Domingo 09 de Agosto, 2020

La comunión, un cambio

Reflexiones.

01 de julio, 2020

Juan Luis Mendoza

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En un escrito anterior me referí ya al hecho de que toda verdadera comunión existencial de cualquier nivel exige la presencia y acción del ser humano que lleve al cambio. De Ignace Lepp es esta sentencia: “La comunión es en lo profundo un cambio”.

Y para el cambio, ante todo, el diálogo y no el monólogo como con frecuencia ocurre en lo que algunos pensadores denominan seudocomunidades. Entre sus integrantes cada uno de ellos monologa por turno en la espera, como oyente, que los demás lo escuchen en su momento. No hay diálogo, no hay cambio, no hay comunicación o comunión de existencias.

Los que se comunican no han de limitarse, como ocurre en una sociedad anónima, a dar algo unos a otros de lo que ya poseen y son, cada uno por separado. Nuestro autor compara la comunidad, más bien, con un grupo de exploradores, al advertir que lo que “se pone en común es, sobre todo, el poder y el querer adquirir, cada componente junto a los demás y para los demás, lo que cada uno de por sí aún no posee o es”.

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En ese sentido, la comunión interpersonal o de existencias es creadora, es más que lo que son y hacen los integrantes de la comunidad mediante la acción y, con ella, el irse siendo y haciendo, es decir, el auténtico “existir”.

Lepp lo explica así: “Hablando con propiedad, no es exagerado afirmar que es más bien el individuo quien recibe su realidad y valor de la comunión. La realidad y el valor de una persona no pertenecen, en efecto, al dominio del haber sido sino al de existir”. Y sólo la acción puede dar realidad y valor a la existencia, y toda acción auténtica es comunitaria”.

Se trata de una acción común, se trata de los demás de cuya colaboración activa necesitamos para existir, en el tiempo y espacio, en el “aquí y ahora” que nos corresponde, comprometidos con nosotros mismos y los demás.

Como lo ha demostrado el también sacerdote católico como Lepp, Jean Guitton, la temporalidad es una de las estructuras esenciales de la existencia, y la comunión existencial no es auténtica si no entraña e implica la participación activa e intensa en la realidad de nuestro tiempo. Y, puesto que nuestra existencia y acción son solidarias de todas las demás existencias y acciones, nuestro esfuerzo ha de tender a la comunión universal, tema éste que trataré más adelante, casi al final de la serie, aunque ya aludí a él anteriormente.

Esta comunión es al fin, y como afirma Malraux, el fruto de los seres humanos conscientes de su dignidad, de su libertad y de su “divinidad”. Note el entrecomillado de divinidad, y recuerde que, en el Génesis, al hablar del origen del hombre se dice: “Creó, pues, al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (1,27).

La participación en lo divino, co-Creador con Él. Ignace Lepp explica que “la dignidad, libertad y divinidad del hombre no sólo se manifiestan por su poder creador, sino que solamente existen por él. Y el poder creador ha de traducirse en acción creadora”.

Y concluye que “sólo puede haber comunión entre seres que no sólo “hacen algo conjuntamente” sino que han llegado a ser co-creadores”. Es decir, con-creadores entre nosotros como seres humanos y con nuestro Hacedor, a cuya imagen y semejanza hemos sido hechos o estamos siendo hechos, pues mientras existimos somos parte de un proceso evolutivo de perfeccionamiento siempre inacabado.

Sigo otro día con el tema, Dios mediante.



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