicio de Dios o de nuestros semejantes, el cultivo del arte o la filosofía, la política u otras disciplinas, que, en todo caso, nos habrían de llegar a alguna suerte de transcendente y sublime. Especialmente el mismo Dios que, por definición, es el único verdadero Transcendente, así con mayúscula.

En ese sentido, atención a lo que advierte Lepp, “sólo las comunidades religiosas han conocido una larga duración y hasta han ignorado los límites que impone la sucesión de las generaciones. Gracias a ellas, cuando triunfaba el individualismo, el ideal comunitario no quedó totalmente extinguido”. Y añade como para explicarse que “la forma suprema de comunión interpersonal sólo puede, por lo tanto, darse entre seres que se comunican con Dios, que buscan juntos a Dios y juntos le aman. La autenticidad de las demás comuniones será tanto mayor cuanto la transcendencia en la que se realiza se acerca más al transcendente absoluto”.

En ese sentido concluye: “La comunión no es verdaderamente existencial si constantemente no se rehace, no se renueva, no se profundiza”. Esto, claro está, en el Transcendente, es decir, en Dios.

Cuando uno espera algo del otro que no sea él o ella misma, y amarse, podemos deducir que aquí también falta el transcenderse a sí mismo, sus intenciones, su interés.

A propósito, el mismo Lepp afirma que “no hay comunión existencial sin un desinterés absoluto”. En caso contrario, yo hablo medio en plan de broma de un amor “utilitarista”, es decir, interesado.

Nuestro autor añade y concluye: “Si en el caso de una comunión objetiva, como puede ser la solidaridad, hay siempre la esperanza y la promesa de algo útil o agradable, en las existencias que llegaron al estado de la comunión, los seres nada reclaman como no sea vivir unos para los otros y unos con los otros”.

De esto se trata. Sigo otro día, Dios mediante.



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