Miércoles 05 de Agosto, 2020

Elecciones generales de 2022

Un ejemplo del cruce de lo excepcional y lo ordinario en tiempo de pandemia.

09 de julio, 2020

Sergio Araya / Politólogo

[email protected]

A pesar de la dura situación enfrentada por la humanidad en la presente coyuntura de su devenir histórico, la cotidianeidad debe coexistir con la excepcionalidad comportada por esta. En otras palabras, la llamada “nueva normalidad” en proceso de construcción implica la reproducción de las dinámicas sociales ordinarias, pero impregnadas de elementos propios y únicos producidos por las circunstancias atípicas del momento actual.

Es por lo anterior que, con restricciones y singularidades no observadas en el pasado, las interacciones humanas en mayor o menor grado e intensidad continúan en todos los órdenes del quehacer colectivo.

En ese contexto, el día sábado 4 de julio Estados Unidos de América conmemoró un año más de su Independencia del Reino Unido; el domingo siguiente República Dominicana celebró comicios presidenciales y, como estos ejemplos a escala continental, el resto del orbe continuó esa “vida adaptada a la realidad del Covid-19”.

Costa Rica no es la excepción. Con altibajos y constantes ajustes, a la luz del llamado “martillo o mazo y baile o danza” el país se ha ido acomodando a la coexistencia de lo cotidiano y lo excepcional.

Lea: Funcionamiento de la comunidad

Es por ello que, cuando aún falta poco más de 18 meses para la realización de un nuevo proceso de elección popular de autoridades nacionales, como ha sido la costumbre en los últimos decenios, comienzan a emerger de forma pública nombres de posibles aspirantes a dichos cargos, especialmente al que ocupará la silla presidencial tras la conclusión del mandato constitucional del actual presidente Carlos Alvarado Quesada al mediodía del 8 de mayo de 2022.

Debe advertirse además una situación propia del calendario electoral. A saber: si bien la convocatoria ciudadana a las urnas es para el primer domingo de febrero de 2022, en este caso el día 6 de febrero, por disposiciones legales de orden electoral mucho tiempo antes de esa fecha los partidos políticos, en su calidad de vehículos exclusivos para acceder al poder político público, deben designar a quienes les representarán en esas elecciones generales.

En concordancia con lo anterior, al menos al día 15 de octubre de 2021 tendrán que tener debidamente seleccionados e inscritos ante el Tribunal Supremo de Elecciones a sus 60 aspirantes a las 57 curules legislativas y la terna constitutiva de la fórmula presidencial correspondiente al Poder Ejecutivo.

Sumado a estos plazos previos al día 6 de febrero, los partidos políticos han debido atender una serie de requisitos previos legalmente establecidos, que les obliga a activar sus maquinarias electorales con al menos un año de antelación a la concurrencia a los comicios pactados en esa fecha.

El primero, y más importante de todos es que las agrupaciones políticas dispuestas a competir en aquella justa electoral deberán estar efectivamente registradas ante la Dirección General del Registro Electoral y Financiamiento de Partidos Políticos (DGRE), órgano especializado del Tribunal Supremo de Elecciones, así como, de ser el caso, haber culminado exitosamente su proceso periódico y democrático de renovación de estructuras partidarias, a la luz de lo dispuesto al respecto en la legislación electoral nacional.

En el caso de nuevos partidos políticos inscritos especialmente para intervenir en los siguientes comicios, deberán presentar su solicitud ante el DRGE máximo doce meses calendario anteriores a los mismos. En este caso al día 6 de febrero de 2021, es decir en tan solo poco menos de ocho meses.

Es por lo anterior que, aun cuando a la ciudadanía no adepta a los menesteres político-electorales, resultare el primer domingo de febrero de 2022, una fecha muy lejana, máxime en esta “nueva normalidad en desarrollo”, ciertamente por los ineludibles requisitos a ser cumplidos por las fuerzas político-partidistas existentes o por nacer, tal fecha más bien se advierte inminente, convirtiéndose en una suerte de espada de Damocles que cuelga sobre sus cuellos institucionales.

Bajo esa lógica de acción paralela, es tiempo ya de identificar posibles figuras que, en su nombre, aspiren a conquistar el apoyo de un electorado cada vez más descreído, escéptico y poco atraído por los asuntos electorales.

