Miércoles 15 de Julio, 2020

Optimismo para no sucumbir en la pandemia

01 de junio, 2020

Delia E. Villalobos Álvarez M.S.c.

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Defensora y practicante del optimismo, así me declaro, y con más argumentos después de saborear la ponencia “Viaje al optimismo” que en 2013 el psicólogo Eduardo Punset expuso en España.

Experimentar personas, oportunidades, emociones que llenan de gozo y de salud y hasta aquellas que no son agradables y desafían el sendero trazado, esas que entristecen y colocan frente al dolor la deshumanización, la injusticia y más que se produce en nuestro entorno pueden ser diferentes cuando se observan con el lente del positivismo, traslúcido de colores, esperanza, convicción de que todo puede cambiar y ser mejor.

Convocar el optimismo cambia la manera de percibir la realidad, es una mirada ilusionada de que todo puede tener certidumbres. Es la diferencia entre visiones lánguidas, tristes, sin ánimo y las que pueden ser vivas, refrescantes, alegres, con más elementos para analizar, reflexionar, cambiar y seguir adelante.

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No se trata de negar que lo doloroso, lo triste, lo desbordado de maldad no existe o no afecta, por supuesto que está siempre acechando para perturbar y desajustar hasta a los más fuertes y equilibrados.

Están ahí y se reconocen, se sienten hasta el alma, son emociones que contienen difíciles situaciones que aparecen sin llamarlas, que invaden los espacios más íntimos.

Para muestra la pandemia, este espantajo que llegó en un abrir y cerrar de ojos, que saqueó la rutina que cada uno tenía armada, que desboronó afectos, programas, contactos sociales, actividades recreativas, educativas, laborales, estabilidad económica y mucho más que se conoce.

Han sido meses a prueba de todo: aislamiento, distanciamiento, manera de obtener bienes y servicios, de recibir atención médica y de otra naturaleza, de tanto que no se puede escribir.

Algunos atestiguan que después de esta pandemia las personas serán menos humanizadas, desconfiadas, alejadas, no compartirán tan de cerca y cambiarán la manera de compartir afecto.

Se dice tanto que el miedo, la desesperanza y la incertidumbre pugnan por tener el mejor papel en el escenario, por adueñarse de los pensamientos y emociones. Por colocar el pesimismo en lugar de privilegio.

Es necesario reconocer que las afectaciones generadas a las personas, al planeta, al país en todas las dimensiones son incontables e indescriptibles, crueles y desgarradoras.

Pero también, nos llegó una transición, un tiempo de aprendizaje, una oportunidad cargada de lecciones aprendidas, un acercamiento a lo que se había pospuesto y un alejamiento a lo que, desde la perspectiva de cada persona era importante.

Encontrarse con lo aplazado, con los talentos desabrigados, con los gustos e intereses olvidados, con formas diferentes de comunicación, de compartir cariño, ternura, gratitud, amistad. De sorprenderse con lo realmente determinante, significativo, profundo y dejar en el camino lo trivial y vacío.

A pesar de tanto que se desploma, este espantajo no nos robará el júbilo, la felicidad, el ánimo ni todos los beneficios que regala la salud y la vida a la que estamos aferrados, con la convicción de que este tiempo nos hará más fuertes, mejores personas, con más empatía y dispuestos a esperar que regrese lo que disfrutábamos.

Fredrickson lo describe como “el optimismo… uno de los factores más importantes para crear satisfacción y felicidad”.

La Universidad de Harvard, Estados Unidos, ofrece más razones luego de un estudio con más de 70 mil mujeres, en el que determinó que “las optimistas tienen menos posibilidades de padecer cánceres letales, enfermedades coronarias, y pulmonares, y sufrir derrames cuando son mayores”.

Pero no solo eso, Elaine Fox advirtió que el optimismo disposicional no solo se fija en la felicidad y la alegría “es más sobre tener una esperanza genuina por el futuro, la creencia de que las cosas saldrán bien, y una fe inquebrantable de que podemos manejar todo lo que la vida nos depare. Según esta autora, los optimistas no son ingenuos, no es que crean que nada puede salir mal”.

Agregó la citada autora que “las personas optimistas son más resilientes: se enfrentan mejor a situaciones dolorosas, tienen actitudes que les ayuda a retar las dificultades, cuidan más la salud, perdonan con más frecuencia, se preocupan menos por lo negativo, ponen a raya el estrés, presentan menos trastornos del sueño, fácilmente expresan gratitud y creen que el mundo es mejor si hacen buenas obras…”.

Son muchos los argumentos y estudios que sustentan que aún, con pandemia incluida, podemos seguir caminando, echando mano a la experiencia acaudalada en tantos años en el aprendizaje recogido.

Santos afirma que “podemos reencontrarnos con todas las cosas que hemos acumulado en nuestros armarios a lo largo de los años y decidir lo que realmente necesitamos.

Podremos reconectarnos con nuestros familiares, cercanos o lejanos, que posiblemente están enfrentando enormes desafíos durante estos tiempos extraordinarios. Tendremos la oportunidad de dejar de lado roces y fricciones pasadas, evaluar lo que es esencial y expresar nuestra solidaridad y preocupación genuina con otros que más necesitan de nuestro apoyo”.

Cuando las cosas se ponen cuesta arriba, acertamos que cada situación difícil se puede transformar en un reto, en un peldaño que se puede vencer, como comentó Elsa Punset.

Es un medio de concretar el optimismo, de ampliar la capacidad de resiliencia que sorprende en las personas que tienen esa manera tan particular de adueñarse de la vida, no temen a las dificultades ni a los desafíos, sacan fuerza de donde no sabemos, alegría para disfrutar por más pequeño que sea lo que la despierta, de tomar fuerzas para levantarse y asirse a la herramienta apropiada para lograrlo.

Santos describe “que conocen el propio potencial y también las limitaciones, poseen autoconfianza y convierten las dificultades en posibilidades de aprendizaje y crecimiento, no se cierran a los cambios y persisten en las metas propuestas, son personas resilientes, están preparadas psicológicamente para afrontar situaciones difíciles”.

Se puede convivir con optimismo entre la pandemia, no se puede permitir que nos quite tanto que hemos construido, tanto que descubrimos para experimentar bienestar y alegría. Se puede trabajar esa capacidad para adaptarnos a las situaciones y las emociones que arrastran esas realidades que nos retan.

Pronto este capítulo será parte de la historia, de cómo lo vivimos, de las habilidades que desarrollamos, con la firme decisión de que queremos ser optimistas y nada ni nadie desviará esta decisión, podremos vivir más y vivir mejor.

*Catedrática jubilada UNA



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