Viernes 10 de Julio, 2020
Redacción / AFP 05 de junio, 2020 | 01:00 AM

Tichit, la joya en el desierto que se apaga

En la pista que lleva Tichit, una ciudad perdida en el desierto del centro de Mauritania, los jalones blancos y rojos que sobresalen de las dunas indican el camino en el que todavía quedan restos de huellas de neumáticos difuminados por la arena.


Solo hay una pista de 200 km que une Tijikja a Tichit, una ciudad de pocos habitantes declarada patrimonio mundial de la Unesco por su singular arquitectura. Apenas se ven vehículos. "Puede pasar un mes sin que venga ninguno", dice Chérif Mokhtar Mbaka, profesor de inglés en el instituto comunal.

Situada en lo alto de una pequeña colina en medio del desierto de rocas negras, Tichit la vieja está integrada por decenas de casas de piedra gris con una arquitectura muy particular en las estrechas callejuelas de arena.

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Con 2.470 habitantes censados en 2016, esta joya del desierto está cayendo en el olvido. Sus habitantes miran al pasado preguntándose que ocurrió.

Durante ocho siglos, entre el siglo XI y el XIX, la ciudad fue uno de los principales ejes de caravanas del Sáhara. Las caravanas de camellos que venían de Marruecos paraban aquí unos días antes de seguir la ruta a Tombuctú y la desembocadura del río Níger.

"El declive empezó cuando el comercio comenzó a preferir las rutas marítimas a las terrestres", en el siglo XVII, explica Chérif Mokhtar Mbaka. "Hoy se ha acabado, y la población se enfrenta a numerosos problemas".

Atrás quedó el tiempo de hacer negocios. Un solo camión llega a la ciudad cada mes con suministros de arroz, mijo o pasta para los comerciantes locales y regresa cargado de sal de sebkha, el salar cercano que se sigue explotando.

Las callejuelas están casi siempre vacías. Solo algunos niños juegan y los más viejos beben té. No hay nada que hacer aquí. Los jóvenes prefieren irse. "No hay trabajo ni oportunidades", lamenta Gildou Muhamedou Babui, de 34 años.

El joven ha tratado de encontrar trabajo en Nuakchot y Atar, las grandes ciudades del país. Pero tampoco hay trabajo. Regresó y lleva la contabilidad de la municipalidad después de haber encadenado trabajillos. 

Algunos, dice, trabajan con las palmeras. Otros extraen sal de la sebkha para las caravanas de paso por un puñado de oguiyas pese al duro trabajo manual -cortar la sal, cargar centenares de kilos en los dromedarios. "Es todo", concluye.



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