Martes 04 de Agosto, 2020

Del “eros” al “ágape”

29 de julio, 2020

Juan Luis Mendoza

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No es fácil definir el amor. ¿Cómo lo definiría usted, qué diría de él? En este mundo materialista que nos toca vivir, para muchos el amor es un conjunto de reacciones fisiológicas que repercuten en el mecanismo psíquico, mecanismo que, al fin, se reduce a la materia. En el extremo opuesto, cierta literatura romántica difunde la idea y el ideal de un amor puramente espiritual, en el aire, accesible a ciertos espíritus selectos, lo que tampoco satisface a las mayorías.

¿Y qué puede decir un pesimista como el filósofo Schopenhauer que identifica el amor con lo más profundo del primitivismo del ser humano? Para él el amor sería una especie de invasión en nuestra frágil humanidad, siempre amenazada, de la animalidad reprimida de nuestros orígenes.

Reflexiona así: “El amor tiene una influencia perturbadora sobre los negocios más importantes. Interrumpe a cada momento las ocupaciones más serias, desequilibra, por un tiempo, aún a los espíritus más grandes. Carece de escrúpulos y se inmiscuye para perturbarlos con sus nimiedades, en las negociaciones diplomáticas y los trabajos de los sabios.

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Se atreve a deslizar billetes amorosos y mechones de cabellos hasta en las carteras de los ministros y en los manuscritos de los filósofos. Todo esto no le impide ser, día a día, el promotor de los peores negocios y de los más embrollados. Rompe las relaciones más preciosas, quiebra los lazos más sólidos. Hace del hombre honrado un hombre sin honor, del fiel un traidor, pues es un demonio maléfico que se esfuerza por trastornarlo todo, destruirlo todo, embrollarlo todo”.

Lo más y peor que se puede decir en contra del amor. ¿Tiene, al menos alguna razón? Estudios hechos, y la misma experiencia nos indican que sí. En efecto y como lo advierte Lepp, “en todo amor hay una embriaguez, desencadenamiento de fuerzas primitivas que rompen el equilibrio de nuestras rutinas y convicciones. Que el resultado puede ser el resquebrajamiento de la persona, nada hay más cierto”. No obstante, añade que “el amor es algo más que desencadenamiento de fuerzas de destrucción”.

Sin dejar de ser, al menos por ratos, el amor como una avalancha, un torrente impetuoso, la experiencia de santos y filósofos y sus investigaciones han llevado a la conclusión de que es el factor principal de promoción y de elevación de la existencia. Todo lo cual se aplica o puede aplicarse, al amor paternal, maternal, filial, conyugal, fraternal, y aún patriótico y místico; es decir, a todo amor humano.

¿Y el “amor platónico”? No obstante de todo cuanto se ha dicho a propósito, Platón tuvo conciencia del arraigo en la naturaleza carnal del ser humano, mucho tiempo antes que Freud, en lo que concierne a lo sensible y la libido del amor, y lo que significa que, si se descuida, puede llevar al alma esclava del cuerpo.

Ahora bien, y por lo mismo, el propio Platón sabía y era consciente de que el amor posee la fuerza que supera y vence lo carnal, que libera al alma de las cadenas del mundo sensible y lanza hasta el Absoluto. En efecto, merced al amor el alma descubre lo más alto y sublime de las hermosuras hasta perderse en la Belleza en sí. Y entonces, nada de lo carnal le satisface y queda prendado de lo esencialmente espiritual y eterno, la Belleza suma, Dios mismo.

En todo caso, no se debe oponer el “eros” al “ágape”, sino camino del primero hacia el segundo, del amor carnal al espiritual. Concluyo con Lepp que observa que “es notable y admirable que Platón haya descubierto a la vez el carácter humanamente carnal y dinámicamente espiritual del amor, y que haya presentido todo lo que se ha descubierto con posterioridad, gracias a métodos de investigación más precisos”.

Seguimos otro día, Dios mediante.



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