Además es la época de acelerar un proceso que si bien debería ser perenne, usualmente se detiene o limita a quienes les representan en los órganos de poder público, como lo es la aprehensión rigurosa, sistemática y profunda del entorno en que se desarrollan su praxis y a la cual pretenden impactar con sus acciones  y propuestas específicas.

Esto, en la actualidad, donde lo único estable es el cambio continuo, deviene en un desafío mayor y al que deberían, quienes conducen las estructuras partidarias, avocar los máximos esfuerzos y recursos.

Empero el abordaje de la realidad o realidades, nacional, sub-nacional e internacional va más allá de un ejercicio académico o técnico. Esto, más propio de universidades y tanques de pensamiento, desde los partidos políticos debe ir orientado por una visión político-estratégica, que permita determinar la viabilidad política de las propuestas programáticas concretas que serán su carta de presentación ante sus potenciales votantes.

Son distintas aristas, todas ellas de importancia similar, aunque con pesos políticos diferenciados en función de los momentos temporales específicos trazados en función del día E: el 6 de febrero de 2022.

La viabilidad política de las propuestas en proceso de diseño y afinamiento constituye un elemento transversal de carácter permanente, capaz de marcar la distancia entre expectativas de éxito electoral reales o meras ficciones insertas en la imaginación de actores con pretensión de Quijotes.

En la búsqueda de aquella, la construcción de una estrategia política clara y realista es esencial. Esto supone a su vez una honesta, crítica y precisa definición de un mapeo social, es decir, de la identificación de actores sociales aliados y adversarios; de medir las capacidades reales de unos y otros y la magnitud y alcance de su efectiva autonomía con respecto a los primeros.

A partir de “saber dónde se está, con quiénes se cuenta y con quiénes no”, así como su peso político, se puede elaborar la propuesta programática y la narrativa a través de la cual se afianzarán las vinculaciones establecidas y se ampliará la base de respaldo requerida para alcanzar el poder político formal y real suficientes para llevarlas a la práctica concreta.

En un entorno sumamente dinámico como el hoy existente en Costa Rica, caracterizado por su estado líquido, casi gaseoso, donde la volatilidad electoral desde la ciudadanía y los vaivenes constantes en acomodos y desacomodos, desde los poderes fácticos, son dos de sus marcados referentes, ese primer y decisivo paso de “mapeo social” con perspectiva estratégico-política no es asunto fácil.

En el hervidero observado entre los detentadores del poder real, trasluce la cruda radiografía de un cuerpo social atravesado por múltiples intereses, conflictivos y conflictuados entre sí, donde lo diverso se superpone a lo común.

Hoy es erróneo, hasta iluso, simplificar esa amplia gama de actores coexistentes. Referencia a “clase empresarial”; “sector público”; “juventud” o “partido político” es insuficiente y falaz.  Bajo cada categoría pululan distintos grupos con identidades líquidas, capaces de construir vínculos de articulación puntuales, en ocasiones efímeros, con exponentes de subgrupos ubicados en otras categorías, incluso tradicionalmente concebidas como antagónicas.

La multiplicidad de temas, intereses y agendas en las que aquellos se materializan, devienen en un desafío descomunal, al que, empero, no pueden los partidos políticos o sus distintas facciones y sub-grupos, pasar desapercibidos, so pena de quedar al margen de la dinámica política con incidencia real.

Es por ello que la identificación de aspirantes, cual músicos capaces de interpretar partituras previamente compuestas no debe escapar a esa realidad. Antes bien, su escogencia debe condensar de manera eficiente y, potencialmente eficaz, los distintos elementos intrínsecos a la estrategia en proceso de construcción y permanente ajuste. No hacerlo así no es inválido, pero sí muy probablemente improductivo.

Menudas tareas magnificadas por un contexto de excepción que cada día transcurrido, parece más prolongable de lo que la esperanza colectiva abrigó en su albor, mostrando un ejemplo concreto del cruce entre lo ordinario y lo excepcional, el pan del diario vivir de la sociedad contemporánea.

*Politólogo



Noticias relacionadas

VEA MÁS



Comentarios

COMENTAR